jueves, 27 de septiembre de 2012

Rajoy y la realidad española





Aparentemente mucho más preocupado por el problema de Cataluña, que por lo sucedido anteayer en Madrid y volviendo a utilizar a las mayorías silenciosas, creyéndolas, ilusamente, a favor de su política, el Presidente Rajoy, que empieza a parecer una caricatura de sí mismo y que como en todos los sucesos relevantes que nos ocurren, se encontraba fuera del País, reaparece y se niega en redondo a contestar las preguntas de los informadores extranjeros, sobre todo lo ocurrido en la tarde del 25S, y en particular, sobre la dureza policial empleada contra los ciudadanos en las calles de la capital.
Cada vez más encerrado en su inexpugnable caparazón, en el que no parecen penetrar siquiera los ecos del descontento generalizado que sacude nuestros pueblos y ciudades, firme en su empecinamiento de aplicar cualquier tipo de recorte que satisfaga las exigencias de Europa, ya ni siquiera pone un poco de voluntad en cumplir con la obligación que conlleva su cargo, en cuanto a los periodistas nativos se refiere, y da la impresión de haber llegado a un punto en que ni siquiera trata de ocultar sus verdaderas intenciones de continuar en el puesto, sordo al clamor popular que le reclama que se vaya.
Mucho más tranquilo, se supone, tras la dimisión de su enemiga principal Esperanza Aguirre y retomando el discurso patriótico que siempre llevó firmemente anclado en el pecho, vuelve a herir sin recato a los ciudadanos anunciando un recorte del trece por ciento en cultura, una nueva congelación del sueldo de los funcionarios y una reducción del gasto público que se traduce en que no habrá nuevas contrataciones y en que se amortizarán los puestos que vayan quedando vacantes.
Extrañamente, porque nos encontramos en un territorio en paz, estas medidas de austeridad laboral no incluyen al Ministerio de Defensa, ni por supuesto al de Hacienda, en su afán de recaudar cuántos más caudales se puedan de los bolsillos de la ciudadanía, es decir de los que desde el primer momento, venimos pagando la crisis.
Pero si las protestas continúan, como es de prever, y siguen subiendo de tono ante la falta de atención que este ejecutivo presta a las reclamaciones de su pueblo, nadie debiera esperar otra cosa más que un estallido social de envergadura, que probablemente dejará en pañales las exigencias de Mas, por su contundencia.
Puede que los que rodean al Presidente no den importancia a las protestas que en todos los ámbitos se están produciendo, o al menos no la misma que daban a sus salidas a la calle, en compañía de la curia eclesiástica, en contra de los matrimonios homosexuales y la ley del aborto. Claro que entonces eran ellos los indignados y su opinión, como “clase dominante”, debe tener mucha más categoría.
Esto, que hablando claro significa ningunear a la ciudadanía, aplaudiendo a los que no tienen opinión y por tanto, no significan oposición alguna a su mandato, pone de manifiesto que a pesar de sus esfuerzos por bandear el temporal con fingidas sonrisas, la preocupación que los acontecimientos están produciendo en ellos es honda y que rezan porque no se multipliquen las cifras de participantes en las convocatorias venideras.
Porque la verdad es que en un país en crisis, casi nadie puede permitirse un desplazamiento a la capital o a cualquier otro sitio, sin provocar una catástrofe en la justísimo economía familiar, aunque en esencia, les hubiera encantado acompañar anteayer a los manifestantes allí reunidos y están de acuerdo, con todas y cada una de sus reivindicaciones.
Además, si se tomara nota de los asistentes a todas y cada una de las innumerables protestas que se efectúan a diario a lo largo y ancho de nuestra geografía y alguna cámara curiosa recorriera todos los lugares en los que se critica abiertamente la política del gobierno, se podría comprobar con facilidad que la mayoría silenciosa a la que se refiere Rajoy es absolutamente inexistente y que no cuenta con otros apoyos más que los de sus correligionarios y no en todos los casos, pues ya se oyen bastantes voces discordantes.
Pero falta valor para enfrentarse a la auténtica realidad española, esa que tanto asusta mostrar a los socios capitalistas de Europa y para admitir los errores garrafales que nos están llevando al camino de la pobreza y para reconocer que se llegó al poder de manera fraudulenta, aprovechando la inocencia de una parte de la ciudadanía, a la que se timó con promesas electorales que nunca llegaron a cumplirse.
La sociedad no está en silencio, es pobre. Y su pobreza, que ya se ha instalado en todos los estamentos posibles, ha de atribuirse necesariamente a una mala gestión gubernativa llevada a cabo por quienes, en este preciso momento se encuentra en el poder.
Quieran o no admitirlo, la verdad es la que es, España está como está y la indignación está alcanzando ese momento crucial en que todo puede romperse. Sólo cabe esperar que la cordura de la ciudadanía sea mayor que la de sus gobernantes y no traspase la delgada línea que la separa de la violencia.





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