El día de la huelga general, que tan bien habíamos preparado como respuesta a las últimas medidas decretadas por el gobierno, sufrí la inesperada visita de lo que médicamente llaman un microinfarto cerebral que confundió repentinamente mi lenguaje demostrándome con toda claridad la finísima línea que separa la salud de la enfermedad sin siquiera darnos tiempo para estar dispuestos a recibirla.
He decidido contarlo en clave de humor porque hay que retomar la vida con optimismo, sin permitir que nos desborden acontecimientos que, afortunadamente, han pasado como una ráfaga aportando, eso si, un recuerdo amargo, pero sin mayor consecuencia que la de dejarnos desconcertados y alerta y la de apartarnos de hábitos arraigados desde hace años en nosotros a los que vamos a tener que renunciar.
Creo que la historia había empezado a aparecer días atrás. Yo había notado que al caminar, escoraba sospechosamente a la derecha y había de hacer esfuerzos para enderezarme a mi lugar natural, la izquierda, sin encontrar ninguna explicación a tan extraña deriva.
Después sobrevino la imposibilidad de coordinar palabra y pensamiento y a pesar de conservar una plena conciencia, me oía diciendo cosas distintas de las que deseaba expresar, como si las palabras que salían de mis labios las estuviera pronunciando otra persona totalmente distinta e incluso el eco de mi voz sonara en un tono diferente al que suelo hablar.
Por ejemplo, si yo intentaba decir Partido Comunista, articulaba Partido Popular, o si pretendía manifestar mi desacuerdo con la reforma laboral, me había convertido en una defensora a ultranza de todo lo que había abominado justamente hasta un segundo antes.
Ante tamaña incongruencia, fui trasladada inmediatamente al hospital, donde pasé una jornada de huelga particular en manos de los muy suficientes servicios mínimos que parecieron centrarse sólo en mí durante interminables horas.
Nada hay peor que caer en manos de los galenos, asustado sin conocer el diagnóstico que te aguarda, sometido y vejado a todas las pruebas, artilugios e ingenios malignos a los que te quieran someter sus conocimientos y rodeado de la cara de preocupación de tus familiares que, naturalmente, temen por la gravedad de tu situación, esbozando una fingida sonrisa.
Para entonces, yo ya había recuperado plenamente toda mi capacidad de lenguaje y raciocinio y lo único que deseaba con ardor era volver a casa y tumbarme en mi sofá a descansar de la intrépida aventura que me había preparado el día de la huelga.
Afortunadamente, todas las pruebas fueron negativas, aunque aún me costó más de tres horas que me dieran el alta, no sin antes ser seriamente amonestada por el único factor de riesgo en que podría haberse sustentado el episodio, el tabaco, y que debo abandonar inmediatamente, por mi bien, si quiero que no se repita.
A las diez horas de constante sin vivir, por algo nos llaman pacientes, abandonamos las urgencias hospitalarias y empecé a retomar la vida con un poco más de preocupación y el propósito de dejar de fumar, con lo que a mí me gusta.
Me he tomado unos días de baja, mis nervios lo necesitaban. Quizá algunos habréis supuesto que había abandonado el blog como decepción por los resultados de la huelga, pues no, ya hablaremos de eso un día de estos, porque de momento, los de las batas blancas no me han quitado de escribir, ni yo se lo consentiría.
He decidido contarlo en clave de humor porque hay que retomar la vida con optimismo, sin permitir que nos desborden acontecimientos que, afortunadamente, han pasado como una ráfaga aportando, eso si, un recuerdo amargo, pero sin mayor consecuencia que la de dejarnos desconcertados y alerta y la de apartarnos de hábitos arraigados desde hace años en nosotros a los que vamos a tener que renunciar.
Creo que la historia había empezado a aparecer días atrás. Yo había notado que al caminar, escoraba sospechosamente a la derecha y había de hacer esfuerzos para enderezarme a mi lugar natural, la izquierda, sin encontrar ninguna explicación a tan extraña deriva.
Después sobrevino la imposibilidad de coordinar palabra y pensamiento y a pesar de conservar una plena conciencia, me oía diciendo cosas distintas de las que deseaba expresar, como si las palabras que salían de mis labios las estuviera pronunciando otra persona totalmente distinta e incluso el eco de mi voz sonara en un tono diferente al que suelo hablar.
Por ejemplo, si yo intentaba decir Partido Comunista, articulaba Partido Popular, o si pretendía manifestar mi desacuerdo con la reforma laboral, me había convertido en una defensora a ultranza de todo lo que había abominado justamente hasta un segundo antes.
Ante tamaña incongruencia, fui trasladada inmediatamente al hospital, donde pasé una jornada de huelga particular en manos de los muy suficientes servicios mínimos que parecieron centrarse sólo en mí durante interminables horas.
Nada hay peor que caer en manos de los galenos, asustado sin conocer el diagnóstico que te aguarda, sometido y vejado a todas las pruebas, artilugios e ingenios malignos a los que te quieran someter sus conocimientos y rodeado de la cara de preocupación de tus familiares que, naturalmente, temen por la gravedad de tu situación, esbozando una fingida sonrisa.
Para entonces, yo ya había recuperado plenamente toda mi capacidad de lenguaje y raciocinio y lo único que deseaba con ardor era volver a casa y tumbarme en mi sofá a descansar de la intrépida aventura que me había preparado el día de la huelga.
Afortunadamente, todas las pruebas fueron negativas, aunque aún me costó más de tres horas que me dieran el alta, no sin antes ser seriamente amonestada por el único factor de riesgo en que podría haberse sustentado el episodio, el tabaco, y que debo abandonar inmediatamente, por mi bien, si quiero que no se repita.
A las diez horas de constante sin vivir, por algo nos llaman pacientes, abandonamos las urgencias hospitalarias y empecé a retomar la vida con un poco más de preocupación y el propósito de dejar de fumar, con lo que a mí me gusta.
Me he tomado unos días de baja, mis nervios lo necesitaban. Quizá algunos habréis supuesto que había abandonado el blog como decepción por los resultados de la huelga, pues no, ya hablaremos de eso un día de estos, porque de momento, los de las batas blancas no me han quitado de escribir, ni yo se lo consentiría.

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