domingo, 3 de julio de 2011

En busca de nuevos horizontes



Colapsando las carreteras, los aeropuertos y las estaciones, los españoles empiezan su trasiego vacacional, dando un portazo transitorio a sus problemas financieros e intentando olvidar en la medida de lo posible, las penurias sufridas en el último año, lejos de todo lo que les recuerde a su clase política o a la maldita crisis soportada valientemente, con más pena que gloria.
Atrás quedan los sofocones de descubrir en cada noticia una merma de sus derechos, los esfuerzos para llegar a fin de mes y el agobio de las ciudades llenas de transeúntes enloquecidos, con su estrés crónico y su falta material de tiempo pisándoles los talones con urgencia.
Afortunadamente, todavía los paisajes son gratis y la madre naturaleza brinda la oportunidad de que se la disfrute a plenitud sin cobrar por ello, así que cada cual, ajustándose al presupuesto previsto, huye de la rutina que lo ahoga y se permite un respiro en playas o montes, dando un sonoro portazo a las miserias propias y ajenas, buscando un poco de alegría.
También nuestros supuestos representantes abandonan el Hemiciclo, eso sí, en buenas condiciones de disfrutar de todo lo que ofrece el ocio, y entierran el hacha de guerra hasta el comienzo del próximo curso político, olvidando las diferencias que tuvieron con sus oponentes, para solazarse en múltiples destinos desconocidos para el grueso de la sufrida población.
Llegan los días del relajo informativo, de las primeras páginas vestidas de trajes de baño y famoseo glamuroso, de bodas principescas y sonados divorcios inesperados, de fichajes multimillonarios en Clubes de Fútbol declarados anteriormente en situación ruinosa y de pereza generalizada reflejada en la mala calidad de los programas televisivos y en la tediosa actualidad mezclada con el insufrible calor procedente de Äfrica que invade la península.
Nadie quiere saber nada que aminore su felicidad y hasta los que nos quedamos aún en las ciudades, llevamos puesto otro espíritu que nos permite disfrutar de su aparente soledad, con renovadas energías para recorrerlas de nuevo.
Grita la chiquillería, libre de disciplinas escolares y de horarios esclavizantes, en los parques y las esquinas, intuyendo que podrán disfrutar del frescor de la nocturnidad sin que nadie les mande a la cama y con una libertad sólo posible durante los veranos.
Y aunque somos conscientes de que los poderosos no descansan, por una vez, nos permitimos la chulería de darles un portazo en sus honorables narices, y nos liamos la manta a la cabeza, en busca de nuevos horizontes de sana y maravillosa felicidad.

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