El desenlace de la triste historia de los niños desaparecidos en Córdoba, incluyendo la desastrosa cadena de errores periciales acaecidos en el curso de la investigación, deja al descubierto lo que podría identificarse como una nueva forma de violencia machista, que añadiría una buena dosis de sadismo, sobre el espeluznante camino que se ven obligadas a soportar las maltratadas.
Perseguidos por la ley, los terroristas domésticos están cambiando su modus operandi, e intentando desesperadamente seguir manteniendo su dominio sobre las mujeres, centrándose ahora en destrozar de manera absoluta los vínculos materno-filiales, ejerciendo su fuerza sobre los hijos, para castigar en lo más hondo, los sentimientos de sus compañeras sentimentales.
El de Córdoba no es el primer caso, ni desgraciadamente será el último, pero el horror que representa, reflejado en la frialdad del rostro de quien ha podido ser capaz de asesinar a dos niños de corta edad, aún siendo su propio padre, ha puesto delante de la sociedad, de bruces, la peor de las visiones del maltrato y hasta dónde puede llegar quién lo practica, con tal de establecer su superioridad ante su víctima.
La premeditación y la intencionalidad demostrada por el agresor en este caso, deja al monstruo desnudo ante los ojos de los espectadores y por si alguien dudaba del infierno que supone convivir con este tipo de personajes, cae a plomo como una losa sobre la conciencia de la sociedad, recordándole la obligación de estar permanentemente en alerta, en cuanto se detecte el menor indicio de manipulación psicológica o física, sin perdón para los culpables.
Como es habitual, tampoco este presunto infanticida presenta en su perfil nada que amague una locura, ni siquiera transitoria, aunque probablemente por ahí irá el camino que recorrerá su defensa para librarle en la medida de lo posible, de las acusaciones de la fiscalía, pero se da aquí una circunstancia bastante distinta a la de otros episodios ocurridos con anterioridad y que en cierta medida, chocaría diametralmente con las intenciones del abogado del presunto asesino, pues la preparación milimétrica con que ha sido pensado y llevado a cabo el infanticidio, no parece precisamente el fruto de una mente enferma, sino más bien la obra bien rematada de una inteligencia dispuesta a urdir la peor forma de martirio para quién es el objeto de su odio, saltando por encima de lo que debieran ser sus propias querencias naturales, sin demostrar por sus actos, ni una brizna de arrepentimiento.
No sabemos si la justicia está preparada para afrontar un crimen de esta envergadura. La normalidad psicológica de que disfrutamos la inmensa mayoría de los mortales, se niega por principio a admitir que alguien sin taras mentales pueda siquiera pensar en una monstruosidad como ésta, pero los hechos son los que son y habremos de asumir la enorme parte de culpa que la sociedad tiene en que este tipo de individuos lleguen al punto en que se encuentran y a preguntarnos dónde estuvo el error que permitió el desenlace de la historia.
Si la mujer, en este caso, hubiera gozado de una protección mayor en su intención de separarse de su pareja, si se fuera más allá de lo que la ley hasta ahora establece y cada uno de los maltratadotes hubieran sido minuciosamente estudiados para establecer su auténtico grado de peligrosidad, probablemente no estaríamos escribiendo este artículo.
Pero ya no vale lamentarse, aunque sí mantener una continuada lucha para que aberraciones como ésta no vuelvan a repetirse.
La tolerancia, que durante tanto tiempo ha sido el peor enemigo de las maltratadas y que se ha asentado peligrosamente entre los administradores de la justicia, debe ya de una vez, olvidarse y empezar a escribir con mano de hierro, un nuevo capítulo legal, mucho más profundo y complejo, sobre esta lacra social que sacude la columna del humanismo y que en el fondo, sigue hablando de una insalvable diferencia entre sexos, injusta, desesperada y terrible.

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