martes, 11 de septiembre de 2012

En prevención de males mayores





Pasado el periodo vacacional y antes de que llegue el tórrido otoño que se os viene encima, la necesidad de una protesta masiva, que aclare al Presidente de esta nación el disgusto mayúsculo que padecen los ciudadanos sobre los que gobierna, se hace apremiante e inaplazable.

Con la nebulosa gris del duro rescate pululando sobre nuestras cabezas y la amenaza velada que ahora se cierne sobre el colectivo de los pensionistas, se han superado con creces todas las previsiones sobre la dureza de los recortes y empieza a ser de obligado cumplimiento, que alguien imponga cordura en este maremagnum sin sentido, que nos conduce a pasos agigantados hacia un abismo sin retorno.

Ya no sirve, está claro, el recurso favorito de los españoles que durante años han hecho de la barra del bar, un muro en el que dejar sus lamentaciones y quejas, ni tratar de cargar sobre las espaldas de unos cuantos progresistas, la responsabilidad de solucionar los problemas, aprovechando las ventajas cuando ya están resueltos, porque en este momento álgido que atravesamos, los conflictos han dejado de ser patrimonio de unos cuantos ciudadanos, para convertirse en una losa de enormes dimensiones, que aplasta bajo su peso a toda la sociedad.

No hay manera humana de hacer una separación por sectores, edades, profesiones o conocimientos, etnias o creencias, por la que clasificar a los que hayan sufrido algún efecto de la crisis, ni de calcular en qué medida afecta a cada cuál la crudeza de las dificultades que le hayan caído en suerte. No existen reglas escritas que cataloguen un fenómeno de esta categoría, ni experto que pueda anticipar las consecuencias que traerá sobre nosotros, el paso de este huracán contra el que no existen protecciones posibles que palien la desolación que acarrea.

¿Y qué decir de la indignidad de los políticos que nos gobiernan, si no nos han dejado siquiera la opción de creer en la honestidad de uno solo de ellos, provocando en nosotros una desconfianza de la que no podremos recuperarnos jamás y una tendencia a pensar mal por sistema, de aquellos en los que una vez creímos, ya que nos han traicionado con tanta vileza?

Hace tiempo que los españoles sabemos que el único Parlamento en el que nos sentimos representados es la calle. El otro, el oficial, desgraciadamente se ha convertido para nosotros en un simple edificio, en el que se reúnen de vez en cuando, una

serie de personalidades grotescas que hablan y deciden sobre nosotros sin oírnos, en un idioma prácticamente inteligible para la inmensa mayoría y que han olvidado con demasiada ligereza, que fue la unión de nuestros votos la que los situó donde están y cuáles son las verdaderas funciones que de ellos se esperan, es decir, que luchen por el bienestar de su pueblo.

Contra la desmemoria, todo el mundo lo sabe, no hay mejor receta que la de persistir sin rendición en la contundencia del recuerdo y por tanto, cualquier cosa que se desvíe del camino que marca la legítima defensa de nuestros derechos, resultará un fracaso para las aspiraciones de mejorar, que ahora más que nunca deben movernos, sin dar lugar al reposo o al desaliento.

Por eso no debe quedar esquina ni plaza, ni pueblo ni ciudad, en que no se intente a diario dar un vuelco a la terrible esclavitud que de nosotros se pretende, arrastrándonos sin piedad hacia la ignorancia y el silencio de un mundo en el que nuestra importancia se resume a producir de sol a sol, en pos del beneficio de unos cuantos, a los que ni siquiera conocemos.

En prevención de males mayores, nuestra actuación debe ser presencial e ineludible, multitudinaria, escandalosa, desgarradora hasta el punto de hacer ver con minuciosidad y sin censura, la auténtica realidad que nos sacude y la verdad de su violencia.

El próximo sábado hay convocadas manifestaciones en todo el país, y ya no importa nada quiénes las convocan. Sin líderes, sin representantes, sin justicia, en total indefensión y con la indignación como único plato en el menú de cada día, niños, hombres y ancianos, estamos en el mismo barco, al borde del naufragio y solo en nuestras manos está, achicar agua y expulsar a los saboteadores.





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