Aunar esfuerzos en conseguir la erradicación del paro, a la mayor brevedad, debería constituir la prioridad más absoluta para cualquier partido del arco parlamentario.
En su lugar, con o sin cambio en el gobierno, trate de lo que trate la sesión, sea quien sea el orador que ocupe la tribuna, aquella táctica que en mala hora aprendieron, rayana en el mutuo insulto, en lo soez, en la grosería y en las acusaciones lanzadas de parte a parte sin orden ni concierto, parece haber quedado establecida para siempre sin que se vislumbre en el horizonte nada que haga presagiar su necesaria desaparición inmediata.
Dan la impresión de no dar importancia a los problemas reales, como si ocultar sus propios errores a base de resaltar los ajenos, representara una meta a conseguir, siempre a bajo precio y sufriendo el menor deterioro en las escaramuzas que los enfrentan como a escolares en un patio de recreo.
Muestran continuamente estadísticas con porcentajes que suben o bajan según quien ejerza el poder en el momento en que son elaboradas, pero las estadísticas siempre ascendentes que elevan el desempleo a cotas insostenibles para el pueblo, nunca se enseñan, ni nadie explica con claridad los pasos a seguir para terminar con esta plaga de indecencia moral a que nos vemos sometidos.
Marean la perdiz con el caso Malaya, con el Gurtel o con cualquier otro episodio grave de corrupción acaecido en los últimos tiempos.- Es cierto que esta lacra que parece poseer el torrente sanguíneo de los políticos tiene también una relevancia de primera magnitud, es verdad que hay que terminar con las aspiraciones de riqueza ilegal de los cargos públicos, pero es mucho más fundamental evitar que los que ya pululan por las calles en busca de trabajo, no acaben cayendo de bruces en la extrema pobreza.
Las vías de solución suponen una especie de secreto sumarísimo, un silencio extremo rodea este problema sin que nadie acometa la tarea de empezar a caminar en alguna dirección concreta que nos saque del pozo de amargura al que nos ha llevado la crisis. Ni uno sólo de los partidos, evidencia en su programa la voluntad de una creación exacta de empleo que palie los efectos nefastos que la devastación laboral del los últimos tiempos ha dejado en herencia en nuestro territorio.
Hay una barrera insalvable de pura impotencia para empezar a construir un sistema distinto, que nos aleje de las garras aterradoras del capitalismo, para empezar a construir una sociedad, tal vez de origen más humilde, que sustente su supervivencia en un reparto equitativo de los bienes e iguale un poco las diferencias sociales establecidas por algo que ha fracasado estrepitosamente.
Quizá haría falta replantearse la política como medio de vida y renunciar a las ínfulas que producen los cargos para dedicar el tiempo, a fondo perdido, a socorrer a una sociedad herida de muerte por la inutilidad de sus gobernantes.
Es la hora de exigir una explicación para el futuro que nos espera, una explicación, por supuesto, lejana de la chabacanería hortera que se produce en el hemiciclo, en beneficio de la seriedad de tener la honradez suficiente para contarnos lo que de verdad ocurre y cómo piensan atajarlo.
Es el momento de abandonar el egocentrismo exagerado que demuestran en cada una de sus frases para ser reprendidos con una lección de humildad que no puedan olvidar en todo el resto de sus días. En las urnas, o en las calles.
En su lugar, con o sin cambio en el gobierno, trate de lo que trate la sesión, sea quien sea el orador que ocupe la tribuna, aquella táctica que en mala hora aprendieron, rayana en el mutuo insulto, en lo soez, en la grosería y en las acusaciones lanzadas de parte a parte sin orden ni concierto, parece haber quedado establecida para siempre sin que se vislumbre en el horizonte nada que haga presagiar su necesaria desaparición inmediata.
Dan la impresión de no dar importancia a los problemas reales, como si ocultar sus propios errores a base de resaltar los ajenos, representara una meta a conseguir, siempre a bajo precio y sufriendo el menor deterioro en las escaramuzas que los enfrentan como a escolares en un patio de recreo.
Muestran continuamente estadísticas con porcentajes que suben o bajan según quien ejerza el poder en el momento en que son elaboradas, pero las estadísticas siempre ascendentes que elevan el desempleo a cotas insostenibles para el pueblo, nunca se enseñan, ni nadie explica con claridad los pasos a seguir para terminar con esta plaga de indecencia moral a que nos vemos sometidos.
Marean la perdiz con el caso Malaya, con el Gurtel o con cualquier otro episodio grave de corrupción acaecido en los últimos tiempos.- Es cierto que esta lacra que parece poseer el torrente sanguíneo de los políticos tiene también una relevancia de primera magnitud, es verdad que hay que terminar con las aspiraciones de riqueza ilegal de los cargos públicos, pero es mucho más fundamental evitar que los que ya pululan por las calles en busca de trabajo, no acaben cayendo de bruces en la extrema pobreza.
Las vías de solución suponen una especie de secreto sumarísimo, un silencio extremo rodea este problema sin que nadie acometa la tarea de empezar a caminar en alguna dirección concreta que nos saque del pozo de amargura al que nos ha llevado la crisis. Ni uno sólo de los partidos, evidencia en su programa la voluntad de una creación exacta de empleo que palie los efectos nefastos que la devastación laboral del los últimos tiempos ha dejado en herencia en nuestro territorio.
Hay una barrera insalvable de pura impotencia para empezar a construir un sistema distinto, que nos aleje de las garras aterradoras del capitalismo, para empezar a construir una sociedad, tal vez de origen más humilde, que sustente su supervivencia en un reparto equitativo de los bienes e iguale un poco las diferencias sociales establecidas por algo que ha fracasado estrepitosamente.
Quizá haría falta replantearse la política como medio de vida y renunciar a las ínfulas que producen los cargos para dedicar el tiempo, a fondo perdido, a socorrer a una sociedad herida de muerte por la inutilidad de sus gobernantes.
Es la hora de exigir una explicación para el futuro que nos espera, una explicación, por supuesto, lejana de la chabacanería hortera que se produce en el hemiciclo, en beneficio de la seriedad de tener la honradez suficiente para contarnos lo que de verdad ocurre y cómo piensan atajarlo.
Es el momento de abandonar el egocentrismo exagerado que demuestran en cada una de sus frases para ser reprendidos con una lección de humildad que no puedan olvidar en todo el resto de sus días. En las urnas, o en las calles.

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