Después de poner toda mi atención en el discurso del Presidente Zapatero, ofreciendo una justificación para la remodelación de su gobierno, he de confesar que se me ha quedado grabada a fuego una frase que, no sé muy bien si ha sido pronunciada con plena consciencia, o si ha llegado hasta sus labios en una traición juguetona del subconsciente.
En un momento determinado de su intervención, el presidente declaraba pertenecer a un Partido Socialdemócrata y adornaba con otras lindezas, la buena voluntad de sus colaboradores y el bien hacer de los ya cesantes, siempre al servicio de la patria.
Ya era evidente para los ciudadanos sin otra categoría que la de pertenecer a la clase trabajadora, que su partido había abandonado, hacía tiempo, el camino del Socialismo proclamado durante más de un siglo en su propia denominación, y lo era, porque los derroteros que iban tomando las actitudes de sus dirigentes, se contraponían diametralmente con los principios con que Pablo Iglesias lo concibió, en ayuda de los intereses primordiales de las clases obreras, con un intento de mejorar, de forma permanente, sus condiciones de vida en un hipotético mundo dónde el reparto de los medios de producción y la riqueza, se hiciera de forma igualitaria entre quienes los generaban.
En vista de los últimos acontecimientos, es verdad que ya quedaba claro que este partido había abandonado su ideología para convertirse en otra cosa, pero esta declaración de principios sin tapujos, desmantela de forma radical cualquier resquicio de esperanza que pudiera quedar en aquellos que se sumaron a sus filas por amor a su ideología primitiva y que, ahora, contemplaban atónitos los coqueteos descarados que se iban produciendo con el capital y centraban sus esperanzas en una vuelta a la cordura de un punto de partida del que nunca debieron apartarse los auténticos creyentes de esta preciosa filosofía.
El lavado de cara que trae esta remodelación de Gobierno, que trata a la desesperada de reconstruir los restos del evidente naufragio del programa llevado a cabo alrededor de la crisis, la incorporación de pesos pesados a los ministerios, incluido el inteligentísimo y mordaz Rubalcaba –al que siempre admiré- intentando que la experiencia saque ases de la manga de cara a las próximos periodos electorales, no es otra cosa más que lo que es: la trágica mejoría que siempre se produce poco tiempo antes del fallecimiento.
Pero ya habrá momento de hablar tras el resultado de los comicios y de la más que probable hecatombe que traerá consigo, a pesar de los apósitos aplicados con inusitada urgencia y de la confesión ideológica del presidente, tal vez desesperado por atraer los votos de centro que tánto pululan de un lado a otro, sin acabar de decidir una posición definitiva en la elección de sus candidatos.
Lo peor es que con esta afirmación, está perdiendo definitivamente los apoyos de las izquierdas, incluso de los que durante toda la etapa democrática han acudido a las urnas renunciando a una tendencia más radical, para impedir el paso a la derecha con los llamados votos útiles.
Otra nota a reseñar, sería la mueca de cansancio de Maria Teresa Fernández de la Vega ,mientras recorría los pasillos del Congreso-rodeada de periodistas- en la que sería su última salida como miembro del gobierno.
La suya era la imagen del envejecimiento espiritual, de la decepción reflejada en una media sonrisa matizada de una honda tristeza. Una especie de réquiem, por lo que pudo haber sido…y quedó sepultado ,sin retorno, en una pérdida total de una identidad en la que todos habíamos puesto una gran parte de nuestras ilusiones.
En un momento determinado de su intervención, el presidente declaraba pertenecer a un Partido Socialdemócrata y adornaba con otras lindezas, la buena voluntad de sus colaboradores y el bien hacer de los ya cesantes, siempre al servicio de la patria.
Ya era evidente para los ciudadanos sin otra categoría que la de pertenecer a la clase trabajadora, que su partido había abandonado, hacía tiempo, el camino del Socialismo proclamado durante más de un siglo en su propia denominación, y lo era, porque los derroteros que iban tomando las actitudes de sus dirigentes, se contraponían diametralmente con los principios con que Pablo Iglesias lo concibió, en ayuda de los intereses primordiales de las clases obreras, con un intento de mejorar, de forma permanente, sus condiciones de vida en un hipotético mundo dónde el reparto de los medios de producción y la riqueza, se hiciera de forma igualitaria entre quienes los generaban.
En vista de los últimos acontecimientos, es verdad que ya quedaba claro que este partido había abandonado su ideología para convertirse en otra cosa, pero esta declaración de principios sin tapujos, desmantela de forma radical cualquier resquicio de esperanza que pudiera quedar en aquellos que se sumaron a sus filas por amor a su ideología primitiva y que, ahora, contemplaban atónitos los coqueteos descarados que se iban produciendo con el capital y centraban sus esperanzas en una vuelta a la cordura de un punto de partida del que nunca debieron apartarse los auténticos creyentes de esta preciosa filosofía.
El lavado de cara que trae esta remodelación de Gobierno, que trata a la desesperada de reconstruir los restos del evidente naufragio del programa llevado a cabo alrededor de la crisis, la incorporación de pesos pesados a los ministerios, incluido el inteligentísimo y mordaz Rubalcaba –al que siempre admiré- intentando que la experiencia saque ases de la manga de cara a las próximos periodos electorales, no es otra cosa más que lo que es: la trágica mejoría que siempre se produce poco tiempo antes del fallecimiento.
Pero ya habrá momento de hablar tras el resultado de los comicios y de la más que probable hecatombe que traerá consigo, a pesar de los apósitos aplicados con inusitada urgencia y de la confesión ideológica del presidente, tal vez desesperado por atraer los votos de centro que tánto pululan de un lado a otro, sin acabar de decidir una posición definitiva en la elección de sus candidatos.
Lo peor es que con esta afirmación, está perdiendo definitivamente los apoyos de las izquierdas, incluso de los que durante toda la etapa democrática han acudido a las urnas renunciando a una tendencia más radical, para impedir el paso a la derecha con los llamados votos útiles.
Otra nota a reseñar, sería la mueca de cansancio de Maria Teresa Fernández de la Vega ,mientras recorría los pasillos del Congreso-rodeada de periodistas- en la que sería su última salida como miembro del gobierno.
La suya era la imagen del envejecimiento espiritual, de la decepción reflejada en una media sonrisa matizada de una honda tristeza. Una especie de réquiem, por lo que pudo haber sido…y quedó sepultado ,sin retorno, en una pérdida total de una identidad en la que todos habíamos puesto una gran parte de nuestras ilusiones.

Hola Paca.
ResponderEliminarHace tiempo que no aparezco por aquí, perdí el enlace, pero Clara me lo ha dado. Te invito a que eches un vistazo a la página web de 20minutos.es y te animes a dar tu opinión, que creo que coincide no sólo con la mía sino la con de la mayoría de los españoles. Menudo desastre de gobierno tenemos, y este lavado de cara, no es más que una estrategia ante la ciudadanía, pues nada va a mejorar, al menos no por esto. Aún así yo soy optimista y pienso que a la crísis no le puede quedar mucho, no más de un año, no puedo creer que el año que viene en estas fechas estemos aún peor. No!!!
Te invito también a que pasees por mi blog nuevo, siempre que te apetezca.
Un abrazo!
www.confesionesdemitroglodita.blogspot.com/
Vanessa