miércoles, 4 de mayo de 2011

El poder de mi voto

Voté por primera vez a los veinticuatro años. Hasta entonces, la férrea dictadura franquista había privado de ese privilegio a mi país durante más de cuarenta años e incluso condenado al silencio político a las personas de la edad de mis padres durante la mayor parte de sus vidas.
Estar desposeído de todos los derechos en plena juventud, es un camino arduo por el que desenvolverse y nos hace dar un valor diferente al privilegio de poder participar en las elecciones para, de algún modo, hacer oír nuestra voz, por medio de la papeleta que introducimos en la urna.
Independientemente de nuestra ideología personal, el voto es considerado un tesoro, un medio por el cuál ser partícipe en los asuntos de la Nación, llevando la libertad de pensamiento hasta las instituciones que nos representan, sin ser coartados por ninguna fuerza ajena a nuestra voluntad, ni sometidos a una obediencia impuesta que dirija, sin nuestra participación, el destino de nuestras vidas.
A pesar de haber transcurrido muchos años, los comicios han seguido representando para mí un motivo de orgullo y siempre había acudido a ellos animosamente, abandonando cualquier otro plan, por atractivo que fuese, cada vez que llegaba el momento.
Pero esta crisis nos ha descubierto demasiadas cosas y la esperanza que un día pusimos en la integridad de nuestros representantes, ha dado paso irremediablemente a un desgaste emocional absoluto, directamente provocado por la amoralidad reinante a nuestro alrededor y las actitudes de servilismo y traición desarrolladas por los políticos actuales, adoradores a ultranza de los poderes económicos y carentes de cualquier consideración para con la humanidad de las clases populares que les ofrecieron su confianza.
Estas próximas elecciones municipales serán, lo he decidido, las primeras en que me quede en casa. No me levantaré temprano para acudir al colegio electoral, ni prepararé con antelación mi papeleta para introducirla en la urna correspondiente. No escucharé el discurso falaz de los que tan interesados se hallan en manipular mi conciencia, con el fin de auparse al poder utilizándome como mecanismo de sus intrigas, ni potenciaré su ascensión hacia puestos desde los que esquilmar las arcas, a las que con mi esfuerzo contribuyo. No caminaré como un borrego al paso que me marquen, ni haré campaña a favor de mis verdugos, ni seré comprensiva con programas elaborados desde la perspectiva de los que no descienden a la calle para solidarizarse con los problemas que me afligen. No me alinearé con las formaciones reinantes en el panorama político, ni participaré en el ambiente festivo de su triunfalismo, ni tampoco en el cruce de acusaciones vertidas de un lado a otro de la acera, como piedras arrojadizas, que al final no hacen más que demostrar la inmoralidad de los unos y también de los otros.
No participaré en la victoria de ninguno de ellos, ni en las gloriosas declaraciones de los ganadores demostrando su egolatría ante los medios de comunicación, ni en la justificación que les plazca hacer de las medidas que, seguro, se verán “obligados” a adoptar cuando comprueben el desastre que han heredado.
No votaré. Mi decisión es firme e inalterable e incluso aconsejable para aquellas personas que quieran escuchar mis argumentos, para todos aquellos que conservando su integridad, no se hallen dispuestos a más sacrificios y quieran canalizar su ira hacia la construcción de un sistema mucho más coherente con las necesidades de su clase.
Precisamente porque conozco el valor inestimable de mi voto, la fuerza de todos los votos, declino hacer uso de mi derecho y me abstendré el próximo día veintidós, en la esperanza de que los vencedores, sean quienes fueren, lo sean con el menor número posible de participantes en esta seudo democracia carente de sentido para las bases que conforman verdaderamente el país.
Quisiera tener la oportunidad de ver los rostros de los que se asomen a la pantalla del televisor teniendo que reconocer, por una vez, que el pueblo les ha dado la espalda, que poca gente ha creído necesario cumplir con el deber ciudadano de elegir candidatos, que ha habido un vacío a su alrededor capaz de hacer tambalearse el método infalible de contar con el respaldo de los inocentes.
Dado mi espíritu rebelde y mi amor a la libertad con mayúsculas, no se me ocurre mayor desprecio para los que nos hieren la conciencia sin el menor atisbo de remordimiento.
Hacerlos caer en una vorágine de olvido, sin posible vuelta atrás, en la enorme soledad de no encontrar eco a sus promesas incumplidas y a su pérfido modo de entender los asuntos públicos, es para mí un objetivo a cumplir y un motor que renueva mi ánimo de igualdad con mis semejantes.
Quizá de este modo entenderán de una vez, que el voto de los ciudadanos, mi voto, no puede ser moneda de cambio para elaborar poco a poco un camino de corrupción personal o ideológica.
Lo tengo tan claro, que animo a mis lectores a meditar sobre ello y a seguir mi postura si como me temo, han llegado a las mismas conclusiones que yo y les mueven las mismas ansias por cambiar de un plumazo el triste panorama que contemplamos cuando abrimos las ventanas de nuestras casas.




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