jueves, 14 de octubre de 2010

De las bodas y esos eventos

Nada hay peor,que encontrarse de pronto arrastrado inesperadamente por una corriente vertiginosa de organizaciones bullangueras de las que no puedes escapar, porque la protagonista es tu hija.
Tu, que habías pensado haber transmitido con toda claridad la superación de este tipo de eventos, y gozabas de cierta placidez en un retiro de agradable desvergüenza, ganado por la veteranía de los años, eres de pronto asaltado a quemarropa por la desbordante ilusión por unirse en matrimonio que te manifiesta la sangre de tu sangre, e inmediatamente pasas a convertirte en una especie de servidora a jornada completa a quien remolcan por todos los comercios de la ciudad, teniendo que improvisar toda suerte de opiniones sobre variopintos temas de los que no eres en absoluto experta.
Empiezas entonces a oír hablar de una serie de personajes que la vida moderna ha convertido en técnicos especializados en estas situaciones y que pasan a ser imprescindibles para el buen funcionamiento de la historia, a pesar de que cada uno de sus honorarios parece corresponder a los encargados de organizar un matrimonio real, sin que les acompañe el menor miramiento a la hora de exponer sus exigencias ni sean capaces de considerar una tregua en el transcurso de las negociaciones.
Evidentemente, les sigues el juego por no decepcionar a tu vástago y en cierta medida, por no reconocer que a lo peor adoleces de una catetez de la que no te habías percatado, dada tu ignorancia supina en la materia, pero a medida que pasa el tiempo, va creciendo dentro de ti una especie de monstruo maléfico que ahorcaría con sus propias manos a toda la cohorte de fotógrafos, músicos, estilistas, gastrónomos, zapateros e incluso a la lista completa de invitados que has de ayudar a elaborar poniendo en compromiso a tus amigos con la dichosa boda de la niña.
Pierdes toda tu intimidad, pues el teléfono suena continuamente avanzándote todas las novedades que se van produciendo a lo largo del día, tratas de sonreír, a pesar del cansancio, refiriendo una y otra vez las mismas cosas a quien tiene a bien preguntarte sobre el tema y llega un momento en el que te das cuenta de que ya no existe ningún otro tema de conversación en tu vida que no tenga que ver con la pomposidad del evento.
Tu ,que sueles optar por la comodidad de unos sencillos vaqueros a la hora de vestir, te ves de pronto subida a unos tacones de doce centímetros, enfundada en un maravilloso vestido largo que realza las pocas curvas que todavía te quedan, sometida a tratamientos de belleza que rejuvenezcan en lo posible tu piel con la terrible y grasienta sensación que producen cuando te los aplican, dejándote crecer el pelo para poder prender un floripondio a juego que te adorne la cabeza y convertida en una imagen que no reconocería ni tu padre si se encontrara contigo por la calle a una distancia de veinte centímetros.
Y además, no tienes más remedio que ser feliz obligatoriamente, aunque te parezca que este no es tu lugar y se te tambaleen ligeramente los principios que tan sólidamente construiste durante toda tu trayectoria vital, sin pensar que algún día habrías de ceder por amor hasta el punto de no sucumbir en la locura en la que te colocan los que adoras.
De este modo, cuando llega la noche y por fin caes en la serenidad de tu cama, no sin cierta zozobra por si hay alguna idea surgida en la madrugada, la única apetencia que alberga tu cansado cuerpo es la de cerrar los ojos y desear que todo haya pasado y despertar volviendo a reconocerte en el espejo, como si todo hubiera sido un mal sueño.

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