miércoles, 20 de febrero de 2013

El desastroso estado de la Nación



Cuélguese  Mariano Rajoy, cuantas medallas quiera, ante el Parlamento. Atribúyase méritos sin fin, en este primer año al frente del Gobierno y créase, sus propias palabras, si le place, o abducido por los halagos de su particular cohorte de admiradores que hacen de la extrema fidelidad que le demuestran, un claro ejemplo de servilismo irrisorio, incapaz de la necesaria sinceridad que cualquier asesor debe a su asesorado y de la valentía suficiente para hacerle notar, también, todos y cada uno de sus potenciales errores.
Siga pensando Rajoy, si así lo considera oportuno, que la mayoría del pueblo español está en un  nivel de inteligencia por debajo de la normalidad y que basta su discurso decimonónico- populista para convencerlo de que su manera de hacer política es la correcta y que las medidas adoptadas por su gobierno están dando apetitosos frutos, aunque la incapacidad que nos supone, nos impida verlo y disfrutarlo, como debiéramos hacer, para vanagloria de su nombre.
Preséntese como quiera, ya que también él es un ser libre y como tal, tiene derecho a expresar su opinión, desde que nos ganamos el privilegio de disfrutar de un Sistema democrático y acabamos, por fin, con los cuarenta años de Dictadura y vimos la luz al final de un túnel demasiado largo.
Maquille la realidad, hasta hacerla parecer de color de rosa y pida por esta labor, un Goya a la Academia de Cine, si cree de verdad que lo merece, pero bajo esa gruesa     capa de afeites, por muy bien aplicada que esté, subyace la incontestable verdad de lo que aquí está sucediendo y la terrible imagen que queda, cuando España se enfrenta a su espejo, a solas, sin efectos especiales que dulcifiquen la acritud de lo que acaece y no es capaz de ver una sola esperanza que augure un futuro mejor, para todos sus habitantes.
Toda esa parafernalia teatral, que no es más que una huída a la desesperada, de un año de gobierno plagado de errores garrafales, impuestos por decreto a un pueblo masacrado sin razón por la ineptitud de sus gobernantes, no puede barrer bajo la alfombra la suciedad, ni pretender que todo marcha con normalidad para satisfacer la maliciosa curiosidad de los socios europeos, haciendo desaparecer del discurso, todo aquello que no convenga airear, por desagradable o violento.
Que Rajoy no mencione en la tribuna el fantasma del paro, no borra por arte de magia de las listas del INEM a los seis millones de personas desesperadas que no encuentran ocupación, gracias a la Reforma Laboral que nos “regaló” su gobierno. Que no hable de Bárcenas o que ahora pretenda legislar contra la corrupción, no aclara qué ha estado sucediendo en el PP durante los últimos veinte años, ni si es cierto o no que él mismo y su cúpula hayan estado recibiendo sobresueldos procedentes de la extorsión a una clase empresarial   atenazada por el miedo y que no haga referencia alguna al problema de las hipotecas, ni se atreva a pronunciar la palabra desahucio, no devuelve la vida a los decidieron abandonarla, víctimas de la desesperación y la soledad en que los  ha dejado su imperdonable tibieza ante el problema.
Que no quiera ver el estallido social, ni oír la voz de su propio pueblo, reclamando su dimisión, en todas y cada una de las esquinas del País, no significa que se le profese un amor incondicional, ni que se comprenda y apruebe su gestión ciegamente, ni que se aplauda su decisión de mantener en su puesto a personajes como la Ministra Mato u otros muchos, imputados o en ciernes de estarlo, en gravísimos casos judiciales que tratan de esclarecer el destino de capitales robados a las arcas estatales o procedentes de operaciones fraudulentas, que convierten a sus protagonistas en auténticos indeseables, pero que siguen ejercitando importantes labores de gobierno.
Diga lo que diga y haga lo que haga Rajoy, el Estado de la Nación, es desastroso, insostenible, desesperanzador y corrupto y quien ahora es directamente responsable de su funcionamiento, o sea, él, debe a este pueblo una serie de explicaciones que más pronto que tarde habrá de dar y no a puerta cerrada, sin prensa y en la paz sepulcral de la Sede de su cuestionado Partido Político, sino probablemente, en los tribunales de justicia, que es donde suelen terminar los presuntos implicados en ciertos delitos, independientemente de que al final, se llegue a demostrar su culpabilidad, una vez esclarecida la veracidad de los hechos.
Y no valen ahora burdos intentos de mejorar, por ejemplo, un paro juvenil que roza el cincuenta por ciento, pretendiendo implantar en España los famosos mini jobs que ya funcionan en países como Alemania, pero que con la catadura moral de ciertos empresarios españoles, acabarán por esclavizar a los jóvenes con interminables jornadas laborales, aunque pagando los cuatrocientos euros correspondientes a este tipo de empleos, según palabras del propio Rosell o del dueño de Marsans, ahora imputado por evasión de capitales.  
Como tampoco sirve ya la reiterativa manía de culpabilizar a los antecesores de todos los males que padecemos. Las medidas y recortes aplicados por el Gobierno de Rajoy, solo a este gobierno pertenecen y por tanto, las consecuencias derivadas de ellos, han de ser asumidas, en su totalidad, por quién las puso en práctica y erró, como constata la situación que soportamos gracias a ellas y de la que no podremos escapar, si no se produce el milagro de una dimisión colectiva, que nos libre de su indeseable presencia.   

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario