Desde que las nuevas tecnologías hicieron su entrada triunfal en nuestras casas, una obsesión insana se apoderó del hombre dominando su voluntad y provocándole un solo deseo, en cuanto tiene oportunidad de disfrutar de un rato de ocio: el control total del mando a distancia del televisor.
Como autómatas sin alma, cuando sus pasos les llevan hacia la zona del cuarto de estar, inician un ritual que empieza por una búsqueda concienzuda del objeto, removiendo cielos y tierra hasta encontrarlo, antes de acomodarse en el sofá cómo si les fuera la vida en pensar sólo en la remota posibilidad, de que hubiera desaparecido por arte de magia.
La expresión de sus rostros no puede ser más explícita cuando por fin lo tienen al alcance de la mano y el mero hecho de cogerlo, representa una especie de extraña felicidad que se les refleja en los ojos, dando a entender a quién los mira, que ya son los amos del mundo.
Lo agarran con una fuerza arrebatadora y desde el momento en que pulsan el número del primer canal, quedan abducidos en una especie de extraña nube que provoca una inmediata lejanía de cuántos les rodean, transformándoles en unos seres obnubilados, que se vuelven sordos, mudos y ciegos a cualquier señal que no proceda de la pantalla que acaban de iluminar y de cuyo dominio están ahora seguros.
Empieza entonces una curiosa actividad que maravilla a la gente cercana, pues se supone que uno enciende el televisor con la intención de ver algún programa que le interesa, pero la verdad es que lo que suele ocurrir en estos casos, nada tiene que ver con lo anterior, ya que desde la posición que ocupan, su entretenimiento consiste en saltar una y otra vez de canal en canal, deteniéndose a veces en películas o documentales ya empezados hace tiempo y quedarse colgados durante un rato en posición de asombro morrocotudo ante ellos, a pesar de no entender el argumento, ni ser capaces de hilar siquiera los diálogos que se producen ante sus ojos.
Después, inesperadamente, vuelven a la ronda de números, hasta agotar la extensa gama que se sintoniza en el país, muchas veces, despotricando de la publicidad y otras, empezando ya a dormitar por los rigores del cansancio diario, pero sin soltar el preciado tesoro que capta las cadenas, ni permitir a los demás tomar el relevo de lo que a juzgar por sus ronquidos, ya no necesitan.
Finalmente, caen en una etapa de sueño profundo, con el mando abrazado sobre el vientre y en una posición de reposo que lleva a los otros a pensar que pueden disponer del dichoso mando para poder acceder a algún programa de cierto interés, pero en cuanto se produce el intento silencioso de hacerse con el artefacto, se levantan quedándose sentados con los ojos fuera de sus órbitas, negándose a desprenderse del artilugio y profiriendo exabruptos contra quien intentaba cogerlo, con la ridícula excusa de estar un momento pensando y no durmiendo, como era evidente por su postura y por los rugidos emitidos.
Llegados a este punto, te asalta un primer pensamiento relacionado con la posibilidad de haber estado viviendo durante años con alguien de personalidad dual, que transforma su natural apacible en cuanto vislumbra la absurda posibilidad de ejercer su autoridad sobre la caja tonta.
Me pregunto qué harían durante el tiempo en que había que levantarse a cambiar de canal y qué decidirían cuando sólo contábamos con dos emisiones a nivel nacional, y encima en blanco y negro.
Como autómatas sin alma, cuando sus pasos les llevan hacia la zona del cuarto de estar, inician un ritual que empieza por una búsqueda concienzuda del objeto, removiendo cielos y tierra hasta encontrarlo, antes de acomodarse en el sofá cómo si les fuera la vida en pensar sólo en la remota posibilidad, de que hubiera desaparecido por arte de magia.
La expresión de sus rostros no puede ser más explícita cuando por fin lo tienen al alcance de la mano y el mero hecho de cogerlo, representa una especie de extraña felicidad que se les refleja en los ojos, dando a entender a quién los mira, que ya son los amos del mundo.
Lo agarran con una fuerza arrebatadora y desde el momento en que pulsan el número del primer canal, quedan abducidos en una especie de extraña nube que provoca una inmediata lejanía de cuántos les rodean, transformándoles en unos seres obnubilados, que se vuelven sordos, mudos y ciegos a cualquier señal que no proceda de la pantalla que acaban de iluminar y de cuyo dominio están ahora seguros.
Empieza entonces una curiosa actividad que maravilla a la gente cercana, pues se supone que uno enciende el televisor con la intención de ver algún programa que le interesa, pero la verdad es que lo que suele ocurrir en estos casos, nada tiene que ver con lo anterior, ya que desde la posición que ocupan, su entretenimiento consiste en saltar una y otra vez de canal en canal, deteniéndose a veces en películas o documentales ya empezados hace tiempo y quedarse colgados durante un rato en posición de asombro morrocotudo ante ellos, a pesar de no entender el argumento, ni ser capaces de hilar siquiera los diálogos que se producen ante sus ojos.
Después, inesperadamente, vuelven a la ronda de números, hasta agotar la extensa gama que se sintoniza en el país, muchas veces, despotricando de la publicidad y otras, empezando ya a dormitar por los rigores del cansancio diario, pero sin soltar el preciado tesoro que capta las cadenas, ni permitir a los demás tomar el relevo de lo que a juzgar por sus ronquidos, ya no necesitan.
Finalmente, caen en una etapa de sueño profundo, con el mando abrazado sobre el vientre y en una posición de reposo que lleva a los otros a pensar que pueden disponer del dichoso mando para poder acceder a algún programa de cierto interés, pero en cuanto se produce el intento silencioso de hacerse con el artefacto, se levantan quedándose sentados con los ojos fuera de sus órbitas, negándose a desprenderse del artilugio y profiriendo exabruptos contra quien intentaba cogerlo, con la ridícula excusa de estar un momento pensando y no durmiendo, como era evidente por su postura y por los rugidos emitidos.
Llegados a este punto, te asalta un primer pensamiento relacionado con la posibilidad de haber estado viviendo durante años con alguien de personalidad dual, que transforma su natural apacible en cuanto vislumbra la absurda posibilidad de ejercer su autoridad sobre la caja tonta.
Me pregunto qué harían durante el tiempo en que había que levantarse a cambiar de canal y qué decidirían cuando sólo contábamos con dos emisiones a nivel nacional, y encima en blanco y negro.

Jajajajaja... además de ser genial, el artículo es una clara radiografía de alguien que me suena mucho... Buenísimo eso de "estar pensando un momento y no durmiendo". Típico de H16!!!!
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