No penséis que por ser pequeños, habéis caído en ddesgracia.
Ya no cuenta la valentía que tuvisteis para acabar con la dictadura de Oliveira y los claveles de vuestra hermosa revolución yacen pisoteados y marchitos, en las calles de vuestra hermosa tierra.
La apisonadora capitalista no entiende de bellas historias de ideales, ni del esfuerzo de los hombres por ganar palmo a palmo la libertad arrebatada por la fuerza, a manos de algún tirano vesánico.
Pasaron los años de las canciones que escribieron una historia que asombró al resto del mundo, de los cuentos de hadas ilustrados por los tanques adornados con flores que ejemplificaron cómo debe ser un cambio pacífico.
Erais, como nosotros, pobres de solemnidad en el conocimiento y soportabais los desmanes de una élite privilegiada que manejaba las riquezas, sin derecho siquiera a discrepar de vuestro y nuestro modo de vida.
Nos ha costado mucho, ¿no es verdad?, alzar la cabeza por encima de la podredumbre para mirar con dignidad a un futuro labrado a base de trabajo forzado y alcanzar la deseada igualdad personal que deseábamos desde las cloacas que habitábamos, situadas en la niebla de la desesperanza.
Para vosotros también fue un triunfo poder subir al carro de Europa, con la ilusión de obtener una estabilidad que sostuviera todo el sentimiento de un país, salido de repente de la más absoluta inmundicia y es duro comprobar que esa Europa, la madre magnánima que todos mirábamos con admiración, sea ahora quien despiadadamente, esgrima sus armas antinaturales contra uno de sus propios hijos, despedazándolo con vileza hasta convertirlo en una mera posesión de especuladores sin alma.
También vuestros políticos se han rendido sin lucha a los oropeles de la avaricia, abandonando a los suyos en una tempestad que finalmente, ha deshecho los barcos con un oleaje arrebatador, sin poder llegar a la playa.
Realmente, nunca fuimos bien recibidos casa de los poderosos y nuestra aportación fue siempre considerada como aquella atención de gusto horroroso que aporta el pariente pobre invitado, por compasión, a la mansión de los ricos.
Nada importa nuestra desgracia a los usureros que nos ofrecen su ayuda interesada para evitar el naufragio, ni representamos ningún obstáculo a tener en cuenta para sus afanes expansionistas, aunque cumplamos rigurosamente todas las ordenanzas de las leyes que nos robaron el derecho a vivir dignamente.
Somos, un objetivo a conseguir, más pronto que tarde, Un lugar donde ir instalando núcleos de invasión desde los que esclavizarnos bajo el yugo arrebatador de conciencias, impuesto por sus cánones sangrantes.
Atrás quedó la gloria de protagonizar episodios impensables a favor de las clases humildes y la profunda convicción de ser dueños de nuestros destinos, sin tener que dar cuentas a nadie de nuestro paradero.
Estamos endeudados sin remedio, abochornados por la falta de decisión de quienes nos gobiernan y agotados por ese cansancio que da perderlo todo, a manos de quien era considerado amigo, sin esperar su traición.
Sólo nos queda compartir la indignación y volver a empezar de nuevo, como cuando nuestras palabras eran cercenadas por la imposición del silencio y nos movíamos clandestinamente por las oscuras esquinas de la noche.
Aquella vieja revolución vuestra, dejó grabado a fuego las palabras que ahora nos unen:
O povo unido jamais será vencido…
Ya no cuenta la valentía que tuvisteis para acabar con la dictadura de Oliveira y los claveles de vuestra hermosa revolución yacen pisoteados y marchitos, en las calles de vuestra hermosa tierra.
La apisonadora capitalista no entiende de bellas historias de ideales, ni del esfuerzo de los hombres por ganar palmo a palmo la libertad arrebatada por la fuerza, a manos de algún tirano vesánico.
Pasaron los años de las canciones que escribieron una historia que asombró al resto del mundo, de los cuentos de hadas ilustrados por los tanques adornados con flores que ejemplificaron cómo debe ser un cambio pacífico.
Erais, como nosotros, pobres de solemnidad en el conocimiento y soportabais los desmanes de una élite privilegiada que manejaba las riquezas, sin derecho siquiera a discrepar de vuestro y nuestro modo de vida.
Nos ha costado mucho, ¿no es verdad?, alzar la cabeza por encima de la podredumbre para mirar con dignidad a un futuro labrado a base de trabajo forzado y alcanzar la deseada igualdad personal que deseábamos desde las cloacas que habitábamos, situadas en la niebla de la desesperanza.
Para vosotros también fue un triunfo poder subir al carro de Europa, con la ilusión de obtener una estabilidad que sostuviera todo el sentimiento de un país, salido de repente de la más absoluta inmundicia y es duro comprobar que esa Europa, la madre magnánima que todos mirábamos con admiración, sea ahora quien despiadadamente, esgrima sus armas antinaturales contra uno de sus propios hijos, despedazándolo con vileza hasta convertirlo en una mera posesión de especuladores sin alma.
También vuestros políticos se han rendido sin lucha a los oropeles de la avaricia, abandonando a los suyos en una tempestad que finalmente, ha deshecho los barcos con un oleaje arrebatador, sin poder llegar a la playa.
Realmente, nunca fuimos bien recibidos casa de los poderosos y nuestra aportación fue siempre considerada como aquella atención de gusto horroroso que aporta el pariente pobre invitado, por compasión, a la mansión de los ricos.
Nada importa nuestra desgracia a los usureros que nos ofrecen su ayuda interesada para evitar el naufragio, ni representamos ningún obstáculo a tener en cuenta para sus afanes expansionistas, aunque cumplamos rigurosamente todas las ordenanzas de las leyes que nos robaron el derecho a vivir dignamente.
Somos, un objetivo a conseguir, más pronto que tarde, Un lugar donde ir instalando núcleos de invasión desde los que esclavizarnos bajo el yugo arrebatador de conciencias, impuesto por sus cánones sangrantes.
Atrás quedó la gloria de protagonizar episodios impensables a favor de las clases humildes y la profunda convicción de ser dueños de nuestros destinos, sin tener que dar cuentas a nadie de nuestro paradero.
Estamos endeudados sin remedio, abochornados por la falta de decisión de quienes nos gobiernan y agotados por ese cansancio que da perderlo todo, a manos de quien era considerado amigo, sin esperar su traición.
Sólo nos queda compartir la indignación y volver a empezar de nuevo, como cuando nuestras palabras eran cercenadas por la imposición del silencio y nos movíamos clandestinamente por las oscuras esquinas de la noche.
Aquella vieja revolución vuestra, dejó grabado a fuego las palabras que ahora nos unen:
O povo unido jamais será vencido…

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