domingo, 17 de julio de 2011

Su esperanza ...y la nuestra

Ahora que todos nuestros bancos han aprobado el exameny declarado públicamente que no necesitan dinero, quizá se acerca el momento de exigir que devuelvan lo que les prestamos cuando precisaban sacar de la ruina sus florecientes negocios, y al fin podamos empezar a reflotar de la situación agónica en que nos sumió su mala gestión económica y las salomónicas soluciones de nuestros políticos.
El discurso del Director del Banco de España, alabando las calificaciones obtenidas por las entidades de nuestro país, a pesar de ser soporífero y en casi su totalidad inteligible, podría tratarse si se escudriña un poco en él, de un síntoma esperanzador para los que desde hace tiempo contamos con que todo en la vidas es periódico y que tarde o temprano llega a su fin.
Puede que el auténtico problema de la nación no haya quedado claro a estos próceres de alto standing, que dirigen nuestras vidas a distancia desde las fabulosas mesas de caoba que adornan los magníficos despachos que ocupan, pero si cupiera la posibilidad de chequear el poder adquisitivo de la gente, de igual modo que se acaba de estudiar el de los bancos europeos, los resultados serían lo bastante didácticos, como para demostrar qué es realmente la desesperación y hasta dónde puede llegar el hartazgo de los que la padecen.
Indiscutiblemente, nada importa al pueblo si la jodida banca sigue obteniendo o no suculentos beneficios, ni si los problemas macro económicos van por buen camino para que este mundo globalizado no deje de funcionar de repente. Es más, casi agradeceríamos que se omitieran menciones directas sobre estos temas en lo medios de comunicación y que los esfuerzos de los políticos se encaminaran únicamente a encontrar con rapidez, un medio para sacar a la población del riesgo diario de volver a casa sin haber encontrado, de nuevo, un sitio para trabajar que les permita vivir con dignidad, sin los lujos de un estado de bienestar que ha terminado resultando auténticamente nefasto.
Es sabido, que ya a nadie le interesa ser rico, ni volver a caer en el hechizo de acariciar el glamour que nos metieron por los ojos cuando les interesaba atarnos de por vida a sus mezquinos intereses. Tampoco estamos ya en la onda de desear una segunda vivienda en la playa, ni coches de última generación para pavonearnos por las faraónicas avenidas que nuestros alcaldes construyeron con multimillonarios créditos, ahora impagables, ni de asombrar al resto del mundo con la presunción de que las clases sociales han desaparecido.
Lo que prioritariamente preocupa al pueblo español es no levantarse cada mañana más cerca del abismo y no poder confiar en que ninguno de sus representantes hará algo por él, allá dónde correspondería hacerlo.
La esperpéntica visión de la ministra Salgado y el ya mencionado director del Banco de España, mostrando el orgullo de haber hecho bien los deberes impuestos por sabe Dios qué manipuladoras manos, es un grave motivo de tristeza, que no hace más que ahondar la brecha que nos separa de este tipo de personajes, protagonistas de historias ocurridas en unas dimensiones que nada tienen que ver con la rutina diaria de la hastiada población a la que, supuestamente, sirven.
Si se pudiera someter a arresto domiciliario a estos embaucadores desvergonzados, sin el menor atisbo de autocrítica ni conciencia social, ni pundonor, la aclamación popular no tendría fronteras y la felicidad sería un bien globalizado, al mismo nivel que los mercados fluctuantes que tanto agradan a tan siniestros hacedores de desdichas ajenas.
Su silencio sería nuestra paz y su desaparición, nuestra futura esperanza.

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