A los que no podemos estar hoy en Madrid, pero que estamos de acuerdo con todas las reivindicaciones que allí se reclaman, nos invade una sensación de regusto amargo y una especie de complejo de culpabilidad, aunque sabemos que la lejanía y la economía resultan ser la única clave de nuestra ausencia.
Cuando se oye a la Delegada del Gobierno de la Comunidad de Madrid comparar lo de esta tarde con un golpe de Estado y uno piensa que es la ciudadanía quien protagoniza las manifestaciones, en principio de forma pacífica, a la imposibilidad de estar dónde debíamos estar se suma, además, la indignación por que se intente manipular de manera tan sibilina un derecho constitucional, tal cual es el que asiste a la sociedad para manifestar libremente su descontento con el tipo de política que, en su contra, se está practicando y que se demonice tan burdamente la opinión de la ciudadanía, sin ninguna capacidad de autocrítica, con la que reconocer públicamente, la incapacidad de los políticos para gobernar el País y para sacarlo airosamente, de la crisis que corroe sus entrañas.
Y porque no `pertenecemos, aunque no estemos en Madrid, a esa mayoría silenciosa que tanto gusta mencionar a Rajoy, ni estamos dispuestos a que nuestras ideas sean esclavizadas por un puñado de “ilustrísimos ineptos”, cada uno de nosotros demuestra como puede, su apoyo a la concentración convocada y grita su amargo descontento desde el lugar en que se encuentra, uniéndose a la lucha popular emprendida con el afán de establecer un cambio real hacia una política de limpieza y transparencia, que acabe por enterrar la podredumbre y corrupción que se han establecido como naturales, en todos los rincones de la Nación.
No es ya sólo contra los recortes y las reforman que nos ahogan contra lo que estamos batallando, es también y principalmente, por restablecer la confianza absolutamente perdida por la ciudadanía en algo tan simple y fundamental como la honradez a carta cabal de quienes la representan y por hacer entender que el bienestar de los hombres ha de estar, necesariamente, por encima de las bolsas de valores y las cifras, que manejan tiránicamente el mundo, en claro perjuicio de quienes lo habitan.
Es, en justa defensa de una identidad, que nada tiene que ver ni quiere tenerlo, con el patrioterísmo barato y los colores de ninguna bandera, sino con la solidaridad que los hombres deben a su lugar de pertenencia y con el legítimo sueño de dejar la herencia de un futuro mejor a sus descendientes, basada en valores que ahora se están viendo ensuciados con demasiada frecuencia, como la dignidad y el respeto, que nos sumamos hoy a esta cita y a cualquier otra que se convoque, hasta que los problemas se resuelvan.
No valen los torpes intentos de justificar la agresividad con que se nos está tratando, ni las vagas explicaciones proselitistas que se nos ofrecen desde los partidos políticos existentes, tratando cada cuál de obtener mayorías electorales, pero sin moverse de un entorno inválido desde su nacimiento, para los que tenemos esperanza en un mundo distinto.
Sea como fuere, hemos nacido acompañados cada cuál de su inteligencia y es de ley que la utilicemos libremente, aceptando la teoría que más se acerque a nuestras convicciones personales, aunque de momento, la ideología que defendemos no responda a los credos establecidos, o diste mucho de parecerse a ninguna de las filosofías hasta ahora escritas.
Los que no estamos en Madrid, para información de nuestro señor Presidente, también gozamos, por fortuna, de esa capacidad de pensar que nos ayuda a elegir el camino que queremos tomar en la vida y no somos, en absoluto, títeres en las manos de ningún manipulador, incluidos sus correligionarios, a quienes tanto gusta atribuir a otros, conspiraciones orquestadas para buscar su derrocamiento.
Queremos que se vayan, sencillamente, porque fracasan en todo lo que emprenden. Como tocados por un destino aciago que embadurna de podredumbre cuanto tocan, el rosario de errores cometidos desde que aterrizaron el poder, ni parecen tener solución, ni tampoco un límite establecido en el que detenerse reconsiderando la posibilidad de una marcha atrás, que mejore, al menos en algo, nuestra vida y nuestra hacienda.
Queremos que se vayan, porque no queda un solo punto de su programa electoral que no haya sido violado o vapuleado sin pudor, dejando al descubierto la gran mentira que se urdió para atraer hasta las urnas a todos aquellos que, sin llegar a los extremos en que ahora se encuentran, ya habían empezado a sufrir los efectos de esta locura bajo el Gobierno Zapatero.
Ya no vale la cantinela de la herencia. Sobre todo cuando a lo que se encontró habría que añadir toda una ristra de intentos fallidos, en forma de medidas y recortes justificados por la “emergencia”, que no han hecho otra cosa que agravar en grado superlativo un estado de malestar, que se ha cebado especialmente con las clases trabajadoras y los más débiles de la sociedad, sin que se haya visto un solo gesto de contundencia hacia los sectores más poderosos, claramente beneficiados por la Reforma Laboral, la Amnistía Fiscal y las inyecciones monetarias a los organismos en los que amasan su dinero, que campan a sus anchas por sus respetos, sin que se ponga freno a su avaricia, ni se censure judicialmente su conducta, como corresponde a derecho.
Los que no estamos en Madrid y los que están, somos en realidad los encargados de mover toda la maquinaria que hace posible la viabilidad de un proyecto político y únicamente nuestra voluntad, y ninguna otra cosa, permite la presencia en las instituciones de quienes asumen la función de representarnos, pero siempre bajo la estrecha supervisión y aceptación de sus electores.
Por eso parece increíble que haya que recurrir a un blindaje policial faraónico para evitar la cercanía física entre nosotros y resulta inaceptable que se nos califique como golpistas, cuando no hacemos otra cosa que procurar que se oigan nuestras voces.
También por eso queremos que se vayan, pues en ninguna parte está escrito que los escaños, en España, sean vitalicios.

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