Mientras las calles chilenas permanecían abarrotadas de coches portando banderas ondeantes y no quedaba un solo hueco en los locales públicos para contemplar in situ la laboriosa tarea del rescate de los mineros sepultados en la mina San José, a este lado de la mar Oceana, nos alcanzó la noche persiguiendo con su característico sopor nuestros extenuados párpados, a pesar de la incertidumbre que dominaba en las ciudades por conocer el desenlace de la aventura más apasionante de cuantas han acontecido en lo que va de siglo.
Muchos de nosotros, optamos por recurrir a la fiel compañera que ,en tantas ocasiones de vital importancia, se convirtió en el único nexo de conexión que nos traía noticias fidedignas de lo que acontecía en el exterior y tomamos el camino de la cama con la intención de hacer vigilia en complicidad con nuestro aparato de radio.
Pronto la noche, se convirtió en una especie de complicado magacín en el que se mezclaban las noticias de la victoria de la Selección Española de Fútbol sobre Escocia, con conexiones periódicas con Atacama en las que se iban relatando detalladamente los acontecimientos allí sucedidos, en un compás de espera que superaba cualquier límite de emoción imaginado, intentando ocupar el lugar de las familias que aguardaban un desenlace que ya se suponía al alcance de la mano, pero que en la impaciencia propia del momento, se dilataba en llegar, teniendo el corresponsal español allí ubicado que volver a los programas habituales en la madrugada del país, sin que la dichosa cápsula terminara de hacer su aparición para regocijo de los allí presentes.
Naturalmente, una vez superada la barrera del duermevela que hace de plomo los ojos a una hora determinada de la noche, conseguimos permanecer despiertos hasta que, a altas horas de la madrugada, se produjo la primera salida.
Seguramente, muchas de las camas de esta pequeña nación, tan unida sentimentalmente a la chilena, se estremecieron revolviendo sus hasta entonces bien colocadas sábanas y el lógico silencio nocturno se quebró con el enorme grito de alborozo que celebró la descripción detallada del emocionado comentarista del rostro aún trastornado de la primera persona que surgía de las profundidades de la tierra.
Ha sido tal el seguimiento que la noticia ha tenido entre nosotros, que el maléfico sueño seguramente ha jugado a más de uno una mala pasada esta mañana, rindiéndolo al amanecer y colaborando en un cierto retraso en la llegada al puesto de trabajo. Pero es verdad, que el aspecto de la gente en las paradas del autobús era mucho menos serio de lo habitual y que el tema de conversación único, no era otro más que la satisfacción de haber empezado a asistir a un milagro.
Ya a la vuelta de nuestras ineludibles obligaciones, mil imágenes han ido dando la vuelta al mundo con los rescates producidos hasta el momento, hemos oído la voz clara y contundente del segundo minero recién salido de la oscuridad reclamando medidas de seguridad para su peligrosísima labor diaria, hemos llorado con sus familias y comprendido la torpeza de movimientos y el aturdimiento de estos recién resucitados que afloran nuevamente a la vida buscando una adaptación a todo tipo de luces: la natural, y la del alma.
A la hora en que me siento a escribir, aún permanecen sepultados una parte importante de personas que aguardan pacientemente la suerte que sus otros compañeros ya disfrutaron en su regreso de entre los muertos. A ellos, y a su generosidad en permitir que otros tomaran la delantera en alcanzar primero la superficie, el ánimo de todos los seres anónimos que nos sentimos en igualdad con su forma de vida, permanece en vigilia hasta conocer a través de las ondas que el último de sus nombres se inscribió con éxito en el libro de los rescatados y que en sus últimas horas de soledad, también habrá miles de manos que apretarán con fuerza los puños hasta saberlos del todo libres.

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