Mientras elaboraba mi artículo diario en la tarde de ayer, me llega la noticia de la muerte de Santiago Carrillo, cuya innegable importancia para la vida política española, no ha sido suficientemente apreciada por las nuevas generaciones, aunque quizá los libros de historia se encarguen de colocarle en el lugar que merece.
A pesar de ser considerado un personaje controvertido y que su militancia en el Partido Comunista de España siempre le acarreó un odio cerval desde las filas de la derecha, su modo de vivir y ejercer la política, podrían ser considerados un ejemplo para todos aquellos que han hecho de lo que debiera ser un servicio a la nación, un mero modo de enriquecimiento.
Cuando en las postrimerías del franquismo España entraba en la tesitura de afrontar un futuro incierto, atenazada aún por el dolor de las diferencias irreconciliables que habían producido las heridas de la guerra civil, Carrillo supuso un pilar sobre el que asentar el reto difícil de la Democracia y nadie como él hizo mayores y más duras concesiones ideológicas, a favor de una reconciliación nacional, del todo impensable sólo unos meses atrás, pero imprescindible para elaborar lo que después ha llegado a ser una convivencia natural entre nosotros, haciéndonos a todos parte de una misma nación.
A pesar de ser considerado un político de envergadura y haber ayudado considerablemente a la elaboración de nuestra Constitución, nunca tuvo ese apego enfermizo que suele acompañar a los que ocupan un cargo importante y podría decirse que ha sido el único líder de importancia, que supo abandonar con elegancia el puesto que ocupaba, retirándose de la vida pública sin aspavientos, en el momento en que consideró que había que ceder a gente más joven, la primera línea de protagonismo en el devenir del país.
Ya retirado, la viveza de su inteligencia y la amplitud de miras que siempre le caracterizaron, le convirtieron en un personaje de referencia en el ejercicio de la que siempre fue su profesión, el periodismo, y sus opiniones, de una contundencia feroz, se hicieron imprescindibles para comprender con claridad meridiana todo el proceso de la transición española y últimamente, los entresijos que se movían debajo de la crisis que soportamos y sus incalculables consecuencias.
Por todo esto, se podría decir que hoy nos abandona un ciudadano ejemplar, al que la vida nunca pudo doblegar y que defendió con ahínco los principios en los que creyó, siendo a la vez capaz, de ser conciliador y respetuoso con sus antagonistas políticos, que ahora que se va, no podrán negarle su lugar en la historia, ni su honorabilidad en el ejercicio de una profesión, a la que nunca degradó con malas prácticas ni corruptelas, de esas que tan de moda están en los últimos tiempos.
Su innegable talla le coloca, pese a quien pese, en el nivel más alto a que se pudiera aspirar cuando se decide servir al pueblo y demuestra que la ideología es y será siempre el principal componente del juego político, cuando lo que se pretende es el bien común y no administrar el poder a favor de uno mismo.

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