lunes, 4 de octubre de 2010

Golpe de timón

Mientras la guerra de cifras del seguimiento de la huelga general aún genera un vago run run por cada una de las partes, mientras las posturas siguen asentadas cada cual en su posición, como si nada hubiera pasado, mientras las cifras del desempleo aumentan nuevamente este mes, el presidente Zapatero recibe un tirón de orejas por parte de los suyos y Tomás Gómez gana las primarias en Madrid alborotando las portadas de la prensa con su condescendencia hacia Trinidad Jiménez; al otro lado de la mar Oceana, en un pequeño país llamado Ecuador, todo revienta de repente y la sombra alargada del golpismo se cierne sobre sus gentes atentando, como en otros muchos lugares, contra la libertad del pueblo soberano para elegir a sus representantes.
Ecuador nos toca especialmente de cerca porque durante los últimos años una gran parte de su población se ha hecho un hueco entre la nuestra formando una de las comunidades más numerosas de las que decidieron emigrar a España, haciéndose partícipe de nuestras costumbres y nuestras vidas.
Esta terrible tradición golpista, que nos sobresalta repentinamente en cualquier nación iberoamericana, como si se tratara de una macabra costumbre empeñada en repetirse periódicamente impidiendo un desarrollo sereno de los valores de la tierra, interesadamente alimentada por los intereses capitalistas de los ambiciosos magnates deseosos de todos los bienes, parece haber podido ser sofocada esta vez y por ahora, da un respiro a los ecuatorianos mostrando al mundo con crudeza las entrañas al descubierto de una puesta en escena que pudo terminar con un baño de sangre y represión similares a los ocurridos años atrás en Chile y Argentina.
La voz entrecortada y poderosa del Presidente Correa no ha podido ser más contundente, tánto, que no parece haber quedado la menor duda de quien ha orquestado la pantomima de la protesta policial hasta el punto que los Estados Unidos se han visto obligados a dar explicaciones a cerca del caso, por supuesto manifestando su total inocencia en el asunto en una sospechosa postura de agilidad política en cuanto se supo el fracaso del golpe.
Es muy difícil convencer al país más poderoso del mundo de que los demás no necesitamos de su protectorado permanente ni de que administren nuestras riquezas de manera paternalista para desarrollar nuestra propia identidad territorial ni nuestra producción de riquezas internas. Durante demasiado tiempo, los consejeros americanos no han cesado de actuar como el hermano listo de la familia, ninguneando las iniciativas personales de los Estados, pisoteando los derechos institucionales y constitucionales de los pueblos, intoxicando con malas artes a los ciudadanos los unos contra los otros y cambiando la dirección de la ideología de los gobernantes con viento siempre a merced de sus intereses, sin respeto a la vida ni a la libertad de los individuos, ni a lo que la corriente mayoritaria decidió en las urnas.
Así, es natural que Hispanoamérica se rebele y gire políticamente hacia la parte contraria de todo lo que representa Estados Unidos y su forma de gobierno. Cansados de sufrir la esquilmación de sus riquezas naturales, la manipulación de sus parlamentos, la exclusión de su territorio si es que deciden emigrar a su grandioso país, la confrontación no es más que pura lógica.
Por supuesto, estamos con el pueblo ecuatoriano en la resolución de este misterio a voces y celebramos el fracaso de la intentona en detrimento de cualquier manipulación prevista para derrocar al presidente.
Hablamos con conocimiento de causa. Tenemos una experiencia de cuarenta años en las consecuencias que trae una dictadura y la experiencia no es nada aconsejable.



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