lunes, 30 de mayo de 2011

Empujando al payaso

Se alegra la cara de Italia, que se atreve a dar un paso adelante expulsando con cajas destempladas al payaso Berlusconi de dos de sus llamados feudos.
Milán y Nápoles, probablemente afectados por las nauseas que producen las innumerables “hazañas” del Presidente, protagonizan un giro electoral que, con toda seguridad, ha de ser el inicio de un cambio político general que termine con el gobierno mafioso de tan impresentable personaje.
Nadie con un poco de inteligencia podía comprender la tozudez en mantener en el cargo a alguien cuyos actos perjudican gravemente la imagen de un país, que habría de ser ejemplo, por su antigüedad, para el resto de territorios integrantes de la madre Europa.
Esta calcomanía andante, de inexistente moral, estrechamente relacionado con todo lo que huela a ilegalidad absoluta, defensor de sus privilegios hasta el punto de crear leyes únicamente en su propio beneficio, había estado jugando demasiado tiempo sobre la cuerda floja de la justicia, amparado en los votos seguros que le propinaban las dos ciudades que ahora le empujan al vacío abandonándole a su suerte.
Muchos italianos han esperado durante demasiado tiempo este día, desamparados ante el absolutismo paternalista que ha protagonizado este hortera, a golpe de cartera, y deshonrando en todas las ocasiones el nombre de la nación a la que pertenece.
El inicio de su caída, augura una cierta esperanza de que pronto desaparezca de la vida de los ciudadanos de bien, que probablemente acabarán siguiendo el ejemplo de estas dos ciudades y darán por finalizado el triste episodio de un mandato, demasiado tiempo cimentado en episodios oscuros y alianzas interesadas, con el solo propósito de no abandonar el poder.
Es una suerte que lo ocurrido coincida en el tiempo con los levantamientos latentes en Europa y cuyas reivindicaciones contradicen por entero la sucia política llevada a cabo hasta ahora en Italia, porque el toque de atención que a diario se da desde las calles, sin duda hará reflexionar a los nuevos candidatos al poder, evitando la tentación de corromperse con la facilidad que lo habían hecho hasta ahora, escudados en la impunidad que les proporcionaban sus cargos.
Puede que esta pérdida paulatina de influencia termine también por sentar ante los tribunales a quien tan hábilmente los ha eludido mientras se acomodaba en el trono que sus adeptos habían construido para él y veamos al fin, que vuelve a funcionar la justicia, con contundencia, donde los subterfugios de la clase política habían impedido reiterativamente una luz que iluminara el panorama de los ciudadanos.
Van cayendo los líderes europeos, uno a uno, consumidos por la mala gestión con que han llevado al continente y ahogados por la presión de los pueblos cansados de tolerar sus tropelías y los atropellos cometidos en contra de los intereses mayoritarios.
Habrá no obstante que esperar la reacción de Berlusconi, que no querrá conformarse, a la primera, con la derrota y que apelará a cualquier cosa que se pueda comprar con dinero para volverse a situar a la cabeza de los que gobiernan el mundo.
Pero no todo el mundo tiene un precio, aunque él todavía, desgraciadamente, no lo sepa.

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