A veces necesitamos con urgencia escaparnos de alguna manera del entorno y convencernos de que merece la pena dedicar parte de nuestro tiempo a cosas que representan un enriquecimiento personal o anímico y que suelen transportarnos a otros mundos que siempre cupieron en éste.
No se necesitan demasiados requisitos para disfrutar de la belleza y es un placer contar en nuestras filas con todos aquellos que de algún modo nacieron artistas y que perseveraron en sus inclinaciones para legarnos auténticas obras maestras a lo largo de los siglos.
Las artes deben ser inseparables de nosotros los humanos, que solemos vivir casi siempre en estado de permanente alerta contra los sinsabores que nos depara el destino, abandonando con excesiva rapidez cualquier oportunidad de hallar una brizna de felicidad sin buscar inmediatamente una explicación lógica que nos permita disfrutarla.
Pero el arte y la lógica permanecen en polos opuestos y la fascinación que produce el primero está lejos de nuestra comprensión natural, perteneciendo a una categoría superior que nada tiene que ver con lo previsible o lo útil.
Yo podría por ejemplo, permanecer quieta durante horas, de pie, delante del Jardín de las delicias de El Bosco, sintiendo cómo me recorre el cuerpo un escalofrío inexplicable, mientras me embarga la emoción de ir descubriendo una a una las figuras que pueblan el tríptico, sin pestañear una sola vez.
Este cuadro, uno de mis favoritos, me fue descubierto en la adolescencia por una genial profesora de arte, de la que tuve la suerte de recibir mis primeras orientaciones hacia un tipo de pintura diferente a la que entonces marcaban los estrictos cánones dictatoriales y que no era otra, que una larga lista de Inmaculadas y Santos, salidos de las manos de genios españoles que me aburrían solemnemente.
Tropezar con este visionario, precursor del surrealismo de Dalí, adelantado a su época, trasgresor, valiente y atrevido en el fondo y en las formas, encauzó sin duda mis gustos artísticos y me abrió la mente a nuevos estilos aportándome también una gran dosis de libertad para poder inclinarme hacia otros modos de belleza.
Aún sigo contemplando el lienzo como si fuera la primera vez y no puedo pasar por El Prado sin acabar en la sala en la que se encuentra, anonadada por su grandiosidad y siempre sorprendida por su arrebatadora visión, como si hubiera alguna vinculación entre nosotros.
Es verdad que otras obras me han maravillado de forma parecida, pero la misteriosa aureola que rodea a este autor y la enrevesada temática de su obra, consiguen hacer palidecer cualquier otra sensación que puedan producir en mi interior y me empuja a considerarla como la pintura más impresionante que haya sido capaz de mirar, por muchas veces que la vea.
Y aunque la adolescencia ahora quede muy lejos, nunca agradeceré suficiente la oportunidad que se me brindó para conocerlo, aportando una luz fuerte y vigorosa a mi espíritu en aquellos años de extrema oscuridad, en que todo era pecado o prohibido.
A quien no lo haya visto, le animo para que lo haga en la primera oportunidad que se le presente. Le aseguro que nunca hasta entonces habrá sentido nada igual y que difícilmente volverá a salir de otros pinceles, algo parecido a este cuadro que nos ocupa.
En el día internacional de los Museos.

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