Nada hay peor para un político que caer en la indignidad de los insultos personales. Olvidar de repente la nobleza de una profesión que ha de basarse, fundamentalmente, en el respeto al adversario, para tratar de llegar al poder por medio del insulto lanzado sobre las historias íntimas de los oponentes, supone una bajeza imperdonable y debiera constituir destitución inmediata para quien lo practica, amparado en la altura de unas tribunas que no habrían de servir para otra cosa, más que para exponer el programa que tiene en mente realizar el partido al que se representa.
Ha demostrado el señor Camps, el prepotente e imputado representante valenciano del PP, una catadura moral bastante retorcida, al hacer alusión en un mitin a los recuerdos que el Presidente Zapatero pudiera tener de su abuelo. Mientras se pavoneaba de haber sido tratado por el suyo con mimo y cariño, no dudaba en quejarse de que el antepasado del presidente, parecía no haberle trasmitido otra cosa que odio, cosa bastante impropia de una relación normal entre familiares de esta cercanía.
Difícilmente podría el abuelo de Zapatero haber dejado ninguna clase de recuerdo a su nieto, ya que fue fusilado por las tropas franquistas durante la guerra civil, siendo arrancado de raíz, como tantos otros, del seno de su familia, probablemente por representar unas ideas diametralmente opuestas a las que aún se siguen perpetuando en personas como el señor Camps, mientras se mofa descaradamente de episodios que forman parte de la historia negra del país, sin el menor atisbo de rubor y delante de miles de personas.
Está bastante claro que el candidato valenciano tuvo mucha más suerte que el presidente, si como dice, la vida le dio la oportunidad de poder disfrutar de un buen recuerdo de su abuelo, sin tener que andar buscando su cuerpo por alguna de las miles de fosas comunes existentes en toda la geografía española.
Ya le hubiera gustado al presidente y a todos los demás familiares de los represaliados por las hordas fascistas, gozar de la presencia de sus desaparecidos durante más tiempo y contar para el futuro con un álbum de recuerdos similar al de Camps y no con la tortura de tener que sufrir en el silencio impuesto por la dictadura, la pérdida injusta de algún allegado, por razones ideológicas.
Las bromas de este personaje, de dudosa moralidad personal, que ha sido capaz de encabezar las listas de la Comunidad de Valencia, a pesar de hallarse imputado por la justicia en un sucio asunto de corrupción, son, como puede verse, de mal gusto e inciden en cuestiones demasiado dolorosas para ser mencionadas en tono de sorna con la pretensión de hacer gracia a los correligionarios reunidos en los actos electorales.
Hay que decir a favor del presidente, que hasta el momento, no ha entrado al trapo de esta provocación y ha permanecido en silencio, quizá con la intención de no ahondar en un tema que podría levantar ampollas si diera paso a una enardecida polémica sobre un turbio asunto, aún sin resolver para demasiadas familias.
Sin embargo, los que formamos parte de la larga lista de allegados de víctimas de la guerra civil, no podemos sentir por los chistes del señor Camps otra cosa más que un infinito desprecio y sólo deseamos que caiga sobre él todo el peso de la ley en los casos de corrupción a los que se enfrenta, ya que en su partido no hay valor suficiente para apearlo inmediatamente de cualquier vinculación con la política y desterrarlo al más crudo de los silencios, en el que poder educar, en soledad, esa vis cómica que tanto le gusta, cuando el tema hiere la sensibilidad de otros y tan poco, cuando roza siquiera sus oscuras historias personales.
Ha demostrado el señor Camps, el prepotente e imputado representante valenciano del PP, una catadura moral bastante retorcida, al hacer alusión en un mitin a los recuerdos que el Presidente Zapatero pudiera tener de su abuelo. Mientras se pavoneaba de haber sido tratado por el suyo con mimo y cariño, no dudaba en quejarse de que el antepasado del presidente, parecía no haberle trasmitido otra cosa que odio, cosa bastante impropia de una relación normal entre familiares de esta cercanía.
Difícilmente podría el abuelo de Zapatero haber dejado ninguna clase de recuerdo a su nieto, ya que fue fusilado por las tropas franquistas durante la guerra civil, siendo arrancado de raíz, como tantos otros, del seno de su familia, probablemente por representar unas ideas diametralmente opuestas a las que aún se siguen perpetuando en personas como el señor Camps, mientras se mofa descaradamente de episodios que forman parte de la historia negra del país, sin el menor atisbo de rubor y delante de miles de personas.
Está bastante claro que el candidato valenciano tuvo mucha más suerte que el presidente, si como dice, la vida le dio la oportunidad de poder disfrutar de un buen recuerdo de su abuelo, sin tener que andar buscando su cuerpo por alguna de las miles de fosas comunes existentes en toda la geografía española.
Ya le hubiera gustado al presidente y a todos los demás familiares de los represaliados por las hordas fascistas, gozar de la presencia de sus desaparecidos durante más tiempo y contar para el futuro con un álbum de recuerdos similar al de Camps y no con la tortura de tener que sufrir en el silencio impuesto por la dictadura, la pérdida injusta de algún allegado, por razones ideológicas.
Las bromas de este personaje, de dudosa moralidad personal, que ha sido capaz de encabezar las listas de la Comunidad de Valencia, a pesar de hallarse imputado por la justicia en un sucio asunto de corrupción, son, como puede verse, de mal gusto e inciden en cuestiones demasiado dolorosas para ser mencionadas en tono de sorna con la pretensión de hacer gracia a los correligionarios reunidos en los actos electorales.
Hay que decir a favor del presidente, que hasta el momento, no ha entrado al trapo de esta provocación y ha permanecido en silencio, quizá con la intención de no ahondar en un tema que podría levantar ampollas si diera paso a una enardecida polémica sobre un turbio asunto, aún sin resolver para demasiadas familias.
Sin embargo, los que formamos parte de la larga lista de allegados de víctimas de la guerra civil, no podemos sentir por los chistes del señor Camps otra cosa más que un infinito desprecio y sólo deseamos que caiga sobre él todo el peso de la ley en los casos de corrupción a los que se enfrenta, ya que en su partido no hay valor suficiente para apearlo inmediatamente de cualquier vinculación con la política y desterrarlo al más crudo de los silencios, en el que poder educar, en soledad, esa vis cómica que tanto le gusta, cuando el tema hiere la sensibilidad de otros y tan poco, cuando roza siquiera sus oscuras historias personales.

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