Los que nunca hemos sentido la llamada de la ambición política, a pesar de la enorme importancia que su desarrollo diario tiene en nuestras vidas, acabamos por convertirnos en meros espectadores absortos de sus vaivenes, sin que nos quede claro la mayoría de las veces, que otros sean capaces de hacerlo casi todo por ocupar un cargo que les reporte cierta comodidad vitalicia.
La particular gesticulación que se produce justamente detrás de unas elecciones, representa toda una lección de psicología aplicada al lenguaje corporal y cierra muchas incógnitas a cerca de la personalidad de cada cual, cuando se observa desde fuera.
Mirábamos esta mañana la postura contrita de la ministra Chacón mientras comunicaba en rueda de prensa su decisión de no presentar su candidatura para las próximas elecciones generales, exhibiendo el pretexto de no dañar más la mala imagen de su partido entre los electores, ni ser causante de luchas internas que pudieran distorsionar el fin primero a tener en cuenta los próximos días y que no es otro, que elegir un sucesor para Rodríguez Zapatero.
No podremos saber a ciencia cierta qué había detrás de sus lágrimas, si el dolor por una renuncia impuesta por las circunstancias en que su formación queda ahora o el temor a dar al traste con una prometedora carrera que habrá de pararse en seco y aguardar una mejor ocasión para dar el salto hacia puestos de mayor importancia.
Por edad, resultaría más lógico terminar de quemar a Rubalcaba en esta misión imposible que desperdiciar el talento de Chacón sin ninguna esperanza de obtener buenos resultados en los grandes comicios, dada la impopularidad de que goza en este momento el partido que todavía nos gobierna.
Sentados en esta tribuna callejera que ocupamos por derecho propio los ciudadanos, no será éste el último gesto que habremos de contemplar de parte de los ahora vituperados por el triunfo de los otros, sobre todo si, como parece, la ausencia de ideología reinante en la actualidad en la mayoría de los políticos, empieza a chocar directamente con su afán de poder empujándolos a replantearse si les merece la pena seguir subidos al carro de quienes tan pocas posibilidades de ofrecerlo manejan, según las encuestas.
La experiencia que reporta la veteranía dice a las claras que ahora toca un oportuno florecimiento de los adeptos al PP y el comienzo de un desfile de rostros nuevos que jurarán por lo más sagrado su adhesión a las siglas de los vencedores y su eterna lealtad a los líderes que las representan.
Nada hace pensar que este país de pícaros haya aún abandonado la costumbre de asociar el beneficio propio con el amiguismo, ni que una nueva corriente de seriedad se haya instalado entre los políticos, a pesar de las buenas intenciones de los movimientos ciudadanos surgidos en las últimas fechas.
Afortunadamente, nos queda de momento intacta la libertad de expresión como arma de denuncia, si es que observamos anomalías desde nuestra tribuna de privilegio y la capacidad de ser minuciosos en la mirada que dediquemos al futuro y que nos hará, posiblemente, distinguir como siempre, a los unos y los otros.
La particular gesticulación que se produce justamente detrás de unas elecciones, representa toda una lección de psicología aplicada al lenguaje corporal y cierra muchas incógnitas a cerca de la personalidad de cada cual, cuando se observa desde fuera.
Mirábamos esta mañana la postura contrita de la ministra Chacón mientras comunicaba en rueda de prensa su decisión de no presentar su candidatura para las próximas elecciones generales, exhibiendo el pretexto de no dañar más la mala imagen de su partido entre los electores, ni ser causante de luchas internas que pudieran distorsionar el fin primero a tener en cuenta los próximos días y que no es otro, que elegir un sucesor para Rodríguez Zapatero.
No podremos saber a ciencia cierta qué había detrás de sus lágrimas, si el dolor por una renuncia impuesta por las circunstancias en que su formación queda ahora o el temor a dar al traste con una prometedora carrera que habrá de pararse en seco y aguardar una mejor ocasión para dar el salto hacia puestos de mayor importancia.
Por edad, resultaría más lógico terminar de quemar a Rubalcaba en esta misión imposible que desperdiciar el talento de Chacón sin ninguna esperanza de obtener buenos resultados en los grandes comicios, dada la impopularidad de que goza en este momento el partido que todavía nos gobierna.
Sentados en esta tribuna callejera que ocupamos por derecho propio los ciudadanos, no será éste el último gesto que habremos de contemplar de parte de los ahora vituperados por el triunfo de los otros, sobre todo si, como parece, la ausencia de ideología reinante en la actualidad en la mayoría de los políticos, empieza a chocar directamente con su afán de poder empujándolos a replantearse si les merece la pena seguir subidos al carro de quienes tan pocas posibilidades de ofrecerlo manejan, según las encuestas.
La experiencia que reporta la veteranía dice a las claras que ahora toca un oportuno florecimiento de los adeptos al PP y el comienzo de un desfile de rostros nuevos que jurarán por lo más sagrado su adhesión a las siglas de los vencedores y su eterna lealtad a los líderes que las representan.
Nada hace pensar que este país de pícaros haya aún abandonado la costumbre de asociar el beneficio propio con el amiguismo, ni que una nueva corriente de seriedad se haya instalado entre los políticos, a pesar de las buenas intenciones de los movimientos ciudadanos surgidos en las últimas fechas.
Afortunadamente, nos queda de momento intacta la libertad de expresión como arma de denuncia, si es que observamos anomalías desde nuestra tribuna de privilegio y la capacidad de ser minuciosos en la mirada que dediquemos al futuro y que nos hará, posiblemente, distinguir como siempre, a los unos y los otros.

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