miércoles, 26 de septiembre de 2012

Violenta represión en Madrid




La doble moral del Gobierno español, que le permite criticar con dureza lo que sucede en las calles de Siria, exigiendo junto con sus socios europeos la inmediata dimisión del tirano, justifica a la vez las órdenes dadas a los antidisturbios de Madrid, que convirtieron la manifestación ciudadana de la tarde de ayer, en una película de terror, en la que la represión se cebaba con todas sus fuerzas contra los inocentes.
Entretanto, amparados por el blindaje inexpugnable que los parapetaba dentro del Congreso, los parlamentarios españoles celebraban una sesión de aparente normalidad, sin querer escuchar las reivindicaciones de la voz popular, que exigía mientras era brutalmente apaleada, la inmediata dimisión de Rajoy.
Pero el dispositivo preparado alrededor de este acontecimiento y la aparente intranquilidad que reflejaban las caras de sus señorías, eran una demostración flagrante de que en el fondo les acuciaba el miedo a tener que mirar a los ojos a todos aquellos a los que han venido mancillando con alevosía, en estos últimos años de auténtico desgobierno.
Decía Cayo Lara, que fue el único líder en atreverse a llegar hasta el mismo límite de las vallas de seguridad, que si un político teme a su pueblo, tiene perdidas todas las batallas, pero habría que añadir que si además de temerle desobedece el mandato que el pueblo le encomienda y actúa en su contra elaborando leyes y medidas que lesionan gravemente su bienestar, debiera por ello presentar de inmediato la dimisión y dedicarse a otro oficio que requiera menos dedicación, aunque pierda con ello todos los privilegios obtenidos por el mero hecho de ostentar un cargo de importancia.
Ésta sería la postura de honradez que merecen los ciudadanos de un País de parte de los que supuestamente les representan y a la vez, ahorraría sufrimiento a quienes por su mala gestión lo padecen, proporcionándoles el derecho de escribir una historia distinta, protagonizada por otros mas aptos para gobernar una nación.
Pero si hemos llegado al extremo de que cada protesta se convierte en una batalla campal, en la que la policía en lugar de proteger la integridad de los ciudadanos, no hace otra cosa que seguir el mandato represor y tiránico de los políticos, habría que llegar a la conclusión de que se ha abandonado el camino de la Democracia y se ha instaurado entre nosotros, de nuevo, un régimen dictatorial en el que las fuerzas de seguridad han dejado de formar parte del pueblo, para ser esbirros del opresor y con el único fin de mantener su integridad física y la hegemonía de unos ideales impuestos.
Los sesenta y cinco heridos de ayer en Madrid son hoy la demostración flagrante del tipo de política que el PP piensa practicar contra quien se le oponga y una vergüenza nacional que mancha el curso de la convivencia pacífica, intentando disuadir a los españoles de su protesta, con toda una serie de armas modernas que van desde la porra tradicional, a otros artilugios menos conocidos.
El hecho de que además, haya policías infiltrados en las manifestaciones, disfrazados con indumentarias similares a las que suelen vestir los jóvenes de la indignación y que los agentes uniformados se nieguen reiterativamente a identificarse ante los ciudadanos que así lo reclaman, no hace más que agravar la situación en la que nos vemos obligados a vivir, convirtiéndose en una nueva reivindicación, al chocar frontalmente con nuestros más fundamentales derechos.
Familias que acudieron ayer a la manifestación, y que trataron de huir de los altercados, en muchos casos acompañadas de niños pequeños, fueron también perseguidas con ferocidad hasta las bocas de metro y reprimidas allí por estas fuerzas de desorden, con toda la contundencia que les permite el poder de su superioridad.
Nadie se libró ayer de la violencia. Jóvenes o mayores, mujeres, hombres y niños, periodistas en cumplimiento de sus funciones, e incluso empleados de reparto que trabajaban por la zona, fueron indiscriminadamente agredidos, por el mero hecho de manifestar su indignación y ejercer su libertad de expresión, pidiendo la dimisión del Gobierno.
Al Presidente, fuera del País, lo único que parece importarle es la imagen que España pueda dar, allende nuestras fronteras.
Pues bien, esta es la imagen real que España presenta en estos momentos, el desastre emocional que nos ha traído, con su política, el Partido Popular, con Rajoy a la cabeza.
También esta situación nuestra debe preocupar a la opinión internacional, en la misma medida en que lo hace la situación Siria y en que lo hicieron, en su momento, los movimientos populares de los países árabes. Cuando las voces de los pueblos se alzan en contra de una determinada manera de gobernar, siempre subyace en el subsuelo un tufo de injusticia que hace a los ciudadanos cambiar la comodidad del hogar, por el riesgo de la protesta en las calles.
Y esto no ha hecho más que empezar. La gente, que ya nada tiene que perder, está perdiendo el miedo.





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