En un fin de semana dominado por la presencia del problema catalán, en el que todos los medios de comunicación no han hecho otra cosa que elucubrar sobre lo que podría suponer que una Comunidad Autónoma española alcanzara la independencia, lo demás parece haberse ralentizado de repente y minimizado su importancia, sin que nadie le preste atención.
Noticias como la dimisión de esperanza Aguirre, se han diluido dando paso a un torrente imparable de opiniones, a favor o en contra de la secesión, dejando a la opinión pública huérfana de información en otras materias, que por su calado social, podrían estar más cerca de los intereses reales de la mayoría, en esta época vertiginosa que nos ha tocado vivir.
El hecho, por ejemplo, de que Bankia vaya a necesitar más de la mitad de los fondos procedentes del rescate o que se hayan dado un par de casos nuevos en la extensa lista de corruptelas políticas que ennegrecen el territorio nacional, han sido tratados de pasada en las páginas interiores de los diarios y sólo el impertérrito tema del fútbol, comparte las portadas con las pretensiones de Mas, igualándole en protagonismo y sedando las conciencias de los ciudadanos, con elevadas dosis de la droga que cada domingo consigue desviar las miradas, de lo que verdaderamente importa.
Entretanto, como si el tiempo se hubiera detenido en los años setenta, la policía pone todo su ahínco en la identificación de personas reunidas en la calle, con la aquiescencia de algún que otro juez, bajo el pretexto de que pueden estar conspirando para la alteración del orden público.
Ante la proximidad de la convocatoria para rodear el Congreso, que está prevista para el 25 del mes en curso, deben pensar que todas las precauciones son pocas para que, de ningún modo, sea perturbada la paz de sus señorías y se ha puesto en marcha un dispositivo absolutamente desproporcionado para la vigilancia del Parlamento, tratando de impedir de todas las maneras posibles, que se produzca una cercanía física entre los posibles manifestantes y esta clase política, cada vez más alejada de su pueblo.
Y aunque nos ampara el derecho constitucional de reunión y al menos de momento, no representamos un peligro inminente para la integridad de nadie, ha comenzado una vigilancia lesiva contra la intimidad personal de la ciudadanía, probablemente con la intención de elaborar una lista de “elementos no deseables”, que en un momento de confusión, pudiera ser la clave para que te suban al furgón policial, o te permitan seguir transitando en libertad por las calles de Madrid, con el título de dócil colgado en la espalda.
Todas estas actitudes represivas, que los mayores ya conocemos de cerca por nuestra experiencia durante los años del franquismo, no son merecedoras sin embargo, ni siquiera de una reseña en los interminables debates televisivos que invaden la programación diaria de todas las cadenas, ni son dignas de ser mencionadas en la prensa escrita de un país, que cada vez parece más alejado de la Democracia y más cerca de una especie de monarquía bananera, en la que ni siquiera se permite a la sociedad tener opinión.
Pero si los ciudadanos reclamáramos también una independencia, esta vez de la clase política que nos gobierna, y tomáramos masivamente las calles el próximo día veinticinco, exigiendo que los parlamentarios pusieran sus cargos a nuestra disposición y que se convocaran nuevas elecciones, con un recuento electoral más justo, la actitud de mansedumbre demostrada por la prensa nacional no tendría otro remedio que prestarnos al menos, la misma atención que al señor Mas y ocuparse de nosotros, con la misma tozudez con que lo hace de otros asuntos, que ni siquiera vienen a resolver uno sólo de los problemas que nos acucian y menos aún, la grave crisis de desempleo que soportamos heroicamente, bajo la ineptitud de nuestros supuestos representantes.
Así que identificados o no, habremos de ganar con nuestra presencia en la calle un hueco en los informativos del país y habrá que hacerlo con seriedad, pertinazmente y animando a los que aún permanecen en silencio, a sumarse a nosotros, abandonando los sillones del miedo, para unir sus voces a las que ya reclaman un cambio urgente en la manera de gobernar que sobre todos se ejerce, en los últimos tiempos.
En ésto, de verdad, nada importa nuestra procedencia, ni nuestro idioma, ni las batallas entre líderes de distinto signo intentando arrancar del pastel un trozo de mayor o menor tamaño, ni límites fronterizos bajo los que sufrir la contundencia de los recortes que en nuestra contra se están practicando.
En ésto importa estar y hacer de la voluntad común una barrera que consiga detener los abusos, la usura y la degradación a que se nos somete, sin contar con nuestra opinión, claramente contraria a un sistema de cifras que se impone sobre lo humano y que nos engulle mancillando nuestro modo de vida.

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