jueves, 20 de septiembre de 2012

El problema catalán



Como aperitivo de la reunión mantenida entre Artur Mas y Mariano Rajoy, un clamor popular reclamaba la independencia para Cataluña desde las gradas del Nou Camp, dejando claro que la opinión popular acompañaba al líder de Convergencia y Unió, en las aspiraciones que llevaba en cartera, hasta las mismas puertas de la Moncloa.
En un ambiente de crispación nacional, que crece por momentos a causa de la gravísima situación económica que padecemos y una ingente cantidad de colectivos profesionales tomando las calles en justa reivindicación de sus derechos laborales perdidos, el caso catalán viene a sumarse a la larga lista de problemas con que se enfrenta el partido que nos gobierna, abriendo un nuevo frente de presión para la política ultraconservadora con que el Presidente Rajoy trata de gobernar un barco que se le ha ido a la deriva, sin el oficio suficiente para maniobrar con pulso firme, para llevarlo a buen puerto.
Hace sólo diez meses, las mieles de un triunfo electoral que les proporcionó una amplia mayoría absoluta mediante la cual dominar la voluntad del Parlamento, los populares, que se habían comprometido con el pueblo español con una serie de promesas que auguraban el final de recesión y la creación inmediata de puestos de trabajo, contaban con ejercer un gobierno sin oposición, desde el que actuar con tranquilidad plena, cualesquiera que fueren sus auténticos proyectos.
Cometieron entonces el error de empezar a contar con que el viento que les había llevado en volandas hasta el poder, impulsaría también su triunfo aplastante en las elecciones de las Autonomías y empezaron a hacer cábalas con lo que podrían hacer en España, cuando por fin fuera únicamente suya, tras haber conseguido enterrar todos los fantasmas políticos de la izquierda y otras formaciones políticas, que durante años habían impedido teñir la totalidad del territorio, con los colores de su bandera.
Pero en cuanto empezaron a plegarse servilmente a las exigencias europeas y a mostrar más amor a los dictámenes de los mercados que la voluntad soberana del pueblo, las cosas comenzaron a torcerse y la mente voluble del electorado cambió inmediatamente de opinión, forzada por una serie de medidas insólitas, que lesionaban gravemente los intereses de las mayorías y que contradecían en su totalidad, las promesas reiterativas de curación, que se habían desgranado en todos los mítines protagonizados por los conservadores.
Perdieron en Andalucía y en Asturias, en uno de los vuelcos electorales más estrepitosos de la historia de la Democracia, en un cortísimo espacio de tiempo y la soberbia y el desprecio que mostraron hacia la voz de la calle, unidos al fracaso constante de todas las resoluciones tomadas durante estos meses en el poder, propiciaron, además, el adelanto electoral en Euskadi y Galicia, donde previsiblemente también perderán, dada la indignación que los ciudadanos de todo el país, manifiestan diariamente en las calles.
Todo es una cuestión de dinero. La escasez y la pérdida de poder adquisitivo que la sociedad ha experimentado de forma inaceptable desde que Rajoy nos gobierna, sensiblemente incrementada por una situación de desempleo claramente insostenible, naturalmente, tenía que acabar provocando un brote de nacionalismo, como históricamente ha ocurrido, cada vez que la gravedad de los acontecimientos se ha cebado con algún estado del mundo y los ciudadanos han dado en pensar que cuando los recursos son pocos, es mejor no tener que repartirlos, aunque esa actitud no sea, precisamente, solidaria.
Todos estos estallidos siempre han contado con la presencia de un líder que, aprovechando la coyuntura y tratando de desviar hábilmente las miradas de su propia responsabilidad en los
hechos, se ha dedicado a arengar a las masas para producir un levantamiento, apoyado en un sentimiento patriótico, con el que alcanzar una mayor parcela de poder, sobre todo si de poder económico se trata.
En Cataluña, ese líder se llama Artur Mas y su oportuna presencia en el momento preciso, puede ser el principio del fin de la hegemonía popular en el panorama español si, como se espera, se produce un adelanto electoral y Convergencia arrasa en las urnas, contando con la ilusión de su pueblo por constituirse en Nación, incluso sin explicar de qué modo piensa conseguirlo.
Después, ya se verá hasta dónde se puede llegar en la pretensión de independencia, pero para entonces, Mas podrá jactarse de contar con el apoyo real de su pueblo y hacer la política que considere conveniente y de la que, curiosamente, no ha hablado en ninguna de sus sentidas intervenciones de corte estrictamente territorial.
Pero las medidas que se han estado tomando en Cataluña, los recortes en las Instituciones públicas que han afectado directamente a la salud, la educación o las prestaciones sociales que recibían los catalanes, no los ha practicado ningún partido españolista. La bajada de sueldos de funcionarios, el despido de interinos y los conflictos laborales que han llevado a la Comunidad Catalana a la desesperación, han sido aplicados con Artur Mas en la presidencia de la Generalitat y su partido, además, ha sido el único en apoyar las pretensiones económicas de Rajoy, en todo el arco parlamentario, sin otras excepciones.
Así que a alguien ajeno a lo que pueda estarse gestando en Cataluña y sin estar cegado por ilusiones nacionalistas, no le queda más remedio que preguntarse si no estará tratando Mas de ocultar la auténtica participación en los hechos que personalmente ha tenido y de salvaguardar la parcela de poder que su partido ostenta en el presente de Cataluña, bajo la capa de ese sentimiento de profundo amor que dice tener al que considera su país, y que bien pudiera ser en realidad, mera ambición personal y ansias de protagonismo.
Al fin y al cabo, el partido al que pertenece proviene directamente de la alta burguesía catalana, que igual que el PP, bebe de las fuentes del capitalismo promulgado por la derecha y ya se sabe, por experiencia, que la derecha jamás ha hecho nada, ni lo hará, por el bienestar de los trabajadores, sean cuales sean los límites de las fronteras que los acogen.



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