Agotando hasta el último minuto de tiempo y ante la confesión flagrante de sus compañeros imputados, el Presidente de la Generalitat de Valencia, Francisco Camps, ha presentado su dimisión con lágrimas en los ojos y esgrimiendo como bandera, el gran sacrificio que realiza para que Mariano Rajoy no pierda la oportunidad de llegar a la Moncloa.
Dando una esperpéntica imagen de victimismo, el ya ex presidente de la Comunidad valenciana, que tantas veces ha presumido de su inocencia, incluso a pesar de hallarse imputado en la trama Gurtel, se ve obligado por las circunstancias a dejar su cargo político, ayudado por las fuertes presiones ejercidas por sus propios compañeros, que empezaban a verlo como un enorme lastre en la carrera abierta hacia la presidencia del país.
Sin que una sola palabra salga de los labios del líder del PP, ni a favor ni en contra del que hasta ahora había llamado en numerosas ocasiones amigo, la evidencia del descubierto en que quedaba Camps y las numerosas muestras que apuntan a su culpabilidad, han precipitado su caída, sin que su partido haya mostrado la menor intención de disuadirle de la decisión tomada.
El descaro sin límites con que este personaje ha estado moviéndose por la escena política en los últimos tiempos, sin que nadie frenara su afán de poder, que le ha llevado a presentarse a las últimas elecciones estando imputado judicialmente, ha sido en numerosas ocasiones motivo de críticas feroces por parte de representantes de otros partidos y de la inmensa mayoría de los españoles, que nunca han llegado a entender cómo la ley podía permitir que se dieran situaciones como ésta y no atajar drásticamente que tales acciones fueran llevadas a término.
Sin que para los ciudadanos en general sea comprensible que Camps haya podido obtener la mayoría de los votos a pesar de sus deudas con la justicia, la soberbia con que ha comenzado lo que ahora resulta ser su corto segundo mandato, los ataques continuados a sus oponentes políticos con intervenciones en muchas ocasiones obscenas, han podido contribuir grandemente a que sus correligionarios hayan ido formando una mala opinión de su modo de actuar, temiendo graves consecuencias si, con prontitud, no se le cortaban las alas,
Además, subyace en este asunto el rumor de que posiblemente Camps pudiera haber sabido cosas a cerca de su partido, que habrían obligado a Rajoy a mantenerlo en el cargo como una forma de comprar su silencio, en beneficio propio.
Pero la confesión de sus dos camaradas, acusándose a sí mismos de cohecho, ha encendido la mecha sin ofrecer otra opción que la de abandonar el barco o admitir también su casi probada culpa.
Desaparecido de la escena política en los últimos días, es de suponer que habrá estado buscando asesoramiento a la desesperada para no tener que admitir su implicación en Gurtel y con la intención de continuar en el cargo, en la creencia de que Madrid le respaldaría, como siempre.
No ha sido así. Los lujosos trajes sin factura que Camps ha estado luciendo con orgullo durante el tiempo en que ha ocupado la presidencia valenciana, han resultado ser los más caros del mundo y ahora yacerán en la oscuridad de cualquier armario, junto al cadáver político de su dueño.
Dando una esperpéntica imagen de victimismo, el ya ex presidente de la Comunidad valenciana, que tantas veces ha presumido de su inocencia, incluso a pesar de hallarse imputado en la trama Gurtel, se ve obligado por las circunstancias a dejar su cargo político, ayudado por las fuertes presiones ejercidas por sus propios compañeros, que empezaban a verlo como un enorme lastre en la carrera abierta hacia la presidencia del país.
Sin que una sola palabra salga de los labios del líder del PP, ni a favor ni en contra del que hasta ahora había llamado en numerosas ocasiones amigo, la evidencia del descubierto en que quedaba Camps y las numerosas muestras que apuntan a su culpabilidad, han precipitado su caída, sin que su partido haya mostrado la menor intención de disuadirle de la decisión tomada.
El descaro sin límites con que este personaje ha estado moviéndose por la escena política en los últimos tiempos, sin que nadie frenara su afán de poder, que le ha llevado a presentarse a las últimas elecciones estando imputado judicialmente, ha sido en numerosas ocasiones motivo de críticas feroces por parte de representantes de otros partidos y de la inmensa mayoría de los españoles, que nunca han llegado a entender cómo la ley podía permitir que se dieran situaciones como ésta y no atajar drásticamente que tales acciones fueran llevadas a término.
Sin que para los ciudadanos en general sea comprensible que Camps haya podido obtener la mayoría de los votos a pesar de sus deudas con la justicia, la soberbia con que ha comenzado lo que ahora resulta ser su corto segundo mandato, los ataques continuados a sus oponentes políticos con intervenciones en muchas ocasiones obscenas, han podido contribuir grandemente a que sus correligionarios hayan ido formando una mala opinión de su modo de actuar, temiendo graves consecuencias si, con prontitud, no se le cortaban las alas,
Además, subyace en este asunto el rumor de que posiblemente Camps pudiera haber sabido cosas a cerca de su partido, que habrían obligado a Rajoy a mantenerlo en el cargo como una forma de comprar su silencio, en beneficio propio.
Pero la confesión de sus dos camaradas, acusándose a sí mismos de cohecho, ha encendido la mecha sin ofrecer otra opción que la de abandonar el barco o admitir también su casi probada culpa.
Desaparecido de la escena política en los últimos días, es de suponer que habrá estado buscando asesoramiento a la desesperada para no tener que admitir su implicación en Gurtel y con la intención de continuar en el cargo, en la creencia de que Madrid le respaldaría, como siempre.
No ha sido así. Los lujosos trajes sin factura que Camps ha estado luciendo con orgullo durante el tiempo en que ha ocupado la presidencia valenciana, han resultado ser los más caros del mundo y ahora yacerán en la oscuridad de cualquier armario, junto al cadáver político de su dueño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario