A lo largo de su trayectoria mediática, el señor Díaz Ferrán nos ha dejado una serie de frases lapidarias que, probablemente, quedarán para siempre reflejadas e impresas en las hemerotecas, para regocijo de quienes las consulten en la posteridad, tanto por lo que en ellas se refleja, como por lo que omiten.
A pesar de haber sido durante demasiado tiempo la imagen representativa de los empresarios de este país, no podría decirse que este señor haya podido ser considerado, precisamente, un ejemplo a seguir por quienes se animan a empezar una trayectoria en el mundo empresarial, sobre todo, a la vista de los resultados obtenidos en sus propios negocios y a tenor de lo conseguido en la línea de negociación mantenida con los Sindicatos mientras que ha detentado el poder de las organizaciones financieras.
No se si ahora que se va, o le echan- no está claro el motivo de su retiro- y se encuentra ciertamente desocupado en vista del desastroso final que han sufrido gran parte de sus inversiones, se le ha desatado la lengua hasta el punto de ser capaz de expresar abiertamente lo que desde siempre pensaba, o el miedo a descender a una categoría social infinitamente peor, ha augurado un resquebrajamiento de sus sólidos cimientos capitalistas y lo ha dejado desnudo ante las cámaras, pero lo cierto es que su aportación para la solución inmediata de la crisis, no puede dejar indiferente a quienes la escuchan: trabajar muchas más horas y ganar mucho menos.
Debe ser algo así como lo que se han visto obligados a hacer durante varios meses los trabajadores de Viajes Marsans, que dirigía el antes citado individuo, y que ha consistido en acudir todos los días a sus puestos de trabajo, sin que les fueran abonados sus honorarios a final de mes y con el agravante último de encontrarse el cerrojo echado, sin que se hayan aún satisfecho las deudas salariales contraídas, en espera de que la justicia acabe obligando a los dueños de la entidad a cumplir con su parte del contrato y paguen lo que deben.
Nada hay pues que presagie que la fórmula propuesta por el señor Diaz Ferrán sea capaz de realizar el milagro de aupar a la Nación por encima de las pésimas expectativas que se auguran para los tiempos venideros, a no ser que lo pretendido consista en un cierre general de empresas para más tarde, mediante una nueva reforma laboral, volverlas a poner en marcha con trabajadores internos, encadenados a su puesto con grilletes y que reciban a cambio de su esfuerzo un plato diario de bazofia mientras son responsables, siempre a golpe de látigo, de llenar hasta arriba las arcas del señor Diaz Ferrán y sus congéneres, sin, por supuesto, abrir la boca en aras de ninguna protesta.
Lo malo es que este sistema ya se probó en los campos de algodón de los Estados Unidos de América. Se llamó esclavitud y costó una guerra civil que quedó reflejada en los libros de historia como un ejemplo para la erradicación de la tiranía del hombre sobre el hombre y hoy en día, sería considerado radicalmente ilegal por todas las organizaciones humanitarias universales.
También pasó ya el tiempo del hacinamiento obrero en las ciudades industriales, por un jornal de miseria, en condiciones infrahumanas, con jornadas interminables que acabaabn con la salud mientras se veían obligados a mendigar en las calles cuando, para su patronal, resultaban inútiles o viejos.
Claro que todo esto, al señor Diaz Ferrán debe importarle bien poco cuando sus antiguos trabajadores han sido despedidos sin la menor consideración por su parte y se ha deshecho de sus empresas sin tener siquiera el decoro moral de negociar una salida digna para las personas que se encontraban bajo su mando, ni liquidar tampoco sus deudas con la Seguridad Social o el Ministerio de Hacienda,
A este señor, por no perder la educación al aplicarle el sustantivo, lo único que verdaderamente le importa es NO PERDER, aunque se hunda el sistema financiero internacional y el mundo obrero se ahogue sumergido en el vómito que producen medidas y propuestas como las suyas y las de todos los que le acompañan y aplauden en declaraciones como estas.
Y a nosotros, señor Diaz Ferrán, lo único que nos importa es que se pierda usted, a ser posible a perpetuidad, y que su imagen, su nombre, su ideario y sus aclamadores, sucumban en el más terrible de los olvidos sin que tengamos la desgracia de volver a recordarlo jamás.

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