Pecó de soberbia quien creyó que traicionar al pueblo no pasaría factura, quien puso por delante su amor al poder, desterrando su propia dignidad y la de los adeptos a su ideología, para conservar el puesto que una vez le otorgó la confianza de los españoles.
Hizo mal en dejarse aislar desoyendo la voz de los que despojó de sus derechos y en apartar la mirada de las clases humildes, de las que nació su partido, hace ya más de cien años.
El afán de permanecer en una Europa regentada por la avidez de un sistema insaciable y el falso orgullo de aparentar una riqueza de la que carecíamos, terminan hoy por hacerlo bajar, en caída libre, del pedestal de barro que habían construido bajo sus pies, demostrando la ira de los pobres contra la falsedad de no querer admitir los graves errores cometidos en la gestión de esta crisis provocada por la avaricia.
La derecha no ha desbancado del poder a la izquierda, a pesar de su presunción ante los medios. Es esta izquierda sumisa, aduladora de los poderes económicos, quien se ha echado a perder, sin ofrecer una salida airosa a todos aquellos que alguna vez creyeron en el cambio que ofrecían.
Ha faltado la sinceridad de marcharse antes de venderse a las decisiones impuestas por los banqueros, de colocarse al nivel de los engañados por el espejismo de la riqueza. Ha faltado la decisión inapelable de no condescender con los mandatos impuestos desde fuera para llevar al país por otro camino distinto, mucho más cercano al entendimiento de la gente y a sus necesidades diarias.
Han faltado agallas para dejar que se hundieran los bancos que arriesgaron a sabiendas su estabilidad ofreciendo créditos a quienes no podrían pagarlos jamás y ha sobrado condescendencia cuando, rebajando el sueldo de los trabajadores, se ha inyectado dinero de todos en las venas ávidas de liquidez del capitalismo opresor.
Se ha cambiado sin pestañear honestidad por sumisión borreguil, entrando en una vorágine imparable de exigencias impensables de aceptar para un socialismo auténtico y se ha dejado morir desangrada la memoria de la lucha obrera, recortando todos los logros conseguidos por nuestros antepasados con sangre sudor y lágrimas.
No es verdad que la crisis tenga la culpa de este amargo sabor de derrota. La crisis no tiene rostro. Sus gestores, sí.
No se entiende que no hayan previsto la hecatombe sabiendo de antemano que los más cercanos a su doctrina tienen por costumbre castigar los errores, sin compasión, en cuanto tienen la ocasión de ser oídos, ni se puede explicar este giro desastroso hacia las políticas conservadoras sólo para seguir unos meses en el poder.
Se equivoca también quien espera que el resultado de las elecciones cambiará su situación de un plumazo. El falso acercamiento de la derecha a los trabajadores no es más que un reclamo despiadado para conseguir los votos de un pueblo al que ahora explicarán que han encontrado tal mal los municipios, que no les queda otro remedio que apretar más las tuercas de los que pagan siempre la mala gestión de sus gobernantes.
Éstos que ahora llegan, proclamándose defensores de los ciudadanos, son los mismos que llevaron al país al desastre consiguiendo que la burbuja inmobiliaria creciera hasta reventar y los que consintieron que el euro nos subiera la vida, en un día, un sesenta y seis por ciento, en los productos de primera necesidad.
Pero es verdad que el pueblo es también desmemoriado, frágil y fácil de conducir por los encantadores que regalan sus oídos con promesas de aire que al final no serán nunca capaces de cumplir.
Bastará con sentarse a esperar para comprobar cómo las cosas vuelven a su sitio, cómo las derechas acaban posicionadas, como siempre, al lado del que más tiene y cómo su discurso prefabricado de socorro a los desheredados de la nación se desinfla a favor de aquellos que les son afines en la privilegiada situación económica que siempre ocuparon.
Sólo el millón de votos nulos y en blanco que se ha depositado en las urnas, habla realmente del hartazgo del pueblo y si, como se presume, son el fruto de las movilizaciones populares de la última semana, habrá que intentar que el movimiento continúe para conseguir agrandar esa brecha que se acaba de abrir entre las colosales columnas del bipartidismo.
Los dos grandes, el ganador y el perdedor habrán de coincidir en la conveniencia de no perder de vista a estos indignados, capaces de mover en pocos días a un número impensable de buena gente.
Queda un año para la gran prueba y para intentar mejorar el gravísimo contexto que hemos de soportar los que sólo intentamos vivir del fruto de nuestro trabajo.
Puede que a algunos les parezca poco tiempo, pero si en una semana se ha conseguido sacar a las calles a cientos de miles de personas, quién sabe lo que se puede conseguir de aquí a que volvamos a ser llamados a las urnas.
La perseverancia es un arma cargada de futuro y la dignidad, el único tesoro realmente importante de los que todo lo pueden a través de su voto. Saque cada cuál las conclusiones que más le convengan.
Hizo mal en dejarse aislar desoyendo la voz de los que despojó de sus derechos y en apartar la mirada de las clases humildes, de las que nació su partido, hace ya más de cien años.
El afán de permanecer en una Europa regentada por la avidez de un sistema insaciable y el falso orgullo de aparentar una riqueza de la que carecíamos, terminan hoy por hacerlo bajar, en caída libre, del pedestal de barro que habían construido bajo sus pies, demostrando la ira de los pobres contra la falsedad de no querer admitir los graves errores cometidos en la gestión de esta crisis provocada por la avaricia.
La derecha no ha desbancado del poder a la izquierda, a pesar de su presunción ante los medios. Es esta izquierda sumisa, aduladora de los poderes económicos, quien se ha echado a perder, sin ofrecer una salida airosa a todos aquellos que alguna vez creyeron en el cambio que ofrecían.
Ha faltado la sinceridad de marcharse antes de venderse a las decisiones impuestas por los banqueros, de colocarse al nivel de los engañados por el espejismo de la riqueza. Ha faltado la decisión inapelable de no condescender con los mandatos impuestos desde fuera para llevar al país por otro camino distinto, mucho más cercano al entendimiento de la gente y a sus necesidades diarias.
Han faltado agallas para dejar que se hundieran los bancos que arriesgaron a sabiendas su estabilidad ofreciendo créditos a quienes no podrían pagarlos jamás y ha sobrado condescendencia cuando, rebajando el sueldo de los trabajadores, se ha inyectado dinero de todos en las venas ávidas de liquidez del capitalismo opresor.
Se ha cambiado sin pestañear honestidad por sumisión borreguil, entrando en una vorágine imparable de exigencias impensables de aceptar para un socialismo auténtico y se ha dejado morir desangrada la memoria de la lucha obrera, recortando todos los logros conseguidos por nuestros antepasados con sangre sudor y lágrimas.
No es verdad que la crisis tenga la culpa de este amargo sabor de derrota. La crisis no tiene rostro. Sus gestores, sí.
No se entiende que no hayan previsto la hecatombe sabiendo de antemano que los más cercanos a su doctrina tienen por costumbre castigar los errores, sin compasión, en cuanto tienen la ocasión de ser oídos, ni se puede explicar este giro desastroso hacia las políticas conservadoras sólo para seguir unos meses en el poder.
Se equivoca también quien espera que el resultado de las elecciones cambiará su situación de un plumazo. El falso acercamiento de la derecha a los trabajadores no es más que un reclamo despiadado para conseguir los votos de un pueblo al que ahora explicarán que han encontrado tal mal los municipios, que no les queda otro remedio que apretar más las tuercas de los que pagan siempre la mala gestión de sus gobernantes.
Éstos que ahora llegan, proclamándose defensores de los ciudadanos, son los mismos que llevaron al país al desastre consiguiendo que la burbuja inmobiliaria creciera hasta reventar y los que consintieron que el euro nos subiera la vida, en un día, un sesenta y seis por ciento, en los productos de primera necesidad.
Pero es verdad que el pueblo es también desmemoriado, frágil y fácil de conducir por los encantadores que regalan sus oídos con promesas de aire que al final no serán nunca capaces de cumplir.
Bastará con sentarse a esperar para comprobar cómo las cosas vuelven a su sitio, cómo las derechas acaban posicionadas, como siempre, al lado del que más tiene y cómo su discurso prefabricado de socorro a los desheredados de la nación se desinfla a favor de aquellos que les son afines en la privilegiada situación económica que siempre ocuparon.
Sólo el millón de votos nulos y en blanco que se ha depositado en las urnas, habla realmente del hartazgo del pueblo y si, como se presume, son el fruto de las movilizaciones populares de la última semana, habrá que intentar que el movimiento continúe para conseguir agrandar esa brecha que se acaba de abrir entre las colosales columnas del bipartidismo.
Los dos grandes, el ganador y el perdedor habrán de coincidir en la conveniencia de no perder de vista a estos indignados, capaces de mover en pocos días a un número impensable de buena gente.
Queda un año para la gran prueba y para intentar mejorar el gravísimo contexto que hemos de soportar los que sólo intentamos vivir del fruto de nuestro trabajo.
Puede que a algunos les parezca poco tiempo, pero si en una semana se ha conseguido sacar a las calles a cientos de miles de personas, quién sabe lo que se puede conseguir de aquí a que volvamos a ser llamados a las urnas.
La perseverancia es un arma cargada de futuro y la dignidad, el único tesoro realmente importante de los que todo lo pueden a través de su voto. Saque cada cuál las conclusiones que más le convengan.

Maravilloso, como siempre. Un beso enorme para ti y para tu consorte.
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