miércoles, 20 de febrero de 2013


Tras un día de emociones intensas, en el que una extraña mezcla de orgullo e inquietud parecía ser el único alimento que llegaba a nuestros corazones, nuestra hija se doctoró ayer con todos los honores en Filosofía, consiguiendo culminar uno de los sueños más importantes de nuestras vidas.
La oportuna celebración nos arrancó a todos de nuestras obligaciones rutinarias y es la culpable de que en mi caso, hoy no haya visto la luz el artículo diario que desde hace más de dos años viene apareciendo en este blog.
Estoy segura de que mis lectores entenderán la emoción del momento y disculparán que no tuviera ningún reparo en cambiar trabajo por  fiesta, aún  a sabiendas de que son muchos los que desde diversos lugares del mundo me siguen con lealtad, cosa que yo no pararé de agradecer, toda la vida.
Esta pequeña aclaración la hago además, porque sé que desde donde estéis, compartiréis conmigo la profunda alegría que hoy me invade y que justifica plenamente la dedicación al ámbito familiar y el olvido consciente de cualquier cosa que pudiera haber sucedido ayer en el mundo.
Gracias por la comprensión y el apoyo y por estar, aún sin conocernos, celebrando hoy también el evento, que, aclaro, ha sido además conseguido a través de nuestra estupenda Enseñanza Pública.
Un saludo.

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