Haciendo caso omiso de las nutridas manifestaciones populares del fin de semana, los políticos continúan con la campaña electoral, llevando por los pueblos y ciudades de España, la farsa teatral organizada con el único fin de acaparar los votos de los ingenuos ciudadanos que aún no han caído en la cuenta de la desastrosa gestión orquestada que nos acerca peligrosamente a la desaparición de nuestra esencia de clase.
A pesar de las numerosísimas voces que se alzan contra la forma de hacer política de estos fantoches esclavizados por las órdenes del capitalismo, los planes premeditados para alcanzar el poder son puestos en práctica a diario sobre los escenarios montados a todo lujo, donde desarrollan sus manidos discursos basados en el descrédito de los demás, sin que una sola autocrítica salga de sus labios para reconocer los múltiples errores y delitos que arrastran sus propias historias personales y de partido.
Habría que recordar a quien lo haya olvidado, que la supervivencia de las formaciones políticas es directamente proporcional al número de representantes obtenidos, y que reciben por ellos una subvención más o menos cuantiosa que, con toda seguridad, sale de las arcas del Estado al que se atreven en demasiadas ocasiones a esquilmar, en perjuicio de los ciudadanos que lo forman.
Parece que es igual que el grito unánime de una mayoría se alce en las calles demostrando unas dosis de indignación hasta ahora desconocidas en la reciente historia de nuestra joven democracia. Ellos viven en un plano diferente al nuestro y su única meta en el mundo es no perder los privilegios que les permiten, por ejemplo, no haber entrado a formar parte del multitudinarios club de parados que se agolpa ante las oficinas del INEM y que sigue creciendo, a pesar de haber seguido a rajatabla los consejos llegados directamente de la madrastra de Cenicienta.
Sin poder admitir que el sistema asfixia a las clases trabajadoras encargadas de levantar el País, ni uno sólo ha sido capaz de hacer mención a las manifestaciones ocurridas, como queriendo negar la evidencia que los sitúa directamente en el punto de mira de los que creemos en la urgente necesidad de cambiar el terrible modo de vida que nos ofrecen.
Yo voy a volver a pedir la abstención para el próximo día veintidós, como clamorosa demostración de la indiferencia que nos provoca tener que someternos a los designios malintencionados de los que ni siquiera demuestran luchar por una ideología.
Negar nuestro voto es aniquilar cualquier posibilidad de enriquecimiento para los partidos y una seria llamada de atención a los que militan en sus filas, para que consideren la enorme importancia real que tenemos en el panorama de la nación.
Debo insistir en que ya ni siquiera sirve la intención de romper el bipartidismo reinante entre nosotros, otorgando nuestra confianza a pequeños grupos que llenarían los Ayuntamientos y comunidades de gente de otras opciones que ni siquiera conocemos. Lo que verdaderamente merecen es que no exista la posibilidad de formar gobiernos en ninguna parte, cosa que obligaría necesariamente a un replanteamiento absoluto de la política en el País y ahuyentaría a todos aquellos que buscan en esta profesión un medio rápido de enriquecimiento.
No es más que una manera de devolver los “favores” que nos hacen. Si hacen oídos sordos a nuestras peticiones, hagamos nosotros también caso omiso a las suyas.
A pesar de las numerosísimas voces que se alzan contra la forma de hacer política de estos fantoches esclavizados por las órdenes del capitalismo, los planes premeditados para alcanzar el poder son puestos en práctica a diario sobre los escenarios montados a todo lujo, donde desarrollan sus manidos discursos basados en el descrédito de los demás, sin que una sola autocrítica salga de sus labios para reconocer los múltiples errores y delitos que arrastran sus propias historias personales y de partido.
Habría que recordar a quien lo haya olvidado, que la supervivencia de las formaciones políticas es directamente proporcional al número de representantes obtenidos, y que reciben por ellos una subvención más o menos cuantiosa que, con toda seguridad, sale de las arcas del Estado al que se atreven en demasiadas ocasiones a esquilmar, en perjuicio de los ciudadanos que lo forman.
Parece que es igual que el grito unánime de una mayoría se alce en las calles demostrando unas dosis de indignación hasta ahora desconocidas en la reciente historia de nuestra joven democracia. Ellos viven en un plano diferente al nuestro y su única meta en el mundo es no perder los privilegios que les permiten, por ejemplo, no haber entrado a formar parte del multitudinarios club de parados que se agolpa ante las oficinas del INEM y que sigue creciendo, a pesar de haber seguido a rajatabla los consejos llegados directamente de la madrastra de Cenicienta.
Sin poder admitir que el sistema asfixia a las clases trabajadoras encargadas de levantar el País, ni uno sólo ha sido capaz de hacer mención a las manifestaciones ocurridas, como queriendo negar la evidencia que los sitúa directamente en el punto de mira de los que creemos en la urgente necesidad de cambiar el terrible modo de vida que nos ofrecen.
Yo voy a volver a pedir la abstención para el próximo día veintidós, como clamorosa demostración de la indiferencia que nos provoca tener que someternos a los designios malintencionados de los que ni siquiera demuestran luchar por una ideología.
Negar nuestro voto es aniquilar cualquier posibilidad de enriquecimiento para los partidos y una seria llamada de atención a los que militan en sus filas, para que consideren la enorme importancia real que tenemos en el panorama de la nación.
Debo insistir en que ya ni siquiera sirve la intención de romper el bipartidismo reinante entre nosotros, otorgando nuestra confianza a pequeños grupos que llenarían los Ayuntamientos y comunidades de gente de otras opciones que ni siquiera conocemos. Lo que verdaderamente merecen es que no exista la posibilidad de formar gobiernos en ninguna parte, cosa que obligaría necesariamente a un replanteamiento absoluto de la política en el País y ahuyentaría a todos aquellos que buscan en esta profesión un medio rápido de enriquecimiento.
No es más que una manera de devolver los “favores” que nos hacen. Si hacen oídos sordos a nuestras peticiones, hagamos nosotros también caso omiso a las suyas.

Voto en blanco generalizado!!! Como sugería el maestro Saramago... Yo también me indigno con estos políticos, con este teatrillo de guiñoles que nos ofrecen entre partidos de fútbol y programas de cotilleos. Como la última hipocresía del señor Arenas, que califica el objetivo de su partido como la "búsqueda de la concordia electoral"... Como si no hubiéramos asistido durante años a esa constante y estridente crítica destructiva contra todo. Y lo peor es que "llegarán"...
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