Molesta en grado superlativo a la clase política, que los indignados de este país se hayan decidido a tomar las plazas de las principales ciudades, con un grito desesperado como bandera, para mostrar su rechazo a un sistema que representa un claro retroceso para el modo de vida de los humildes.
Les disgusta que su campaña electoral se vea truncada por la cruda de verdad de los sentimientos populares, que son la voz hastiada de los que han estado manipulando y denigrando hasta darles la sensación de que otra vuelta de tuerca podría acabar de manera desastrosa con sus sueños de futuro, sin que les hayan dejado otra opción más que la de utilizar la fuerza enorme de su numerosa presencia, para volver a ocupar un sitio en el panorama de la actualidad.
Quisieran borrar de un plumazo la visión de las concentraciones, que evidencian demasiado los errores cometidos por el saqueo continuado de los bolsillos obreros que han estado llevando a cabo los adoradores del Capitalismo feroz, sin haberse siquiera detenido a echar una rápida mirada a la desesperación de la gente de bien, que no aspira a otra cosa, más que a vivir dignamente del fruto de su trabajo y a ofrecer a sus hijos un mañana mejor.
Era de esperar que algo así sucediera. La disparatada gestión de nuestros representantes, su desprecio hacia los que una vez otorgaron su confianza a sus propuestas y la reiterada manipulación que de la información han estado ejerciendo, siempre a su favor, auguraba un estallido de proporciones aún incalculables.
Desearían, claro, que nuestra libertad de expresión no existiera, que regresáramos a nuestras casas en silencio para demostrar que pueden manejarnos la vida sin permitirnos la posibilidad de una protesta contundente en su contra y que el camino emprendido a favor de un mundo dominado por la economía, siguiera adelante sin oposición alguna.
Les encantaría amordazar a unos jóvenes que ya se encargaron de hacer crecer con la única aspiración de un desaforado consumismo, amparados hasta la edad adulta por la mano protectora de un paternalismo casi eterno, sin que jamás hubieran encontrado un motivo para tomar las aceras para reclamar unos derechos, que parecían haber quedado obsoletos.
Creían contar con la ignorancia que sobre estos temas tenían las generaciones nacidas después de la transición y con la mansedumbre de unos progenitores que habían luchado denodadamente por ofrecer a sus vástagos una vida tranquila, sin carencias.
Pero la duración de la crisis ha venido a desbaratarles los esquemas y el negro abismo abierto a los pies de los pueblos, ha creado la urgente necesidad de volver a las calles para dejar constancia de la desesperación por no retroceder dos siglos en los logros que costaron tantas vidas humanas y tantos sacrificios.
No contaban con que estos jóvenes tienen además de su apatía, buenos maestros en las artes de la lucha callejera. Sus padres aún recuerdan con dolor los años de la dictadura y cómo hacer frente a los demonios de la represión y el silencio y naturalmente, creen llegado el momento de que los cachorros asuman el protagonismo de sus propias historias y den un paso al frente para reivindicar todo aquello que les ha sido arrebatado por medio de la corrupción imperante detrás de cada esquina.
Esto ya no tiene vuelta atrás. Y si las urnas se quedan vacías el próximo día 22, no habrá que buscar culpables en las plazas de las ciudades, sino en las instituciones mal gestionadas por una clase política que ha perdido cualquier poder de convicción, con acciones carentes de nobleza, que no han hecho otra cosa que despojar a los ciudadanos de parte de su dignidad hasta arrastrarlos al borde de un precipicio, al que se niegan ahora a caer.
Tienen exactamente lo que merecen.
Les disgusta que su campaña electoral se vea truncada por la cruda de verdad de los sentimientos populares, que son la voz hastiada de los que han estado manipulando y denigrando hasta darles la sensación de que otra vuelta de tuerca podría acabar de manera desastrosa con sus sueños de futuro, sin que les hayan dejado otra opción más que la de utilizar la fuerza enorme de su numerosa presencia, para volver a ocupar un sitio en el panorama de la actualidad.
Quisieran borrar de un plumazo la visión de las concentraciones, que evidencian demasiado los errores cometidos por el saqueo continuado de los bolsillos obreros que han estado llevando a cabo los adoradores del Capitalismo feroz, sin haberse siquiera detenido a echar una rápida mirada a la desesperación de la gente de bien, que no aspira a otra cosa, más que a vivir dignamente del fruto de su trabajo y a ofrecer a sus hijos un mañana mejor.
Era de esperar que algo así sucediera. La disparatada gestión de nuestros representantes, su desprecio hacia los que una vez otorgaron su confianza a sus propuestas y la reiterada manipulación que de la información han estado ejerciendo, siempre a su favor, auguraba un estallido de proporciones aún incalculables.
Desearían, claro, que nuestra libertad de expresión no existiera, que regresáramos a nuestras casas en silencio para demostrar que pueden manejarnos la vida sin permitirnos la posibilidad de una protesta contundente en su contra y que el camino emprendido a favor de un mundo dominado por la economía, siguiera adelante sin oposición alguna.
Les encantaría amordazar a unos jóvenes que ya se encargaron de hacer crecer con la única aspiración de un desaforado consumismo, amparados hasta la edad adulta por la mano protectora de un paternalismo casi eterno, sin que jamás hubieran encontrado un motivo para tomar las aceras para reclamar unos derechos, que parecían haber quedado obsoletos.
Creían contar con la ignorancia que sobre estos temas tenían las generaciones nacidas después de la transición y con la mansedumbre de unos progenitores que habían luchado denodadamente por ofrecer a sus vástagos una vida tranquila, sin carencias.
Pero la duración de la crisis ha venido a desbaratarles los esquemas y el negro abismo abierto a los pies de los pueblos, ha creado la urgente necesidad de volver a las calles para dejar constancia de la desesperación por no retroceder dos siglos en los logros que costaron tantas vidas humanas y tantos sacrificios.
No contaban con que estos jóvenes tienen además de su apatía, buenos maestros en las artes de la lucha callejera. Sus padres aún recuerdan con dolor los años de la dictadura y cómo hacer frente a los demonios de la represión y el silencio y naturalmente, creen llegado el momento de que los cachorros asuman el protagonismo de sus propias historias y den un paso al frente para reivindicar todo aquello que les ha sido arrebatado por medio de la corrupción imperante detrás de cada esquina.
Esto ya no tiene vuelta atrás. Y si las urnas se quedan vacías el próximo día 22, no habrá que buscar culpables en las plazas de las ciudades, sino en las instituciones mal gestionadas por una clase política que ha perdido cualquier poder de convicción, con acciones carentes de nobleza, que no han hecho otra cosa que despojar a los ciudadanos de parte de su dignidad hasta arrastrarlos al borde de un precipicio, al que se niegan ahora a caer.
Tienen exactamente lo que merecen.

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