El mediático caso Malaya sigue su ,previsiblemente largo curso, convertido en un circo de periodistas de prensa rosa en la puerta de los juzgados, más preocupados por las cuitas amorosas del ex alcalde Julián Muñoz y las declaraciones de los adláteres que compartieron sus gloriosos días de inagotable estipendio que, por la intrincada trama corrupta que fueron capaces de montar esta pandilla de cuasi analfabetos, ha dejado esquilmadas las arcas municipales con sus exagerados gastos en las mayores horteradas jamás adquiridas.
Presumía a boca llena Jesús Gil de haber terminado con la delincuencia en Marbella, de haber aglutinado a la gente guapa alrededor de los más selectos ambientes potenciando una polis de extra lujo donde el dinero se movía en cantidades astronómicas, siempre en beneficio del municipio, arrinconando todos los malos efectos antiguos y modernizando las construcciones hasta hacerlas de una exclusividad envidiada en el mundo entero.
Pero mientras las puertas se cerraban para tironeros y raterillos de poca monta, se abrían de par en par para toda clase de mafias organizadas que lucraban con generosas donaciones las arcas personales del entonces alcalde que después disfrazaba de populismo barato las inversiones de sus negocios hasta llegar a convertirse en un auténtico magnate de las finanzas.
Bien aprendieron la lección cuantos le rodearon y la codicia se apoderó fácilmente de todas las camarillas municipales, de uno u otro signo, como si la tesorería del Ayuntamiento fuera una libreta de ahorro compartida donde cualquiera podía disponer de los fondos comunes.
Sumado a esto la historia de amor Pantojil, las minutas del presidente del Sevilla y el colorín de la esposa despechada paseado por todos los programas que quisieron darle cobertura, los novelescos ingredientes de la historia, han dado para mucho más que un mero caso de corrupción, que es de lo que en el fondo se trata.
No se comprende cómo, sin embargo, se puede dar más importancia a estos enredos que a la ruinosa situación en que ha quedado Marbella sin que por otra parte, haya sido posible recuperar el montante desaparecido y haya pasado el tiempo sin que hasta ahora se haya celebrado el juicio.
Y no debe haber piedad con los acusados que resulten culpables. No sería justo con la honradez de los empleados municipales que cumplen con estricta rigidez sus funciones, si es que queda alguno, y tentaría la suerte comprobar que la impunidad se impone para quienes llenaron sus bolsillos con el esfuerzo de todos.
No vendría mal una reforma en las leyes contra los delitos fiscales que obligara a soportar la prisión hasta la devolución íntegra del dinero sustraído y una inhabilitación vitalicia para el ejercicio de ningún otro cargo político en todo el territorio del país.
En cierto modo, tenía razón Gil. La delincuencia ya no estaba en la calle: estaba toda en el Ayuntamiento.
Seguiremos con atención el gran proceso, atentos a las cifras y a las tramas monstruosas urdidas por los cerebros que hayan sido, a su abuso dictatorial de poder contra los débiles, al despilfarro y las prebendas a favor de los poderosos y a las muchas cosas que seguramente vamos a descubrir en el largo año que durarán las actuaciones.
E igualmente procuraremos comprender cómo durante todos estos años de robos manifiestos a tan gran escala, los representantes de la Junta de Andalucía han podido padecer una ceguera tan absoluta, dejando pasar ante sus ojos acontecimientos de tal magnitud sin poner freno a la situación, interviniendo a rajatabla a favor de los contribuyentes permanentemente asaltados por estos bandoleros del siglo XXI.
Más que Malayo, esto parece siciliano.
Presumía a boca llena Jesús Gil de haber terminado con la delincuencia en Marbella, de haber aglutinado a la gente guapa alrededor de los más selectos ambientes potenciando una polis de extra lujo donde el dinero se movía en cantidades astronómicas, siempre en beneficio del municipio, arrinconando todos los malos efectos antiguos y modernizando las construcciones hasta hacerlas de una exclusividad envidiada en el mundo entero.
Pero mientras las puertas se cerraban para tironeros y raterillos de poca monta, se abrían de par en par para toda clase de mafias organizadas que lucraban con generosas donaciones las arcas personales del entonces alcalde que después disfrazaba de populismo barato las inversiones de sus negocios hasta llegar a convertirse en un auténtico magnate de las finanzas.
Bien aprendieron la lección cuantos le rodearon y la codicia se apoderó fácilmente de todas las camarillas municipales, de uno u otro signo, como si la tesorería del Ayuntamiento fuera una libreta de ahorro compartida donde cualquiera podía disponer de los fondos comunes.
Sumado a esto la historia de amor Pantojil, las minutas del presidente del Sevilla y el colorín de la esposa despechada paseado por todos los programas que quisieron darle cobertura, los novelescos ingredientes de la historia, han dado para mucho más que un mero caso de corrupción, que es de lo que en el fondo se trata.
No se comprende cómo, sin embargo, se puede dar más importancia a estos enredos que a la ruinosa situación en que ha quedado Marbella sin que por otra parte, haya sido posible recuperar el montante desaparecido y haya pasado el tiempo sin que hasta ahora se haya celebrado el juicio.
Y no debe haber piedad con los acusados que resulten culpables. No sería justo con la honradez de los empleados municipales que cumplen con estricta rigidez sus funciones, si es que queda alguno, y tentaría la suerte comprobar que la impunidad se impone para quienes llenaron sus bolsillos con el esfuerzo de todos.
No vendría mal una reforma en las leyes contra los delitos fiscales que obligara a soportar la prisión hasta la devolución íntegra del dinero sustraído y una inhabilitación vitalicia para el ejercicio de ningún otro cargo político en todo el territorio del país.
En cierto modo, tenía razón Gil. La delincuencia ya no estaba en la calle: estaba toda en el Ayuntamiento.
Seguiremos con atención el gran proceso, atentos a las cifras y a las tramas monstruosas urdidas por los cerebros que hayan sido, a su abuso dictatorial de poder contra los débiles, al despilfarro y las prebendas a favor de los poderosos y a las muchas cosas que seguramente vamos a descubrir en el largo año que durarán las actuaciones.
E igualmente procuraremos comprender cómo durante todos estos años de robos manifiestos a tan gran escala, los representantes de la Junta de Andalucía han podido padecer una ceguera tan absoluta, dejando pasar ante sus ojos acontecimientos de tal magnitud sin poner freno a la situación, interviniendo a rajatabla a favor de los contribuyentes permanentemente asaltados por estos bandoleros del siglo XXI.
Más que Malayo, esto parece siciliano.

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