domingo, 16 de septiembre de 2012

¿A qué teme Rajoy?



El Partido Popular, que tantas veces ha utilizado la estrategia del miedo para orientar el voto de los electores españoles, y en particular su líder Mariano Rajoy, que ha recogido hábilmente los frutos del catastrofismo inculcado a las masas, tenazmente, durante los últimos años, deben tener también, por mucho que se empeñen en ocultarlo, un punto débil de temor, por el que acceder en legítima respuesta, a la dureza de su doctrina.
La situación a la que han conducido al pueblo español en su breve, pero desastroso periodo da mandato, no podía esperar la conformidad de los agraviados, ni la mansedumbre de los despojados de sus derechos, sino bien al contrario, una corriente masiva de indignación y protesta, que no ha hecho más que empezar, con la salida de los españoles a la calle, como se pudo comprobar ayer en Madrid, a pesar de que la tibieza de la oposición política no colabora tampoco a restaurar la dignidad perdida de sus representados, ni da los pasos necesarios para tratar de cambiar un modo de gobierno, sin ninguna aceptación por parte de los ciudadanos.
La manifestación, que el PP calificó de simple “alboroto”, no pudo ser sin embargo, más nutrida y menos politizada, dando cabida a todos los colectivos y estamentos de la sociedad española, bajo la consigna de exigir, a la mayor brevedad posible, un Referéndum con el que aprobar o no, las medidas adoptadas y por adoptar, de este gobierno conservador, que apenas cuenta ya con adeptos.
En su desmedido afán de poder, puede que el PP quiera engañarse pensando que todos los que están en silencio apoyan su nefasta política, pero olvidan que la desilusión que se ha instalado en la ciudadanía hacia todo lo que recuerde este oficio, impide aún a una enorme cantidad de descontentos salir a la calle, por creer que su presencia nada cambiará y también por un miedo a ser reprimidos, que las actuaciones policiales se han encargado de demostrar, en estricto cumplimiento de las órdenes recibidas, desde las más altas instancias del poder.
Pero callar no significa otorgar necesariamente, porque de estar seguro de esta afirmación, poco importaría a Rajoy someterse al examen de la ciudadanía citándola a las urnas, seguro como estaría de ganar, si contara con el apoyo de todos aquellos que aún no participan, en la masiva protesta popular, por las razones que fueren.
Lo que temen Rajoy y los suyos, sin embargo, queda explícitamente de manifiesto cuando se escudan en ese silencio que manipulan hábilmente a su favor, aunque contando virtualmente con algo que no tienen, porque un estallido popular, de dimensiones incontrolables, daría necesariamente al traste con todas las aspiraciones que desde Europa mueven la obediencia y la sumisión de los populares, obligándoles a reconducir su política por un camino diametralmente opuesto al que han elegido por propia voluntad, o bien a una dimisión inmediata, si no se encontraran dispuestos a recoger las aspiraciones de un pueblo vapuleado hasta el hartazgo, por la dureza de los recortes practicados y por la manga ancha de una Reforma Laboral, que lo ha privado del derecho fundamental al trabajo, que todo ser humano tiene, de forma inherente.
El llamado “alboroto”, que no ha sido más que el comienzo de las muchas acciones que se esperan para el próximo Otoño, no puede ni debe ser por tanto, ninguneado desde Moncloa, como si se tratara de una escaramuza sin importancia que nada tiene que ver con quienes tienen en sus manos el porvenir de España.
Muy al contrario, la marea humana que ayer recorrió las calles de Madrid, es una avanzadilla de aviso que debíera preocupar seriamente al gobierno, si no quiere verse envuelto en otros “alborotos” mucho más violentos, en la medida que con sus declaraciones vayan agotando la paciencia de una ciudadanía que, al no tener ya nada que perder, podría estar dispuesta a llegar hasta el final en sus reivindicaciones, apeándoles de un plumazo, de todas las ínfulas de poder que esconden bajo sus sarcásticas sonrisas.
Los trabajadores, que son en definitiva la base de la riqueza de un país, ya están seguros de eso. Y no los de uno o dos colectivos afectados especialmente por determinadas medidas, sino todos en general, secundados con fuerza por la innumerable cohorte de parados, que deben a Rajoy personalmente, la imposibilidad de acceder a un empleo y las condiciones de indignidad que soportan en el ámbito familiar, gracias a sus reformas europeístas.
Y todo esto, que de momento transcurre de forma pacífica y sin incidentes, sucede sobre la delgada línea que separa la razón de la fuerza, haciendo auténticos equilibrios por no caer del lado en que todo se descontrola y se tiñe de una agresividad, casi imposible de frenar únicamente con palabras.
De modo que bien pronto, todos los temores de Rajoy podrían materializarse y nuestras tranquilas calles españolas, bien podrían ofrecer a los socios europeos, un aspecto mucho menos festivo y conciliador que el de ahora, si se sigue haciendo caso omiso de la voluntad popular, continuando con la práctica de este capitalismo feroz, que ha herido de muerte los cimientos y la estabilidad de España.
Habrá que animar a los silenciosos a no permitir que se manipule su silencio e invitarles a sumarse a todos los que hace tiempo decidieron abandonar la comodidad del hogar para luchar también por ellos. Y aclararles, que los que ven en las manifestaciones no son ni serán alborotadores empeñados en instalar la anarquía como sistema de gobierno, sino que son, somos, gente de a pie cansados de las mismas cosas que provocan su indignación y que sufrimos exactamente los mismos abusos que ellos sufren, pero que hemos abandonado el miedo.

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