viernes, 27 de mayo de 2011

¿Quién teme a los indignados?

La terrible carga policial acaecida en el desalojo de la Plaza de Cataluña en Barcelona, acaba de igualar la actitud de quien la ordenó con la de los dictadores árabes que tanto se han criticado en los últimos tiempos.
Los ciento veintiún heridos de diversa gravedad que deja el ataque indiscriminado a ciudadanos pacíficos, no consigue sin embargo, el objetivo previsto y el movimiento del 15M se refuerza duplicando el número de manifestantes que vuelve al mismo escenario de la batalla campal.
Desde los tiempos del antiguo régimen no tenía lugar en las calles una represión de estas características, cuyas imágenes evocan un amargo recuerdo en todos los que tuvimos la desgracia de conocer de primera mano aquel tiempo.
Buscar explicaciones a la violencia es siempre un callejón sin salida, pero ahondando en los motivos que han podido dar lugar a este abuso de poder, no se me ocurre otro mejor que el miedo.
Debe ser duro ver como se tambalea la situación privilegiada en la que algunos han vivido, olvidando por completo a los ciudadanos de a pie, a los que ahora atacan, cuando cansados de ser utilizados como títeres por el sistema capitalista, se han atrevido a alzar la voz y a sugerir otro modo de afrontar la política mucho más acorde con los intereses de la mayoría.
En ningún momento, sin embargo, se ha traspasado el umbral de la ley en las acampadas, ni se ha cruzado la línea de la educación ciudadana, pues la magnífica organización de los convocantes ha cubierto con creces las labores que de otro modo, se habrían visto obligados a realizar los empleados de los ayuntamientos.
Pero el grito unánime de las masas, daña los oídos de los de arriba como si la voz de la conciencia hubiera tomado cuerpo en las calles impidiendo un reposo deseable por los defensores de una política que ya no ofrece ninguna garantía.
Quién teme a los indignados, es una incógnita cuya respuesta resulta fácil, a poco que se piense. Y la carga policial es la última carta a jugar para mantenerse en un lugar de poder, sin tener que ceder a las reivindicaciones de los humildes, que son multitud, llamando con insistencia a las puertas blindadas de los que no prestan ninguna atención a las necesidades del pueblo.
Si esperaba el señor Mas una huida masiva tras los disturbios de hoy, le ha salido mal la jugada. Tratar de atenazar la voluntad de las personas, a menudo suele ser un arma de dos filos que acaba hiriendo con un efecto adverso a quien se atreve a intentarlo y la voluntad popular, por norma, acaba creciéndose ante la adversidad aunando tras una misma causa a los sufridores, transmitiéndoles fuerza renovada para afrontar nuevos retos.
Tienen un gran fundamento los temores de los políticos de turno, pues el paso imparable del recién nacido movimiento 15M no está dispuesto a dar marcha atrás y los indignados se cuentan ya por cientos de miles y será prácticamente imposible reprimirlos a todos.
Mas valdría empezar a escuchar las justas reivindicaciones de los que verdaderamente mueven el mundo, porque sería un error ignorar que algo se está gestando en el país, fuera del influjo nefasto de los que hasta ahora lo rigieron.
En Europa, han empezado las adhesiones y el razonable discurso de los manifestantes, está calando en otros lugares, al entender sus habitantes la similitud que su situación tiene con la nuestra.
En una tensa espera, la marea humana está esta noche, otra vez, acampada por las esquinas, desoyendo el estruendo de los golpes e ignorando el olor de la sangre de los heridos, sólo con la fuerza de su razón.
No tiene la menor importancia la guerra interna del PSOE ni la euforia de los populares entrando triunfalmente por la puerta de los ayuntamientos para ocupar sus nuevos cargos.
El verdadero poder está en los brazos de los trabajadores y todo depende de la intención que tengan de moverlos.

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