Es verdad que lo más preocupante de la crisis es el altísimo porcentaje de jóvenes desempleados que se desesperan tratando de poner en marcha sus vidas sin encontrar un cauce para hacerlo, teniendo que permanecer bajo el amparo económico de los padres hasta edades inaceptables.
Es verdad que el futuro que les aguarda es incierto y que en muchos casos, de nada sirve la formación universitaria que adquirieron, ni el esfuerzo invertido en los años dedicados al estudio, ni la mella causada en el seno familiar por su tardía incorporación a un mundo laboral tan precario.
Es verdad que tiene tirón su problema y que suele ser ávidamente aprovechado por los partidos políticos para elaborar sus promesas electorales buscando con ello un nutrido número de votos provenientes de la candidez de los recién llegados, que todavía no conocen los oscuros senderos de la vida pública.
Pero la auténtica tragedia de esta situación agónica, provocada por el sistema financiero mundial, se ceba de manera especial con un sector de la población al que nadie suele referirse y cuyas perspectivas de volver a situarse en el mercado del trabajo son prácticamente nulas, dado el momento en que se quedaron sin empleo y juzgadas todas las oportunidades que podrían presentarse en un futuro próximo: los parados de más de cincuenta años.
Acostumbrados en la mayoría de los casos a estar ocupados desde siempre, a ser soporte fundamental de la economía familiar y cumplidores a ultranza de todos los deberes para con quienes les rodean, ya sean hijos o ancianos a su cargo, el mazazo de la forzosa ociosidad impuesta por estos años de crisis, unido a la aplicación de las últimas reformas laborales recientemente aprobadas, seguramente habrán de hacer frente a una exclusión vitalicia de las listas de los que vuelvan a trabajar y asumir que habrán de ceder los pocos puestos que vuelvan a crearse a sus propios hijos, quedando relegados a una inactividad excesivamente temprana que choca frontalmente con su energía y que puede acabar con su estabilidad emocional hecha trizas, en la penitencia que les ha caído como una losa.
Hoy, primero de Mayo, el recuerdo de tantos triunfos de la clase obrera sobre sus opresores, queda difuminado por la angustia de los que ya no encuentran sentido a saltar a las calles en demanda de sus derechos, al tener claro que no podrán jamás salir del pozo de oscuridad en el que entraron el día que recibieron la carta de despido.
Muchos de ellos, se encontraban incluso ayudando a pagar hipotecas eternas a hijos que llegaron al desempleo con anterioridad y carecen de otra cultura que no sea la de ir a trabajar cada mañana. El hecho de tener que considerarse ya inservibles, como tarados dentro de una edad todavía útil, pero sin ninguna esperanza de acceso al trabajo, ni a un retiro digno, a pesar de los años cotizados hasta el día de hoy, contribuye considerablemente a un aumento de la desesperanza y a potenciar una pasividad que probablemente no serán capaces de abandonar para luchar de nuevo por nada ni por nadie.
Son víctimas inocentes de un sistema implacable, distante de cualquier atisbo de humanidad e interesado sólo por generar los beneficios exigidos por los amos del mundo. Un sistema dispuesto a idiotizar sin compasión a la gente por medio del terror y la ignorancia, de atenazar las lenguas con la amenaza de la pobreza y de inventar claves nuevas para perpetuar una dominación que empezaba a tambalearse por el peligroso acercamiento de las clases populares a la cultura.
Son el reflejo nítido de las consecuencias de la catástrofe política de los tiempos presentes, de los errores garrafales cometidos en nombre del Dios Capitalismo y la Santa Hermandad de Banqueros Unidos en el propósito de dominar a las sociedades bajo el yugo implacable de la usura y el terror.
Y ahora que ya somos esclavos de las exigencias de los dominadores, será fácil hacernos bailar al son que nos toquen y acallar nuestras bocas con el dulce sabor de ofrecimientos nimios que serán buenos sólo por superar mínimamente las desastrosas condiciones en que nos encontramos en la actualidad, fomentando el conformismo de los rebaños que, llevando un tiempo sin ser alimentados, agradecen sobremanera cualquier migaja que les caiga en la boca.
En nombre de los que por edad son contemporáneos míos y a favor de los que nos han de suceder en la construcción de una sociedad mejor para los hijos que traigan a ella, quisiera hoy pedir con toda la fuerza de mis letras, una insumisión total a los designios que nos imponen condenándonos a una muerte cerebral y física, dejándonos recluidos en el silencio ensordecedor de la miseria y la impotencia.
El sentido de este primero de Mayo, para nosotros, tendría que ser la valentía que caracteriza a los que nada tienen, esa valentía que puede ser capaz de cambiar el rumbo del mundo, si se canaliza hacia la unidad categórica de hacer historia junto a los que sienten lo mismo que nosotros, en recuerdo de que las utopías dejan de serlo en cuanto alcanzan algún viso de realidad humana.
Es verdad que el futuro que les aguarda es incierto y que en muchos casos, de nada sirve la formación universitaria que adquirieron, ni el esfuerzo invertido en los años dedicados al estudio, ni la mella causada en el seno familiar por su tardía incorporación a un mundo laboral tan precario.
Es verdad que tiene tirón su problema y que suele ser ávidamente aprovechado por los partidos políticos para elaborar sus promesas electorales buscando con ello un nutrido número de votos provenientes de la candidez de los recién llegados, que todavía no conocen los oscuros senderos de la vida pública.
Pero la auténtica tragedia de esta situación agónica, provocada por el sistema financiero mundial, se ceba de manera especial con un sector de la población al que nadie suele referirse y cuyas perspectivas de volver a situarse en el mercado del trabajo son prácticamente nulas, dado el momento en que se quedaron sin empleo y juzgadas todas las oportunidades que podrían presentarse en un futuro próximo: los parados de más de cincuenta años.
Acostumbrados en la mayoría de los casos a estar ocupados desde siempre, a ser soporte fundamental de la economía familiar y cumplidores a ultranza de todos los deberes para con quienes les rodean, ya sean hijos o ancianos a su cargo, el mazazo de la forzosa ociosidad impuesta por estos años de crisis, unido a la aplicación de las últimas reformas laborales recientemente aprobadas, seguramente habrán de hacer frente a una exclusión vitalicia de las listas de los que vuelvan a trabajar y asumir que habrán de ceder los pocos puestos que vuelvan a crearse a sus propios hijos, quedando relegados a una inactividad excesivamente temprana que choca frontalmente con su energía y que puede acabar con su estabilidad emocional hecha trizas, en la penitencia que les ha caído como una losa.
Hoy, primero de Mayo, el recuerdo de tantos triunfos de la clase obrera sobre sus opresores, queda difuminado por la angustia de los que ya no encuentran sentido a saltar a las calles en demanda de sus derechos, al tener claro que no podrán jamás salir del pozo de oscuridad en el que entraron el día que recibieron la carta de despido.
Muchos de ellos, se encontraban incluso ayudando a pagar hipotecas eternas a hijos que llegaron al desempleo con anterioridad y carecen de otra cultura que no sea la de ir a trabajar cada mañana. El hecho de tener que considerarse ya inservibles, como tarados dentro de una edad todavía útil, pero sin ninguna esperanza de acceso al trabajo, ni a un retiro digno, a pesar de los años cotizados hasta el día de hoy, contribuye considerablemente a un aumento de la desesperanza y a potenciar una pasividad que probablemente no serán capaces de abandonar para luchar de nuevo por nada ni por nadie.
Son víctimas inocentes de un sistema implacable, distante de cualquier atisbo de humanidad e interesado sólo por generar los beneficios exigidos por los amos del mundo. Un sistema dispuesto a idiotizar sin compasión a la gente por medio del terror y la ignorancia, de atenazar las lenguas con la amenaza de la pobreza y de inventar claves nuevas para perpetuar una dominación que empezaba a tambalearse por el peligroso acercamiento de las clases populares a la cultura.
Son el reflejo nítido de las consecuencias de la catástrofe política de los tiempos presentes, de los errores garrafales cometidos en nombre del Dios Capitalismo y la Santa Hermandad de Banqueros Unidos en el propósito de dominar a las sociedades bajo el yugo implacable de la usura y el terror.
Y ahora que ya somos esclavos de las exigencias de los dominadores, será fácil hacernos bailar al son que nos toquen y acallar nuestras bocas con el dulce sabor de ofrecimientos nimios que serán buenos sólo por superar mínimamente las desastrosas condiciones en que nos encontramos en la actualidad, fomentando el conformismo de los rebaños que, llevando un tiempo sin ser alimentados, agradecen sobremanera cualquier migaja que les caiga en la boca.
En nombre de los que por edad son contemporáneos míos y a favor de los que nos han de suceder en la construcción de una sociedad mejor para los hijos que traigan a ella, quisiera hoy pedir con toda la fuerza de mis letras, una insumisión total a los designios que nos imponen condenándonos a una muerte cerebral y física, dejándonos recluidos en el silencio ensordecedor de la miseria y la impotencia.
El sentido de este primero de Mayo, para nosotros, tendría que ser la valentía que caracteriza a los que nada tienen, esa valentía que puede ser capaz de cambiar el rumbo del mundo, si se canaliza hacia la unidad categórica de hacer historia junto a los que sienten lo mismo que nosotros, en recuerdo de que las utopías dejan de serlo en cuanto alcanzan algún viso de realidad humana.

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