Este pueblo mío, tantas veces ridiculizado sin razón por los tópicos extendidos sobre su particular idiosincrasia, cambia por unos días la severidad sobrevenida en los últimos tiempos y se pone el mundo por montera organizando una de las ferias más conocidas y que, en cierta medida, sirve ahora para paliar el dolor en que se encuentra inmerso a causa de los terribles efectos de la crisis.
Tiene mucho que ver nuestro carácter con las leyendas negras que se nos atribuyen a lo largo de nuestra geografía porque a pesar de encontrarnos en situaciones de extrema dificultad, somos por lo general de natural optimistas y tratamos de acomodarnos a lo que se nos viene encima procurando que se nos note lo menos posible, creando una especie de escudo protector tras el que ocultar las penalidades rutinarias de puertas para adentro.
Toca ahora ponerse el traje de faralaes y perderse entre la multitud cantarina y colorista que puebla el recinto ferial sin acordarse, al menos mientras se baila al ritmo de sevillanas, del elevado cupo de parados que puebla nuestras calles, ni de la mala gestión de los políticos a los que ya se tiene pensado castigar en las urnas en las próximas elecciones municipales.
No es que el andaluz no sea capaz de hacerse cargo de su sufrimiento, ni que el conformismo aquí sea mayor que en otros lugares del país, pero el poder de transformación que somos capaces de aportar a nuestra triste existencia, puede llamar a engaño al que mira desde la lejanía, hasta llegar a considerarnos como seres despreocupados y ociosos sin otros horizontes más que los que nos marcan los compases del manido flamenco.
Pero hay un tiempo para la diversión y otro para las penas, cada uno de ellos escrupulosamente situado en la vida con sus vicisitudes ancladas al devenir de las personas y que cada cuál interpreta de modo diferente, según su propia personalidad y creencias.
Quizá la curiosa mezcolanza de civilizaciones que ha poblado nuestros paisajes tenga mucho que ver con nuestra infinita paciencia, con la apertura de nuestras mentes hacia el optimismo y con nuestra forma de afrontar los problemas, ciertamente distinta a la de otros pueblos menos acostumbrados a un mestizaje tan amplio.
Por unos días, ahora enterraremos la guerra que tenemos abierta contra los causantes de nuestras penurias y nos esforzaremos en disfrutar de la celebración popular con ritmo frenético obviando los escollos del camino y apoyándonos en la idea de que quizá nos espere un futuro mejor.
Al fin y al cabo, la vida no es más que un conglomerado mal dispuesto de dolor y alegría, y cualquier otra consideración sobre el tema sería como querer descifrar a priori los designios de un destino que si lo conociéramos de antemano, seguramente sería mucho menos interesante de vivir.
Tiene mucho que ver nuestro carácter con las leyendas negras que se nos atribuyen a lo largo de nuestra geografía porque a pesar de encontrarnos en situaciones de extrema dificultad, somos por lo general de natural optimistas y tratamos de acomodarnos a lo que se nos viene encima procurando que se nos note lo menos posible, creando una especie de escudo protector tras el que ocultar las penalidades rutinarias de puertas para adentro.
Toca ahora ponerse el traje de faralaes y perderse entre la multitud cantarina y colorista que puebla el recinto ferial sin acordarse, al menos mientras se baila al ritmo de sevillanas, del elevado cupo de parados que puebla nuestras calles, ni de la mala gestión de los políticos a los que ya se tiene pensado castigar en las urnas en las próximas elecciones municipales.
No es que el andaluz no sea capaz de hacerse cargo de su sufrimiento, ni que el conformismo aquí sea mayor que en otros lugares del país, pero el poder de transformación que somos capaces de aportar a nuestra triste existencia, puede llamar a engaño al que mira desde la lejanía, hasta llegar a considerarnos como seres despreocupados y ociosos sin otros horizontes más que los que nos marcan los compases del manido flamenco.
Pero hay un tiempo para la diversión y otro para las penas, cada uno de ellos escrupulosamente situado en la vida con sus vicisitudes ancladas al devenir de las personas y que cada cuál interpreta de modo diferente, según su propia personalidad y creencias.
Quizá la curiosa mezcolanza de civilizaciones que ha poblado nuestros paisajes tenga mucho que ver con nuestra infinita paciencia, con la apertura de nuestras mentes hacia el optimismo y con nuestra forma de afrontar los problemas, ciertamente distinta a la de otros pueblos menos acostumbrados a un mestizaje tan amplio.
Por unos días, ahora enterraremos la guerra que tenemos abierta contra los causantes de nuestras penurias y nos esforzaremos en disfrutar de la celebración popular con ritmo frenético obviando los escollos del camino y apoyándonos en la idea de que quizá nos espere un futuro mejor.
Al fin y al cabo, la vida no es más que un conglomerado mal dispuesto de dolor y alegría, y cualquier otra consideración sobre el tema sería como querer descifrar a priori los designios de un destino que si lo conociéramos de antemano, seguramente sería mucho menos interesante de vivir.

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