Todavía en medio de la noche, la noticia de la muerte de Marcelino Camacho, estremece los cimientos del corazón y una necesidad urgente de escribir me hace saltar de la cama, sin poder evitar una sensación de haber perdido una parte importante de la historia de mi país, que queda huérfano de identidad ideológica, con la marcha de este pequeño gran hombre.
Muchas veces me he referido a él como modelo de honradez , ahondando en la humildad de no dar importancia al sacrificio propio, en defensa de los derechos de los trabajadores, con la simpleza de una filosofía fuertemente arraigada en el corazón y sin hacer alardes de otra opulencia que no fuera la de sus creencias.
Aún recuerdo aquella foto robada clandestinamente en el patio de una prisión, tras el proceso 1001, en la que se vislumbraba su figura menuda demostrando que se podía conservar la dignidad, incluso después de haber sido condenado a veinte años como líder de las Comisiones Obreras.
La lucha sindical era entonces auténticamente arriesgada, sin golosas subvenciones que animaran a nadie a ocupar cargos en sus filas y escrita con sangre derramada en las aceras de un país que necesitaba con urgencia un cambio en un sistema de gobierno de terror permanente.
No era fácil liderar en aquel tiempo ningún movimiento que se apartara de las premisas del régimen, y mucho menos, vivir una vida plácida cuando se asumía la responsabilidad de ser cabeza visible de una situación laboral en la que ni siquiera era permitida la libertad de pensamiento. No resultaba factible pasar desapercibido en el propio entorno laboral, pues la vigilancia policial continua impedía toda posibilidad de sosiego y aún más, hacer factible la organización de actos que pudieran movilizar a los obreros para la consecución de mejoras en sus condiciones, porque todo se castigaba con una dureza que ahora nos costaría trabajo creer.
Marcelino Camacho ha sido, sin duda, el más claro ejemplo de vida que ha tenido esta nación en los últimos tiempos. Incluso la grandeza con la que supo abandonar su cargo cuando llegó la hora de la retirada, lo confirma y es el espejo en el que necesariamente debieran mirarse toda esta camarilla de sindicalistas de cuarta fila, que bailan el agua al gobierno de turno sin preocuparse de la situación en que las clases trabajadoras han quedado, tras una grave crisis como la que ahora nos ocupa.
La última vez que le vi, fue en una manifestación del uno de Mayo en Sevilla. Su apariencia personal no se diferenciaba de la de veinte años atrás y encabezaba la marcha con la misma ilusión con que le recordaba cuando todavía era ilegal tomar las calles en una fecha tan señalada como esta. Me llamó la atención la sencillez de su atuendo, como si toda la importancia adquirida, ganada a pulso de sufrimiento durante el transcurso de muchos años, no hubiera afectado para nada la limpieza de su sonrisa. Hablaba con cualquiera que se le acercara y estrechaba las manos de la gente que pretendía demostrarle su respeto, de igual a igual, como un compañero más recién llegado de cualquier pueblo de provincias, extraordinariamente rico en simplicidad, sin artificio.
Quiero hoy quedarme con ese último recuerdo que aún me sobrecoge cuando me viene a la memoria. Y esperar que en esta época convulsa que nos ha tocado vivir, su recuerdo llegue a convertirse en un símbolo inolvidable para las generaciones venideras, para que entiendan que a veces nacen hombres buenos, capaces de ofrecer lo que tienen, para que los demás podamos vivir un poco mejor de lo que nos permiten los que manejan el capital que mueve el mundo.
En su memoria, unos versos de Miguel Hernández:
Para la libertad
Nazco, lucho y pervivo…
Muchas veces me he referido a él como modelo de honradez , ahondando en la humildad de no dar importancia al sacrificio propio, en defensa de los derechos de los trabajadores, con la simpleza de una filosofía fuertemente arraigada en el corazón y sin hacer alardes de otra opulencia que no fuera la de sus creencias.
Aún recuerdo aquella foto robada clandestinamente en el patio de una prisión, tras el proceso 1001, en la que se vislumbraba su figura menuda demostrando que se podía conservar la dignidad, incluso después de haber sido condenado a veinte años como líder de las Comisiones Obreras.
La lucha sindical era entonces auténticamente arriesgada, sin golosas subvenciones que animaran a nadie a ocupar cargos en sus filas y escrita con sangre derramada en las aceras de un país que necesitaba con urgencia un cambio en un sistema de gobierno de terror permanente.
No era fácil liderar en aquel tiempo ningún movimiento que se apartara de las premisas del régimen, y mucho menos, vivir una vida plácida cuando se asumía la responsabilidad de ser cabeza visible de una situación laboral en la que ni siquiera era permitida la libertad de pensamiento. No resultaba factible pasar desapercibido en el propio entorno laboral, pues la vigilancia policial continua impedía toda posibilidad de sosiego y aún más, hacer factible la organización de actos que pudieran movilizar a los obreros para la consecución de mejoras en sus condiciones, porque todo se castigaba con una dureza que ahora nos costaría trabajo creer.
Marcelino Camacho ha sido, sin duda, el más claro ejemplo de vida que ha tenido esta nación en los últimos tiempos. Incluso la grandeza con la que supo abandonar su cargo cuando llegó la hora de la retirada, lo confirma y es el espejo en el que necesariamente debieran mirarse toda esta camarilla de sindicalistas de cuarta fila, que bailan el agua al gobierno de turno sin preocuparse de la situación en que las clases trabajadoras han quedado, tras una grave crisis como la que ahora nos ocupa.
La última vez que le vi, fue en una manifestación del uno de Mayo en Sevilla. Su apariencia personal no se diferenciaba de la de veinte años atrás y encabezaba la marcha con la misma ilusión con que le recordaba cuando todavía era ilegal tomar las calles en una fecha tan señalada como esta. Me llamó la atención la sencillez de su atuendo, como si toda la importancia adquirida, ganada a pulso de sufrimiento durante el transcurso de muchos años, no hubiera afectado para nada la limpieza de su sonrisa. Hablaba con cualquiera que se le acercara y estrechaba las manos de la gente que pretendía demostrarle su respeto, de igual a igual, como un compañero más recién llegado de cualquier pueblo de provincias, extraordinariamente rico en simplicidad, sin artificio.
Quiero hoy quedarme con ese último recuerdo que aún me sobrecoge cuando me viene a la memoria. Y esperar que en esta época convulsa que nos ha tocado vivir, su recuerdo llegue a convertirse en un símbolo inolvidable para las generaciones venideras, para que entiendan que a veces nacen hombres buenos, capaces de ofrecer lo que tienen, para que los demás podamos vivir un poco mejor de lo que nos permiten los que manejan el capital que mueve el mundo.
En su memoria, unos versos de Miguel Hernández:
Para la libertad
Nazco, lucho y pervivo…

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