jueves, 21 de julio de 2011

El nombre de cualquiera

Según las estadísticas, un gran número de las víctimas de violencia de género en nuestro país, se hallan en una franja de edad comprendida entre la adolescencia y los treinta años.
El último asesinato machista contabilizado, se acaba de producir en la persona de una niña de dieciocho años, que ha fallecido a causa de la brutal paliza recibida de parte de su pareja, sin que se aprecien en el cadáver señales producidas por ningún tipo de arma.
La saña demostrada por el asesino sobrepasa cualquier calificativo posible y muestra gráficamente toda la dureza y crueldad de este tipo de acciones contra mujeres absolutamente indefensas, dejando una imagen desoladora difícil de superar, si se analiza el crimen paso a paso, sin que se pueda encontrar una explicación que atenúe el móvil del suceso.
Matar a otro, hombre o mujer, pero en este caso en la más tierna flor de la vida a puñetazos, patadas y golpes, requiere un sadismo atroz y una enorme dosis de odio, del todo injustificable si uno se detiene a pensar en la inocencia que se tiene a los dieciocho años y muestra lo espantoso que debe haber sido el camino recorrido por esta chica, hasta llegar al momento en que se produce la mortal agresión.
Probablemente, como todos los implicados en la violencia de género, el presunto asesino acabará alegando una locura transitoria, como eximente de su culpa y mostrará un fingido arrepentimiento, aduciendo cuánto quería a la víctima hasta el momento en que perdió la razón.
Pero ha de quedar claro que la definición del amor no puede contemplar, en ningún caso, ni la más mínima dosis de violencia, ni ha de confundirse con el afán de posesión que sobre las mujeres, creen tener los que se sienten dueños y señores de las vidas ajenas y sobre todo, ha de erradicarse a la mayor brevedad posible de las mentes jóvenes, el hecho de que los celos o la necesidad de control, son necesarios cuando se establece una relación de pareja, Ni son una señal de hombría, ni demuestran un interés mayor por la mujer, a la que se mancilla gravemente con este tipo de actitudes.
Aconsejar a las adolescentes benevolencia con la violencia verbal, psicológica o física ejercida sobre ellas por parte de los que serán sin dudarlo, los maltratadotes del futuro, supone un gravísimo error que situa al adulto que lo hace, en un plano de complicidad con el agresor, cuyos primeros escarceos disculpan.
Una nueva educación ha de ser llevada a la práctica por los padres, corrigiendo equivocaciones establecidas como norma durante siglos, en el caso de los varones, y advirtiendo severamente a las hijas de que deben abandonar inmediatamente cualquier relación en la que se empiecen a producir actos violentos, e incluso denunciarlos, si acaban por convertirse en cotidianos o derivan al acoso.
Las instituciones tendrían que hacer un especial seguimiento de la violencia de género practicada sobre las niñas, que obnubiladas por la supuesta virilidad de ciertos adolescentes que traspasan la línea del respeto como afirmación de su hombría, acaban por verse anuladas como personas, aterradas por sus agresores o en el peor de los casos, muertas a manos de los que les juran a diario que las quieren más que a nada en el mundo.
La tolerancia que hasta ahora viene demostrando la sociedad con este tipo de sucesos, no contribuye en nada a la erradicación de esta plaga que invade los rincones de nuestras casas, arrancando la vida a cientos de mujeres que en algún momento empezaron a dejarse humillar. sin que nadie levantara la voz para impedirlo.
El dolor de la familia de esta niña de dieciocho años, merece al menos, la promesa de todos de intentar con contundencia no volver a permitir que sucedan ante nuestros ojos nuevos casos parecidos a este.
No cabe aquí la cobardía ni la prudencia, porque la joven que acaba de morir podría llevar el nombre de cualquiera que hubiera tenido la mala suerte de tropezar con una bestia como ésta.

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