martes, 17 de mayo de 2011

A favor de la abstención





No entienden mis amigos que una persona como yo, interesada desde siempre por la política y luchadora cuando hubo que serlo para conseguir una vía de solución a la negra amargura de este País, haga ahora campaña a favor de la abstención, desdeñando cualquiera de las ofertas partidistas expuestas en la paleta de la campaña electoral que se desarrolla de cara a las elecciones municipales.
Incluso mis más allegados me dicen que pensaban ir a votar, aunque no fuera más que como un acto de respeto hacia el trabajo empleado por nosotros para conseguir que España volviera a recuperar el derecho a ir a las urnas y los durísimos años que hubimos de soportar mientras la dictadura nos privó del placer de hacerlo.
La alternativa que planteo, aclaro, no es otra cosa que seguir ejerciendo mi libertad de elección para decidir lo que quiero. Por supuesto no estoy en contra de la celebración de elecciones, ni es mi deseo desestabilizar con mi propuesta la democracia de la que disfrutamos. Mi negativa a usar mi derecho al voto nada tiene que ver con la política, sino con los políticos que la ejercen de manera tan desafortunada y con la violencia que han generado a nuestro alrededor en los últimos años, mancillando con su quehacer el noble oficio del servicio público.
Más que venganza, lo mío es un hartazgo de proporciones mayúsculas que sólo quedaría resuelto si desaparecieran del panorama que me rodea, sin dejar rastro, todos los que en los últimos tiempos han corrompido las ideologías, dificultando su aplicación sobre los asuntos del Estado, al enmarañarla con el sistema financiero, hasta el punto de hacer imposible que se distinga una sola idea, dentro del cúmulo de cifras que se barajan alrededor de nosotros.
Nada queda en el panorama nacional que no tenga que ver con los asuntos económicos y hasta los delitos han derivado de forma contundente hacia este plano, llenando nuestros juzgados de mas casos de corrupción de los que se podrían llegar a imaginar, incluso tirando por lo alto.
Lo mío, quiero decir, es una manera de recuperar la dignidad que mis representantes llevan tratando de arrebatarme desde que empezó una crisis que el pueblo no provocó.
Me han engañado, rebajado el sueldo, abaratado el despido, recortado las posibilidades de conseguir una pensión digna y administrado los dineros de las arcas comunes en su beneficio. No me han consultado si me parece bien insuflar ayudas a la banca, ni sobre las medidas que me gustaría que tomaran para hacer frente a los malos tiempos. Han decidido, sin preguntar, que quiero seguir el modelo alemán, en lugar de otro cualquiera e incluso me han encarecido la vida un sesenta y seis por ciento de un día para otro, haciéndome entrar a formar parte de una Europa que no hace más que maltratar mi modo de vida incomodándome en todos los sentidos, intentando además, aniquilar mi conciencia de clase. Han manchado las páginas de la historia con sus actos y llenado las listas electorales con delincuentes que se pasean por los territorios de España, como si se trataran de estrellas de cine, en lugar de declarados ladrones.
Me pregunto si después de todo esto, es comprensible que vistan las calles que me rodean de ambiente festivo, en un intento de que olvide lo acontecido con anterioridad, y reclamen descaradamente que vuelva a ponerme delante de una urna para dar una palmadita en la espalda a los verdugos que me hirieron de gravedad, otorgándoles de nuevo un cheque en blanco para que continúen alienándome como persona, los cuatro años siguientes.
Aceptar de buen grado la sugerencia de acudir a votar, pondría en duda mi nivel de inteligencia y me colocaría en un plano de obediencia en el que declino estar, mientras tenga mis facultades mentales en buen uso y pueda ejercer mi libertad de expresión sin que la censura me prohíba decir lo que pienso.
Así que incluso decepcionando a los amigos que no secunden la moción, el próximo día veintidós no me acercaré siquiera al Colegio electoral para participar en el juego sucio que me proponen los que bailan al son que tocan los poderosos del planeta.
Al menos, podré decir con la cabeza alta que nadie gobierna mi vida con la confianza que le dio mi voto y podré ejercer una crítica feroz a las barrabasadas que cometan los unos y los otros, sin haber participado con ellos en la prolongación de un sistema que va en contra de mis principios.
Ni siquiera me importa que me acusen de hacer proselitismo a favor de la abstención a través de estas páginas. No niego que me encantaría que esta idea se propagase y que de algún modo, el día veintitrés pudiéramos, de verdad, empezar a escribir una nueva historia.

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