Aún fresco el recuerdo de las nefastas medidas adoptadas por el gobierno Zapatero en la última legislatura, el nuevo candidato del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, es presentado a bombo y platillo, arropado por la calidez de las palmas de sus correligionarios, haciendo lo posible por dar una impresión novedosa, de cara a las elecciones generales del próximo año.
Como un prestidigitador de experiencia, que riza el rizo en cada actuación asombrando al respetable, aportando mayor dificultad a los viejos trucos aprendidos a lo largo de su extensa andadura, se lanza por primera vez a la palestra, arriesgándolo todo a la máxima carta, convencido de que si su discurso consigue hacer mella en los españoles, el futuro podría pintar mucho menos incierto para su formación, de lo que hasta hace sólo unos días auguraban los negros resultados de las encuestas, que otorgaban la victoria a su oponente, por mayoría absoluta, en el nuevo parlamento.
Trae a sus espaldas toda la sabiduría que pueden ofrecer una treintena de años dedicado al oficio de la política y la brega diaria junto a dos Presidentes diametralmente opuestos en sus caracteres y también la picardía que da la lidia en varios ministerios, incluido el de Interior, que ahora deja, en el que ha conseguido la mejor etapa en cuanto número de atentados de ETA, en toda la etapa democrática del país.
Viene pisando fuerte, con propuestas que bien podrían haber salido de las mismísimas filas del movimiento del 15M, intranquilizando a los banqueros con impuestos que sirvan para la creación de puestos de trabajo y aludiendo a reformas electorales que traigan un poco de justicia a los resultados reales de los comicios, sin acritud hacia sus oponentes de la derecha y con cierto comedimiento, francamente impropio de su natural descaro y locuacidad, como un ser genuinamente desligado del pasado que le acompaña.
Queda clara su pretensión de romper cualquier amarra que pueda siquiera relacionarle con los últimos acontecimientos y su determinación por iniciar un camino que le ayude a instalar en la mente de las sufridas masas, las diferencias que le separan de quien hasta ahora ha llevado las riendas de la nación, como si desde siempre hubiera discrepado de las decisiones tomadas durante su pertenencia al gobierno y nada hubiera podido hacer para evitar lo sucedido en los últimos tiempos.
Su intento de hacer desaparecer el pasado, sin embargo, tropieza con la dureza de la memoria de los españoles, que aún viven los efectos de la crisis en carne propia y soportan colas inmensas delante de las oficinas del INEM, intentando encontrar un puesto de trabajo que les aleje del umbral de la pobreza.
Seguramente, cualquiera de sus oponentes se encargará de recordarle en más de una ocasión estos hechos probados y también que ha tenido en sus manos la posibilidad de llevar a cabo la política que ahora propone, sin que se haya notado en él el más mínimo atisbo de querer hacerlo.
No hace falta que nadie nos recuerde la listeza del candidato, ni que en este momento, no tiene otra opción para alejarse del abismo en que está sumida su formación, que dar un giro rotundo en sus ofertas, algo que atraiga deprisa a los descontentos y arrepentidos dispuestos a dar su voto a Rajoy, si los comicios se celebraran mañana, pero cuya opinión puede cambiar, si consigue enterrar a Zapatero en el mar del olvido y se firma la paz en Euskadi, antes de que se agote la legislatura vigente.
La carne está puesta en el asador y las espadas en alto para empezar la recta final que lleva directamente al poder y la gloria que da poseerlo.
A mí, particularmente, el discurso del candidato no me ha restado un ápice de indignación y no tengo la menor esperanza en que sus promesas lleguen a cumplirse.
Creo que somos de la misma edad y una también tiene ya su experiencia.
Como un prestidigitador de experiencia, que riza el rizo en cada actuación asombrando al respetable, aportando mayor dificultad a los viejos trucos aprendidos a lo largo de su extensa andadura, se lanza por primera vez a la palestra, arriesgándolo todo a la máxima carta, convencido de que si su discurso consigue hacer mella en los españoles, el futuro podría pintar mucho menos incierto para su formación, de lo que hasta hace sólo unos días auguraban los negros resultados de las encuestas, que otorgaban la victoria a su oponente, por mayoría absoluta, en el nuevo parlamento.
Trae a sus espaldas toda la sabiduría que pueden ofrecer una treintena de años dedicado al oficio de la política y la brega diaria junto a dos Presidentes diametralmente opuestos en sus caracteres y también la picardía que da la lidia en varios ministerios, incluido el de Interior, que ahora deja, en el que ha conseguido la mejor etapa en cuanto número de atentados de ETA, en toda la etapa democrática del país.
Viene pisando fuerte, con propuestas que bien podrían haber salido de las mismísimas filas del movimiento del 15M, intranquilizando a los banqueros con impuestos que sirvan para la creación de puestos de trabajo y aludiendo a reformas electorales que traigan un poco de justicia a los resultados reales de los comicios, sin acritud hacia sus oponentes de la derecha y con cierto comedimiento, francamente impropio de su natural descaro y locuacidad, como un ser genuinamente desligado del pasado que le acompaña.
Queda clara su pretensión de romper cualquier amarra que pueda siquiera relacionarle con los últimos acontecimientos y su determinación por iniciar un camino que le ayude a instalar en la mente de las sufridas masas, las diferencias que le separan de quien hasta ahora ha llevado las riendas de la nación, como si desde siempre hubiera discrepado de las decisiones tomadas durante su pertenencia al gobierno y nada hubiera podido hacer para evitar lo sucedido en los últimos tiempos.
Su intento de hacer desaparecer el pasado, sin embargo, tropieza con la dureza de la memoria de los españoles, que aún viven los efectos de la crisis en carne propia y soportan colas inmensas delante de las oficinas del INEM, intentando encontrar un puesto de trabajo que les aleje del umbral de la pobreza.
Seguramente, cualquiera de sus oponentes se encargará de recordarle en más de una ocasión estos hechos probados y también que ha tenido en sus manos la posibilidad de llevar a cabo la política que ahora propone, sin que se haya notado en él el más mínimo atisbo de querer hacerlo.
No hace falta que nadie nos recuerde la listeza del candidato, ni que en este momento, no tiene otra opción para alejarse del abismo en que está sumida su formación, que dar un giro rotundo en sus ofertas, algo que atraiga deprisa a los descontentos y arrepentidos dispuestos a dar su voto a Rajoy, si los comicios se celebraran mañana, pero cuya opinión puede cambiar, si consigue enterrar a Zapatero en el mar del olvido y se firma la paz en Euskadi, antes de que se agote la legislatura vigente.
La carne está puesta en el asador y las espadas en alto para empezar la recta final que lleva directamente al poder y la gloria que da poseerlo.
A mí, particularmente, el discurso del candidato no me ha restado un ápice de indignación y no tengo la menor esperanza en que sus promesas lleguen a cumplirse.
Creo que somos de la misma edad y una también tiene ya su experiencia.

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