Los ataques a las embajadas norteamericanas en varios países islamistas, han eclipsado la noticia de la multitudinaria manifestación a favor de la independencia en Barcelona, poniendo otra vez al mundo en vilo, en la seguridad de que los hechos acaecidos serán vengados, como desgraciadamente ya ha ocurrido en demasiadas ocasiones.
Pero el millón y medio de personas que salió a la calle en Cataluña no debe de ningún modo ignorarse y puede llegar a convertirse, si cunde el ejemplo, en uno de los mayores problemas con que se ha encontrado Rajoy, desde su llegada al poder. Porque esta independencia catalana, a diferencia de la vasca, no se reclama bajo el terror de las armas, sino de manera pacífica y legítima, por unos ciudadanos que se limitan a poner en practica su libertad de expresión, a favor de una idea con la que se identifican, aunque quizá ahora influidos también, por la desastrosa situación que la crisis que padecemos ha llevado hasta su territorio y con el pensamiento puesto en que autóctonamente, serían capaces de salir de ella con mayor rapidez, al no tener que contribuir con su esfuerzo, a la mejora del resto de las Autonomías.
Cerrar los ojos no servirá al PP para cambiar una realidad que late profundamente en Cataluña, sobre todo teniendo en cuenta que su representación en la Generalitat es significativamente baja, ni en este caso podrá acudir tampoco a la represión como medida de fuerza, ya que ni tan siquiera le queda el recurso de que se hayan producido incidentes en el transcurso de una convocatoria, que al coincidir con la celebración de la Diada, se celebró en un ambiente festivo, sin otro fin que el de reclamar lo que sus asistentes consideraron oportuno.
No se puede saber si verdaderamente le iría mejor en solitario a Cataluña, aunque en el momento actual, constituir una nueva Nación no es el camino fácil que los nacionalistas de Mas tratan de pintar a los ojos de su pueblo, pues para toda empresa que quiera crearse y para ésta también, se necesitan hoy fuertes apoyos económicos en forma de préstamos y habría que preguntarse qué entidades se encontrarían en disposición de ofrecer el montante necesario para la constitución de toda la estructura de un Estado y en qué condiciones lo harían, de llegar a un acuerdo.
Tampoco hay que pasar por alto a los miles de residentes en Cataluña que no son oriundos de allí y cuya voz, de momento, permanece dormida y en espera de cómo se desarrollen los acontecimientos, pero con cuya contribución en forma de impuestos, alguien está contando de antemano, sin pararse a pensar si de producirse la independencia, optarían por permanecer dónde están, o por retornar a sus lugares de origen, que también en ellos deben producir ciertos sentimientos de apego.
Y luego está el problema de Europa, a quien nadie ha preguntado si querría admitir a un nuevo socio, ahora que la ventolera sacude al euro preludiando tempestades mayores y que le sobran la mitad de sus miembros, por la carga que representan y sobre todo, por las ayudas que necesitan para superar el enorme bache en que cayeron y que, se ha demostrado, son incapaces de superar por sí mismos.
Pero la legitimidad acompaña a los independentistas en sus aspiraciones y más pronto que tarde, Rajoy habrá de mantener contactos en este sentido con los que hasta ahora., han sido los únicos en sumarse a sus medidas económicas, primero, porque de no hacerlo, su soledad sería aún mayor en el arco parlamentario y después, porque de algún modo habrá de pagar la enorme deuda que con ellos tiene y que podría remontarse a la época de Aznar y Pujol y su extraña relación de dependencia.
Estaría bien un referéndum de consulta, para saber con exactitud qué número de catalanes pretenden la independencia precisamente ahora, pero el riesgo de que salga un SI, colocaría al PP en la tesitura de tener que aceptar el resultado sin reservas, sabiendo además que desde Euskadi llegaría una exigencia igual, que habría de conceder, por aquello de no ser acusado de discriminación, con toda la razón del mundo.
De momento, insistimos, la guerra de religión que ha provocado un cura estadounidense empecinado en denostar la figura de Mahoma, ha paliado los efectos que sobre Rajoy hubiera tenido de otro modo la contundencia de la manifestación catalana y ha relegado su importancia a las páginas interiores de toda la prensa española, ofreciendo el protagonismo de sus portadas a Obama y su discurso patriótico, que tanto bien le hace, en su carrera por la renovación de la Presidencia.
En el próximo otoño, sin embargo, habrá oportunidad de volver sobre el tema que nos ocupa y que tendrá su lugar en la escena política española, junto a otros muchos de igual o mayor importancia para todos nosotros. El desenlace, podría ser cualquiera.

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