El apoyo del Partido Nacionalista Vasco en la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, ha dado una bocanada de aire fresco al gobierno del Presidente Zapatero que no ha sido capaz de contarnos exactamente cuál ha sido el costo de esta alianza y si sus propios representantes en Euskadi, se muestran satisfechos con las concesiones que han sido necesarias para llegar al acuerdo.
El resto del arco político, de variopintos colores, se ha apresurado a mostrar una unánime disconformidad con esta repentina amistad nacida de la mutua conveniencia y ,cada uno desde su posición, ha sacado a relucir toda una suerte de inconvenientes que, dada la habitual sordera del Presidente, poco o nada parecen haber impactado en la decisión adoptada por su gobierno.
Al españolito medio, a quien nadie le presenta una propuesta congruente que le asegure la creación de los muchísimos puestos de trabajo necesarios para terminar con sus penurias económicas, estas conversaciones de alto nivel le importan, con perdón, un carajo.
Tampoco se expone abiertamente en qué puñetas van ha emplearse los recién aprobados presupuestos, ni si realmente suponen un ápice de solución a los tiempos tan negros anunciados como venideros por los grandes economistas de todas las latitudes, así que la única esperanza de la clase trabajadora está puesta en que, de algún modo, la organización de estos fondos estatales le hagan más llevaderos los meses que le aguardan y que algún cerebro privilegiado, de los que se autodenominan asesores cercanos a la Moncloa, urda un plan para hincar el diente a los que manejan los grandes capitales y no a los que se han de levantar temprano para cumplir con la obligación diaria que tan pocos beneficios les reportan.
A todos nos da igual en el fondo, que Euskadi o Cataluña manejen más o menos competencias dentro de sus sagrados territorios nacionalistas, lo que de verdad creemos como una necesidad inexcusable es saber que los fondos serán manejados con absoluta limpieza e invertidos en reducir las vergonzosas colas que se forman ante las oficinas del INEM y que tánto recuerdan a la gran depresión de 1929.
Porque, para que el señor Zapatero lo sepa, en este País hay hambre. Y no sólo de pan, que también, sino sobre todo de una justicia social equitativa y de unos líderes políticos capaces de llevar la bandera de la mayoría silenciosa con el honor de no haber torcido su camino ideológico y sin ninguna duda de corrupción alrededor de sus prestigiosos nombres.
Y no es nada agradable contemplar como solución el crecimiento diario de comedores de caridad, similares a los del Auxilio social franquista de la posguerra, reuniendo a miles de personas desesperadas por alimentar a sus familias, ante la falta de efectividad de las medidas políticas adoptadas últimamente.
Así que a ver qué camino toman ahora estos improvisados socios tan felices con la aprobación de los mencionados presupuestos y cuántas historias personales son capaces de solventar desde sus doradas peanas de administradores de los caudales públicos.
Porque sería bastante indeseable que un nuevo y estrepitoso fracaso revoloteara alrededor de la alianza obligando a exprimir aún más los bolsillos semivacíos de la gente de bien, mientras los acumuladores oportunistas de riqueza siguen reclamando un aumento desmesurado de beneficios que sacien su insaciable codicia.

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