viernes, 8 de julio de 2011

Hasta donde el viento las lleve

Aprovecho una tarde de soledad para poner al día el desastroso estado de mis escritos, que aunque archivados en el escritorio de mi pequeño ordenador, no he tenido la prevención de copiar en otra parte, por si uno de esos virus caprichosos se cuela por las ventanas de la red y los convierte de un plumazo, en barro informático irrastreable, condenándolos al mas absoluto de los olvidos.
Me lleva un tiempo, porque desde que me decidí a crear el blog, he caído de bruces en brazos de la odiada disciplina que tanto aborrecemos los que tenemos espíritu de artistas y a trancas y barrancas, me voy obligando a pensar y escribir este pequeño artículo que os hago llegar, a los que me hacéis la merced de seguirme, parece que a lo largo y ancho de este mundo.
He de reconocer que no me cansa esta labor diaria, a pesar de tener que decantarme por una sola opción entre la multitud que ofrece el panorama informativo, sobre todo porque es algo que puedo hacer desde la visceralidad que siempre me ha caracterizado, para bien o para mal, desde que descubrí que puedo hacerlo todo mucho mejor cuando soy víctima de cierta intranquilidad anímica.
Compruebo que hemos recorrido un largo camino y tratado toda una gama de temas diversos y a veces me sorprende la aceptación de determinados artículos, que incluso confieso que escribí sin demasiada esperanza de éxito, pero el receptor está en su derecho cuando decide qué le interesa y no seré yo quien se interponga en su determinación al decantarse por según qué temática.
Me toca especialmente la sensibilidad saber que alguien me sigue, por ejemplo, desde Irán, donde la libertad para acceder a la red se haya especialmente limitada por un régimen severo, o que mis palabras viajan hasta países lejanos como India, Emiratos Árabes ó Japón, traspasando los límites de otras culturas para introducirse en las casas de lectores que nunca conoceré.
Quizá el mundo no es un lugar tan grande como nos parece y las diferencias que nos separan quedan reducidas finalmente a un invento de los pésimos políticos que soportamos, ya que basta lanzar un humilde mensaje de solidaridad, para obtener respuesta desinteresada desde lugares auténticamente remotos.
Es fascinante acabar entendiendo que el género humano se parece, sin que la pertenencia a un territorio específico sea capaz de desligarlo totalmente de lo que verdaderamente considera una causa justa y que ni siquiera el idioma constituye una barrera infranqueable para poder acercarse a un escrito, que nace sin ninguna intención crematística, en un humilde rincón y sin ningún otro apoyo que la voluntad y la paciencia.
Por eso nunca me arrepentiré de haberme enamorado de la pluma y por muchos años que pasen, sé que acudiré sumisa a la llamada de las musas, cuando me asalten sin recato, reclamando que les dedique un poco de mi tiempo.
Y ahora que me han convertido en viajera, puede que hasta convenga con ellas, en que ha valido la pena seguir hasta aquí, sin renunciar a la satisfacción de echar a volar mis frases hasta donde las quiera llevar el viento.

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