La desastrosa reforma laboral aprobada por el PP y los innumerables recortes aplicados desde su llegada al gobierno, son apenas la punta del iceberg de los innumerables cambios que pretende implantar en nuestras vidas, pero que a veces no nos paramos a analizar, inmersos de lleno como estamos, en la indignación por ser ninguneados en cuestiones meramente crematísticas.
Pero a la sombra de un conservadurismo feroz, en este país suceden otras cosas, que nos pasan inadvertidas quizá por ser consideradas de segundo orden, aunque a la larga, su influencia puede llegar a ser absolutamente nociva para el desarrollo de la personalidad individual, sobre todo si esa personalidad se encuentra en una etapa de evolución, como es el caso de los jóvenes y que les priva de un derecho adquirido a decidir en qué dirección irá su camino y cuáles serán los cimientos sobre los que asentarán su futuro.
Me llega por casualidad el programa de este año, para los alumnos de COU, que habrán de presentarse aún a la odiosa prueba de Selectividad el próximo Junio, y descubro atónita que en la asignatura de Filosofía, el texto de Marx, que hasta ahora se había manejado, ha sido oportunamente sustituido por otro del mismo autor, francamente árido y difícil de entender para un niño de diecisiete años y que trata de una cosa bien distinta de la que trataba el anterior, pero sobre todo, mucho menos actual de lo que pudiera resultar para el lector que llega por vez primera a las teorías marxistas y claramente, tratando de evitar un contagio de las convicciones que lanzara el revolucionario filósofo, allá por el siglo XIX.
La plena vigencia que el pensamiento marxista tiene en este momento histórico, convierten al autor en un “peligro potencial” para todos aquellos que se han visto obligados a soportar en carne propia los rigores de esta crisis y que, en una situación desesperada, no encuentran salida a sus anhelos, ni son capaces por sí mismos de encontrar una ideología que se acerque al sentimiento interior que les embarga, ayudándoles a pensar la posibilidad de un futuro mejor, apoyado en un Sistema diferente.
Así que el Ministro Wert, ha debido temer que el conocimiento por parte de los jóvenes del marxismo, por su claridad y contundencia, pueda ejercer sobre ellos una especie de hechizo arrebatador que los lleve por el “mal camino” del progresismo, dando al traste con la ilusión que albergaban los populares y que no es otra que una manipulación descarada de la libertad de pensamiento, como se ha podido desgraciadamente ver, en el campo de la información por ejemplo, donde no se consiente ninguna opinión que discrepe de su caduca ideología.
Claro que hablar a los jóvenes de la explotación de los hombres en un momento como este, potenciar la conciencia de clase, o simplemente referirse al comunismo como una alternativa posible, puede resultarles un tema conocido por experiencia.
Pero es que ellos no han elegido el momento histórico que les ha tocado vivir y sólo a los que consienten que esclavitud laboral esté cada vez más en boga, corresponde la responsabilidad de haber traído hasta nuestros días, situaciones idénticas a las que refería Marx cuando escribió su obra.
Manipulando los contenidos que se han de impartir en las aulas, se roba la libertad de decisión que a los que ahora empiezan, concierne por propio derecho y se ha demostrado además en numerosas ocasiones, que no hay peor cosa que el oscurantismo y la prohibición para fomentar el deseo de conocer aquello que se oculta celosamente detrás de la censura impuesta.
Estas cosas, que pudiera a vote pronto parecer nimias, juegan peligrosamente con el carácter y las creencias de toda una generación y van minando dictatorialmente los pilares de una Democracia, que empieza a ser sólo una sombra de la que todos añoramos tener durante tanto tiempo, privados del placer de ser libres para leer, decir, estudiar, creer o pensar en aquello que quisiéramos.
Los cuarenta años de franquismo, nos dan la autoridad necesaria para opinar con conocimiento de causa del tema y la fuerza precisa para luchar contra la injusticia de que otros tengan que padecer aquello mismo que nos tocó de cerca, en muchos casos sin posibilidad de recuperación y en otros, con la intención de conseguir que no volviera a repetirse.

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