Ver a los estudiantes franceses tomando las calles, coreando gritos libertarios contra las drásticas medidas tomadas sobre la crisis económica, irremediablemente, me traslada a mis años de juventud, cuando todavía conservábamos esa clase de espíritu soñador que ponía las riendas del mundo en nuestras manos.
Nosotros, como éllos ahora, éramos capaces de todo en pos de unas ideas, revelando con nuestra actitud que la posibilidad de cambiar era factible y que, ni siquiera una represión antinaturalmente violenta, desviaría nuestro camino a favor de una justicia social inexistente y que, afortunadamente, acabó siendo un poco más igualitaria en el momento en que terminó la dictadura.
Esta es la forma de empezar a demostrar la disconformidad, esta especie de revolución popular iniciada por las Universidades y seguida inmediatamente por sectores básicos de las clases trabajadoras, apretando las tuercas al capitalismo allí donde más duele: en sus grandes emporios multinacionales, como las distribuidoras del petróleo y empresas similares,
boicoteando su normal funcionamiento hasta que las reivindicaciones sean aceptadas, ya que son de estricta justicia.
No debe quedar el ejemplo francés reducido a su territorio; debe extenderse como la pólvora despertando esas conciencias dormidas de las que tantas veces hemos hablado, devolviéndonos la dignidad perdida en estos años de conformismo pesimista que nos han estado impidiendo, por medio del miedo, lanzarnos sin red a la defensa de nuestra identidad y agruparnos organizadamente contra las pretensiones innegociables de este neo capitalismo feroz que nos engulle con sus exigencias de corte esclavista.
Seguir esperando que bajen del cielo soluciones a los gravísimos problemas que envuelven nuestra cotidianidad, carece del sentido práctico necesario para poder ser merecedores de una vida digna y no tener el valor suficiente para afrontar de cara la verdad de nuestra miseria actual, raya claramente en una traición sin precedentes a los sectores de la sociedad de los que procedemos.
Ahora es necesario olvidar a los políticos. Ya hace bastante que su dependencia de los poderes económicos los sacó de una escena en la que podían convivir con los ciudadanos, atendiendo su mensaje para buscar un camino de viabilidad por el que transitar hacia la concordia. Nos defraudaron desde el momento en el que dejamos de ser importantes para su carrera ciega hacia el poder, practicando una obediencia categórica a cualquier ley que procediera de los dueños de las fortunas, con los que previamente se habían endeudado hasta las cejas, en un incalificable sistema gubernativo que nos ha llevado a un pozo sin fondo en el que no podemos respirar.
Las movilizaciones francesas, valientes y esforzadas, capitaneadas por unos Sindicatos que tienen muy claras sus auténticas funciones, seguramente verán sus frutos en un periodo de tiempo relativamente corto.
Es probable que entonces, todos los que aún permanecen indecisos, inmóviles en las colas de las oficinas de desempleo, deprimidos en el sillón de los salones oscuros de sus casas, en espera de que cualquier lunático dé con la clave para sacarnos de su crónica desesperación, hagan un primer esfuerzo por arrancar de la garganta un grito desgarrado y salten a las avenidas reconociendo que las ayudas llegan, primero, desde dentro de nosotros mismos y que, sin nosotros, tampoco los ricos poseen el poder divino de generar de la nada cuantiosos beneficios.
Nosotros, como éllos ahora, éramos capaces de todo en pos de unas ideas, revelando con nuestra actitud que la posibilidad de cambiar era factible y que, ni siquiera una represión antinaturalmente violenta, desviaría nuestro camino a favor de una justicia social inexistente y que, afortunadamente, acabó siendo un poco más igualitaria en el momento en que terminó la dictadura.
Esta es la forma de empezar a demostrar la disconformidad, esta especie de revolución popular iniciada por las Universidades y seguida inmediatamente por sectores básicos de las clases trabajadoras, apretando las tuercas al capitalismo allí donde más duele: en sus grandes emporios multinacionales, como las distribuidoras del petróleo y empresas similares,
boicoteando su normal funcionamiento hasta que las reivindicaciones sean aceptadas, ya que son de estricta justicia.
No debe quedar el ejemplo francés reducido a su territorio; debe extenderse como la pólvora despertando esas conciencias dormidas de las que tantas veces hemos hablado, devolviéndonos la dignidad perdida en estos años de conformismo pesimista que nos han estado impidiendo, por medio del miedo, lanzarnos sin red a la defensa de nuestra identidad y agruparnos organizadamente contra las pretensiones innegociables de este neo capitalismo feroz que nos engulle con sus exigencias de corte esclavista.
Seguir esperando que bajen del cielo soluciones a los gravísimos problemas que envuelven nuestra cotidianidad, carece del sentido práctico necesario para poder ser merecedores de una vida digna y no tener el valor suficiente para afrontar de cara la verdad de nuestra miseria actual, raya claramente en una traición sin precedentes a los sectores de la sociedad de los que procedemos.
Ahora es necesario olvidar a los políticos. Ya hace bastante que su dependencia de los poderes económicos los sacó de una escena en la que podían convivir con los ciudadanos, atendiendo su mensaje para buscar un camino de viabilidad por el que transitar hacia la concordia. Nos defraudaron desde el momento en el que dejamos de ser importantes para su carrera ciega hacia el poder, practicando una obediencia categórica a cualquier ley que procediera de los dueños de las fortunas, con los que previamente se habían endeudado hasta las cejas, en un incalificable sistema gubernativo que nos ha llevado a un pozo sin fondo en el que no podemos respirar.
Las movilizaciones francesas, valientes y esforzadas, capitaneadas por unos Sindicatos que tienen muy claras sus auténticas funciones, seguramente verán sus frutos en un periodo de tiempo relativamente corto.
Es probable que entonces, todos los que aún permanecen indecisos, inmóviles en las colas de las oficinas de desempleo, deprimidos en el sillón de los salones oscuros de sus casas, en espera de que cualquier lunático dé con la clave para sacarnos de su crónica desesperación, hagan un primer esfuerzo por arrancar de la garganta un grito desgarrado y salten a las avenidas reconociendo que las ayudas llegan, primero, desde dentro de nosotros mismos y que, sin nosotros, tampoco los ricos poseen el poder divino de generar de la nada cuantiosos beneficios.

No hay comentarios:
Publicar un comentario