La prensa cercana al PP, lanza en portada el “aplastante
triunfo” de Rajoy en el Debate sobre el Estado de la Nación, intentando hacer
hincapié en que su discurso le ha llevado directamente a una consolidación
política, que al parecer no había alcanzado con anterioridad pero que a tenor
de lo expuesto en la tribuna del Congreso, se hace innegable para los que
profesan su misma ideología.
Ciegos también al delicado ambiente que se vive en la calle,
los periodistas de estos medios, a los que todos conocemos por sus
intervenciones televisivas en cadenas como La 13 o Intereconomía, se deshacen
en elogios hacia la figura del
Presidente, procurando que la nutrida dosis de alabanzas que le dedican,
entierre en un lugar oscuro cualquier noticia que tenga que ver con el
escándalo de Bárcenas o el asunto de los sobresueldos, cuyo esclarecimiento
tanto interesa a la ciudadanía y tan poco a los líderes conservadores y a
quienes les siguen.
Una gran parte de culpa la tiene sin duda, la enorme tibieza
con que toda la oposición ha decidido afrontar la multiplicidad de problemas
que sacuden el territorio patrio y el paupérrimo discurso que hacen los
oradores que la representan, independientemente de sus diferencias políticas y
también del número de escaños que ocupan en el Parlamento.
A pesar de la terrible experiencia que al pueblo español ha
traído la política de Rajoy en su primer año de gobierno y de la gravedad de
los innumerables casos de corrupción en que están imputados un sinfín de cargos
de su Partido, sólo Cayo Lara se ha atrevido a reclamar su dimisión, mientras
el resto de oradores se enzarzaban en una guerra de acusaciones mutuas con el
Presidente, abundando en una estrategia que se ha demostrado absolutamente
inútil y desaprovechando la ocasión de enumerar los incontables errores que se
han cometido durante su breve, pero nefasto mandato y que cualquiera de los
ciudadanos de a pie podría recitar con los ojos cerrados, si alguien le diera
ocasión para ello.
El pueblo está empezando a pensar que esta suavidad con que se acometen los
debates, ha de tener sin duda un origen oscuro y que más de un grupo
parlamentario se ve obligado, por sus pecados, a guardar silencio, porque en
caso contrario, resulta del todo incomprensible que no se encuentren activadas
todas las alarmas dentro del recinto sagrado del Congreso para denunciar con
toda la crudeza que el idioma permite, la trágica realidad que se está viviendo
en el País y lo erradas que están las políticas del PP, en cuanto al camino
elegido para hallar una solución a los conflictos.
La permisividad que está demostrando esta decafeinada
oposición, que no acaba de dar los pasos necesarios para enfrentarse
descarnadamente a quien gobierna, no hace otra cosa que aumentar el enorme
clima de desconfianza que se está generando en el País sobre las clases
políticas y dejar la sensación a los votantes de no ser, para nada,
representados por aquellos a quienes votaron, con la buena voluntad de creer en que se
encargarían de la defensa de sus intereses y derechos, ahora perdidos, por la
mala gestión de un Gobierno a quién nadie contesta.
El pueblo tenía la esperanza de que el resto de la Cámara
hubiera hecho causa común reclamando contundentemente la marcha inmediata de
Rajoy, a raíz de lo acaecido en los últimos tiempos, cuánto más, cuando la
sombra de la sospecha de la peor clase de corrupción se balancea sobre su
propia cabeza como una espada de Damocles, sin que nada ni nadie haya
conseguido demostrar con mínima claridad, la certeza de su inocencia.
No había que ser experto en política para intuir que el único
camino para conseguir un cambio radical en los métodos empleados por el PP para
la resolución de la crisis, estaba en la unidad de todos ante el enemigo común
y que era precisamente esa unidad decidida y potente, la que esperaban con la
respiración contenida, los hombres y mujeres que eran vilmente saqueadas por
una legión de indeseables, que sólo para los demás, reclamaban estrecheces y
sacrificios insufribles.
Perder esta ocasión termina de hacer trizas la opinión que
sobre la clase política se tiene y más que defraudar, corrobora los malos
pensamientos que se han ido asentando en la conciencia de una Sociedad, que ya no soporta
la traición que sobre ella se infringe y que únicamente desea que este Sistema
podrido en su misma raíz, desaparezca sin dejar rastro, para poder olvidar lo
vivido, aunque eso signifique la marcha de todos y cada uno de los que ahora
tienen alguna clase de responsabilidad en las instituciones y que ya a nadie
representan.

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