Cuando acucia la propia necesidad, hay acontecimientos que, a pesar de su relativa cercanía, quedan como desdibujados en una niebla que los aleja de lo inmediato, relegándolos a un aparente olvido sin que, realmente, hayan encontrado un camino de solución que cierre las heridas que en su momento se abrieron de repente.
Parece que han transcurrido mil años desde que tomamos las calles en contra de la intervención armada en Irak, echando toda la carne en el asador para demostrar nuestras intenciones pacifistas frente a la intención belicista de los protagonistas de la foto de las Azores y sus falaces argumentos de las armas de destrucción masiva que amenazaban la estabilidad de los Estados occidentales.
Y sin embargo, de no ser porque sobrevino la crisis, las noticias procedentes de los pueblos ilegalmente ocupados, habrían seguido dando titulares a la prensa, manteniendo la atención de los lectores, seguramente en otro orden de cosas muy diferentes a lo que en un principio se nos intentó hacer creer, pero sí en un grado de expectación por lo que diariamente sucede en aquellas fronteras.
De todos es sabido que los desastres de la guerra afectan trágicamente a los dos bandos, pero concretamente en ésta, cuyo inicio estuvo basado en mentiras posteriormente demostradas, el costo está siendo demasiado alto, si se tiene en cuenta lo fácil que habría sido evitarla.
Ese fantasma del olvido, que pulula sobre nuestras cabezas corriendo velos tupidos sobre los acontecimientos que nos resultan desagradables, ha alejado también del recuerdo diario la inmensa catástrofe sufrida por el pueblo de Haití, sin que las piedras esparcidas por su geografía a causa del monumental seísmo, hayan vuelto a su lugar primitivo mágicamente y la situación de los supervivientes que se han quedado en el país, haya sido resuelta con la escasísima ayuda que se les prestó durante los primeros días del siniestro.
Pero Irak e Haití siguen malviviendo sus historias particulares aunque los titulares de los periódicos no reflejen, ni siquiera, en una triste reseña, la angustia de los seres humanos que los pueblan, ni la urgente necesidad de socorro que tienen para alcanzar un cierto nivel de dignidad que los incorpore de nuevo a la vida.
Cerramos conscientemente los ojos a la miseria que padecen, a su desesperación inenarrable, a la tristeza de la soledad y el abandono en el que se encuentran y tratamos de suplir esa parte de la deuda moral que con éllos tenemos, por una serie de excusas basadas en el egoísmo personal de haber perdido parte de nuestro poder adquisitivo, en este periodo crítico que atraviesa nuestra situación de opulencia.
Seguramente, referirse a la crisis como un problema grave, en Haití o en Irak no haría otra cosa que provocar un atraque de risa. Comparativamente hablando, estas penas que consideramos insuperables, ni siquiera podrían ser tenidas en consideración cuando lo primordial cada día es la terrible lucha por la supervivencia. Acosados por la tortura, la violencia, la larga lista de incurables enfermedades, el hambre y la muerte, como imágenes con las que convivir durante todo momento, que Europa se convulsione por el aumento de la edad de jubilación, o que la banca se niegue a conceder créditos hipotecarios, carece de toda importancia.
Y no obstante, la nada en que estas personas se ven obligadas a desenvolverse, no es ya noticia, como si el tiempo se hubiera dilatado atravesando a la carrera un par de siglos y nos hubiera colocado en dos planos diferentes de un mismo mundo, pero sin la menor posibilidad ni deseo de llegar a coincidir jamás.
Yo quería hoy, de algún modo, sugerir que sintonizáramos los relojes trayendo a nuestras mentes la trágica verdad de estas historias y hurgar en las conciencias aclarando su persistencia en el entorno en que nos movemos para recordar, sin tapujos, que no hacemos absolutamente nada para dulcificarlas e impedirlas.Porque a la misma hora en que escribo, probablemente se producen muertes en esos escenarios del dolor abandonados a su suerte por los que, casi siempre, nos olvidamos de agradecer la nuestra.
Parece que han transcurrido mil años desde que tomamos las calles en contra de la intervención armada en Irak, echando toda la carne en el asador para demostrar nuestras intenciones pacifistas frente a la intención belicista de los protagonistas de la foto de las Azores y sus falaces argumentos de las armas de destrucción masiva que amenazaban la estabilidad de los Estados occidentales.
Y sin embargo, de no ser porque sobrevino la crisis, las noticias procedentes de los pueblos ilegalmente ocupados, habrían seguido dando titulares a la prensa, manteniendo la atención de los lectores, seguramente en otro orden de cosas muy diferentes a lo que en un principio se nos intentó hacer creer, pero sí en un grado de expectación por lo que diariamente sucede en aquellas fronteras.
De todos es sabido que los desastres de la guerra afectan trágicamente a los dos bandos, pero concretamente en ésta, cuyo inicio estuvo basado en mentiras posteriormente demostradas, el costo está siendo demasiado alto, si se tiene en cuenta lo fácil que habría sido evitarla.
Ese fantasma del olvido, que pulula sobre nuestras cabezas corriendo velos tupidos sobre los acontecimientos que nos resultan desagradables, ha alejado también del recuerdo diario la inmensa catástrofe sufrida por el pueblo de Haití, sin que las piedras esparcidas por su geografía a causa del monumental seísmo, hayan vuelto a su lugar primitivo mágicamente y la situación de los supervivientes que se han quedado en el país, haya sido resuelta con la escasísima ayuda que se les prestó durante los primeros días del siniestro.
Pero Irak e Haití siguen malviviendo sus historias particulares aunque los titulares de los periódicos no reflejen, ni siquiera, en una triste reseña, la angustia de los seres humanos que los pueblan, ni la urgente necesidad de socorro que tienen para alcanzar un cierto nivel de dignidad que los incorpore de nuevo a la vida.
Cerramos conscientemente los ojos a la miseria que padecen, a su desesperación inenarrable, a la tristeza de la soledad y el abandono en el que se encuentran y tratamos de suplir esa parte de la deuda moral que con éllos tenemos, por una serie de excusas basadas en el egoísmo personal de haber perdido parte de nuestro poder adquisitivo, en este periodo crítico que atraviesa nuestra situación de opulencia.
Seguramente, referirse a la crisis como un problema grave, en Haití o en Irak no haría otra cosa que provocar un atraque de risa. Comparativamente hablando, estas penas que consideramos insuperables, ni siquiera podrían ser tenidas en consideración cuando lo primordial cada día es la terrible lucha por la supervivencia. Acosados por la tortura, la violencia, la larga lista de incurables enfermedades, el hambre y la muerte, como imágenes con las que convivir durante todo momento, que Europa se convulsione por el aumento de la edad de jubilación, o que la banca se niegue a conceder créditos hipotecarios, carece de toda importancia.
Y no obstante, la nada en que estas personas se ven obligadas a desenvolverse, no es ya noticia, como si el tiempo se hubiera dilatado atravesando a la carrera un par de siglos y nos hubiera colocado en dos planos diferentes de un mismo mundo, pero sin la menor posibilidad ni deseo de llegar a coincidir jamás.
Yo quería hoy, de algún modo, sugerir que sintonizáramos los relojes trayendo a nuestras mentes la trágica verdad de estas historias y hurgar en las conciencias aclarando su persistencia en el entorno en que nos movemos para recordar, sin tapujos, que no hacemos absolutamente nada para dulcificarlas e impedirlas.Porque a la misma hora en que escribo, probablemente se producen muertes en esos escenarios del dolor abandonados a su suerte por los que, casi siempre, nos olvidamos de agradecer la nuestra.

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