Decíamos cuando comenzaron las revoluciones sociales de los países árabes, que habría que esperar acontecimientos para estar realmente seguros del camino que acabarían tomando los estallidos libertarios que se sucedían en las calles.
Poníamos toda nuestra esperanza en que la trayectoria seguida después del derrocamiento de los dictadores fuera un salto hacia una visión renovadora de su propia historia, libre de todo tipo de injerencias, tanto de los dirigentes occidentales, como de las teocracias islámicas, por ser unos y otros formas distintas de represión para quienes han protagonizado tan amplio sacrificio.
Confiábamos en que el conocimiento profundo de la tragedia vivida durante los años de la dominación padecidos, fuera capaz de abrir las mentes de estos recién llegados a la libertad, enfocando su ideología hacia metas fundamentalmente provechosas para sus pueblos, sin que tuvieran que volver a ser esclavos de una nueva trampa que silencie otra vez las voces que tan alto han gritado por las tierras del Magreb.
No es la primera vez que la mala influencia de las religiones acaba oscureciendo un proceso político, ni sería de extrañar una intervención solapada en los asuntos de los nuevos estados que consiguiera enardecer los ánimos de las masas, hasta provocar un enfrentamiento furibundo entre los partidarios de una u otra tendencia, con el único propósito de establecerse en el poder.
Todas las religiones lo intentan y el trasfondo espiritual que pretenden trasmitir, siempre acaba dejando paso a la necesidad de alcanzar posiciones de influencia en áreas que, en principio, nada tienen que ver con la doctrina que las mueve y a menudo vemos luchar denodadamente a los representantes religiosos para conservar sus privilegios allá donde sus creencias son practicadas por una mayoría, demostrando que una fuerte politización se esconde detrás de los muros de las mezquitas, las sinagogas o las iglesias.
Los enfrentamientos acaecidos en Egipto entre coptos e islamistas, con resultados de muerte, podría ser una prueba palpable de lo que digo y representar un mal comienzo para el establecimiento de un nuevo régimen en la tierra de los faraones.
No hay peor dominación que aquella que aliena nuestro pensamiento con promesas espirituales de dudoso cumplimiento, ni peor enemigo que el que va socavando nuestra libertad amenazándonos con el miedo a futuros infiernos que nadie ha demostrado siquiera que puedan existir.
Que la limpieza de las revoluciones sociales árabes acabara ensuciándose con la solapada intrusión de factores ajenos a los principios fundamentales que las movieron, daría al traste con la buena imagen que fueron capaces de levantar a miles de personas en el mundo, al mirar desde la lejanía la unión sin fronteras de ningún tipo que reinaba entre los protagonistas anónimos de estas historias que tantos titulares han dado en la faz de la tierra.
No sabría decir a quién corresponde salvaguardar el gran tesoro de esa limpieza y vigilar para que no degenere en la zafiedad de una exclusión para determinados sectores de las poblaciones.
Todos sin excepción alguna, necesitamos la libertad para vivir. Todos tenemos las mismas necesidades primarias para conservar la dignidad en nuestro destino y todos, sea cuáles fueren nuestras ideologías o creencias, debemos tener sitio en el que buscar la paz como primera parada de un largo camino por andar.
Comenzar segregando es dejarse manipular por malas influencias sin ser capaz de alzar la voz para detener el avance de los que nos empujan a un abismo peor que el que dejamos atrás cuando decidimos romper las cadenas. Ahora es tiempo de aprender a convivir con el vecino en igualdad de condiciones y empezar a poner en práctica la regla más difícil de aplicar cuando se trata de los hombres: el respeto.
Poníamos toda nuestra esperanza en que la trayectoria seguida después del derrocamiento de los dictadores fuera un salto hacia una visión renovadora de su propia historia, libre de todo tipo de injerencias, tanto de los dirigentes occidentales, como de las teocracias islámicas, por ser unos y otros formas distintas de represión para quienes han protagonizado tan amplio sacrificio.
Confiábamos en que el conocimiento profundo de la tragedia vivida durante los años de la dominación padecidos, fuera capaz de abrir las mentes de estos recién llegados a la libertad, enfocando su ideología hacia metas fundamentalmente provechosas para sus pueblos, sin que tuvieran que volver a ser esclavos de una nueva trampa que silencie otra vez las voces que tan alto han gritado por las tierras del Magreb.
No es la primera vez que la mala influencia de las religiones acaba oscureciendo un proceso político, ni sería de extrañar una intervención solapada en los asuntos de los nuevos estados que consiguiera enardecer los ánimos de las masas, hasta provocar un enfrentamiento furibundo entre los partidarios de una u otra tendencia, con el único propósito de establecerse en el poder.
Todas las religiones lo intentan y el trasfondo espiritual que pretenden trasmitir, siempre acaba dejando paso a la necesidad de alcanzar posiciones de influencia en áreas que, en principio, nada tienen que ver con la doctrina que las mueve y a menudo vemos luchar denodadamente a los representantes religiosos para conservar sus privilegios allá donde sus creencias son practicadas por una mayoría, demostrando que una fuerte politización se esconde detrás de los muros de las mezquitas, las sinagogas o las iglesias.
Los enfrentamientos acaecidos en Egipto entre coptos e islamistas, con resultados de muerte, podría ser una prueba palpable de lo que digo y representar un mal comienzo para el establecimiento de un nuevo régimen en la tierra de los faraones.
No hay peor dominación que aquella que aliena nuestro pensamiento con promesas espirituales de dudoso cumplimiento, ni peor enemigo que el que va socavando nuestra libertad amenazándonos con el miedo a futuros infiernos que nadie ha demostrado siquiera que puedan existir.
Que la limpieza de las revoluciones sociales árabes acabara ensuciándose con la solapada intrusión de factores ajenos a los principios fundamentales que las movieron, daría al traste con la buena imagen que fueron capaces de levantar a miles de personas en el mundo, al mirar desde la lejanía la unión sin fronteras de ningún tipo que reinaba entre los protagonistas anónimos de estas historias que tantos titulares han dado en la faz de la tierra.
No sabría decir a quién corresponde salvaguardar el gran tesoro de esa limpieza y vigilar para que no degenere en la zafiedad de una exclusión para determinados sectores de las poblaciones.
Todos sin excepción alguna, necesitamos la libertad para vivir. Todos tenemos las mismas necesidades primarias para conservar la dignidad en nuestro destino y todos, sea cuáles fueren nuestras ideologías o creencias, debemos tener sitio en el que buscar la paz como primera parada de un largo camino por andar.
Comenzar segregando es dejarse manipular por malas influencias sin ser capaz de alzar la voz para detener el avance de los que nos empujan a un abismo peor que el que dejamos atrás cuando decidimos romper las cadenas. Ahora es tiempo de aprender a convivir con el vecino en igualdad de condiciones y empezar a poner en práctica la regla más difícil de aplicar cuando se trata de los hombres: el respeto.

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