Tras un día de emociones intensas, en el que una extraña
mezcla de orgullo e inquietud parecía ser el único alimento que llegaba a nuestros
corazones, nuestra hija se doctoró ayer con todos los honores en Filosofía,
consiguiendo culminar uno de los sueños más importantes de nuestras vidas.
La oportuna celebración nos arrancó a todos de nuestras
obligaciones rutinarias y es la culpable de que en mi caso, hoy no haya visto
la luz el artículo diario que desde hace más de dos años viene apareciendo en
este blog.
Estoy segura de que mis lectores entenderán la emoción del
momento y disculparán que no tuviera ningún reparo en cambiar trabajo por fiesta, aún
a sabiendas de que son muchos los que desde diversos lugares del mundo
me siguen con lealtad, cosa que yo no pararé de agradecer, toda la vida.
Esta pequeña aclaración la hago además, porque sé que desde
donde estéis, compartiréis conmigo la profunda alegría que hoy me invade y que
justifica plenamente la dedicación al ámbito familiar y el olvido consciente de
cualquier cosa que pudiera haber sucedido ayer en el mundo.
Gracias por la comprensión y el apoyo y por estar, aún sin
conocernos, celebrando hoy también el evento, que, aclaro, ha sido además
conseguido a través de nuestra estupenda Enseñanza Pública.
Un saludo.

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