martes, 12 de octubre de 2010

Descender al nivel de la tierra

Observar las imágenes de nuestros políticos pronunciando desde sus púlpitos los mismos discursos, mirar enfundados en las recepciones del Palacio Real en sus trajes de alta costura, convertidos en la moderna estirpe cortesana que rodea a la desfasada institución de la Monarquía, instantes antes de ser obsequiados con un ágape de los más exquisitos manjares cocinados con extraordinario mimo por excelsos profesionales en gastronomía, verlos organizar desfiles de sorprendentes alardes de tecnología puntera en armamento, actos de recibimiento a personalidades sin escatimar en gastos para que su estancia resulte escandalosamente opulenta y volver después los ojos a la cruda realidad de la calle, es morir.
La inestimable distancia que separa la verdad de lo que nos está ocurriendo, con la que deben percibir desde la altura en la que se encuentra ubicada esta innumerable caterva de personajillos de mayor o menor relevancia en la vida pública que nos envuelve con su manto de negrura y desolación, ha de ser medida ,sin duda, en millones de Kilómetros si no son capaces de percibir, ni tan siquiera, un atisbo de la necesidad vital en la que se ven obligadas a desenvolverse las masas populares, las mismas con las que se comprometieron al jurar una Constitución que les garantizaba el derecho al trabajo, a la vivienda y a subsistir con dignidad en el mismo mundo en el que ellos se mueven con tan evidente holgura cuando aparecen en las pasarelas de todos los medios de comunicación.
Sin rubor, exhiben su incuestionable riqueza frente a los que se ven obligados a sacar adelante a sus familias con cuatrocientos euros mensuales, subsidio que además se enorgullecen de haberles conseguido, como si esas migajas indecentes lanzadas a las calles pobladas por los pobres, nada tuvieran que ver con el esfuerzo del anterior trabajo realizado durante años para empresas que ya obtuvieron por él sobrado rendimiento y esta vergonzosa contribución mensual, se tratara de un regalo a fondo perdido que solucionara con holgura los débitos existentes en los hogares españoles proporcionando, incluso, la oportunidad de ahorrar a los que se ven obligados a mendigarlos por las mesas de la administración.
Sin remordimiento, sonríen conspirando los unos contra los otros en una lucha encarnizada por alcanzar o conservar el poder ignorando el rostro afilado de la pobreza que abomina del despilfarro utilizado en celebraciones de una inutilidad más que probada en la situación actual ,preguntándose permanentemente cómo ayudan este tipo de causas a solucionar su eterna inactividad laboral y ,sobre todo, dónde se encuentran los defensores de sus derechos, que tanto bombo y platillo dan a todas las negociaciones ininteligibles que llevan entre manos sin que en ningún momento se advierta una mejora en las circunstancias estremecedoras que rodean la cotidianidad de las familias.
A los que escribimos, no nos cabe otra opción que rompernos la garganta y gritar desgarradamente desde el medio en que lo hacemos, a ver si nuestra voz, que más de una vez ha sido un arma de poderosa persuasión para los que ,sistemáticamente, se niegan a admitir los horrores que ellos mismos producen, llega, alta y clara, a los paraísos encantados en los que habitan creando un huracán de ensordecedora crítica que, a fuerza de avergonzar sus actitudes, organice un remolino devastador que los arrastre a la mayor celeridad a nivel de la tierra, esa misma que pisan desolados los zapatos rotos de los herederos de esta crisis que, desde su empecinada posición de codicia, se empeñaron en edificar sobre los ladrillos de sus sacrosantos recintos irreductibles, para –una vez llenadas sus arcas sin fondo- abandonar en este panorama de desolación sin retorno.
Así, cuando en esas operaciones de marketing que tienen la desfachatez de llamar mítines, alguien se atreve a hablar de un reparto equitativo de la riqueza, juro que mi intención primera es la de clavar sus pies al suelo y obligarle a escuchar, sin límite de tiempo, las numerosas historias que le rodean, sin darle opción de ascender a los cielos de los que bajaron unos breves momentos y ,es más, no estaría mal obligarle a compartir durante unos días algunas de ellas ,en la esperanza, de que aún quedara en su interior un mínimo de conciencia para levantar de corazón la mano a favor de quien tanto lo necesita en lugar de hacer reverencias prehistóricas ante unas testas coronadas que hace tiempo que pasaron de moda.

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