martes, 12 de octubre de 2010

La luz que asciende del abismo




No suele ocurrir con frecuencia pero, a veces, la parte sentimental que todos los hombres llevamos adherida, en mayor o menor medida, a la piel se solivianta provocando en nuestro interior un terremoto de emociones que nos ayuda a recordar que aún somos capaces de estremecernos como cuando éramos niños.
Entonces, cuando tan raramente nos visita lo bueno y las piezas de un difícil rompecabezas encajan a la perfección tras largo tiempo de elucubraciones y múltiples tentativas fallidas, cerramos los ojos por un momento sintiéndonos envueltos por una ensoñación que nos transporta, como levitando a una especie de felicidad silenciosa que ni siquiera queremos compartir, tal vez porque no encontramos las palabras precisas para hacerlo.´
Hemos de agradecer a la época que nos ha tocado vivir la buena o mala suerte de poder estar presente en cualquier lugar del mundo en el que se produce una noticia. Este don, que en otras ocasiones nos ha ofrecido la crudeza de escenas estremecedoras que nos han levantado del asiento en un intento fallido por intervenir para evitarlas, nos regalaba ayer la primicia de una tuneladora alcanzando los setecientos metros de profundidad que separaban la superficie de la tierra de treinta y tres mineros sepultados desde hace más de dos meses en el desierto de Atacama de Chile, con la esperanza de que en solo dos días podrán volver a reencontrarse con la luz y sus seres queridos, para empezar a olvidar la oscuridad y el silencio con que las entrañas de la tierra los ha estado arropando desde que se produjo el derrumbamiento de la galería en la que trabajaban.
Ha sido mucha la solidaridad ofrecida para este faraónico rescate que ha conseguido mantener nuestros corazones en un puño, mirando desde la lejanía cómo se iban dando pequeños pasos en la consecución de cosas cada vez más importantes para los protagonistas de la historia: llegar a ellos, poder introducir agua y alimentos, hacerles llegar medios para poder visualizar a sus angustiados familiares tranquilizando sus conciencias al contemplar que su aspecto era medianamente aceptable, ir avanzándoles las novedades que se hilaban a diario sin escatimar en medios venidos de todas partes, asegurarles que su historia se estaba mostrando al universo y que el universo no les abandonaba a su suerte.
Y ahora que el final está cerca, que ardemos en deseos de ver aparecer el primer rostro por el estrecho orificio abierto con única finalidad y los familiares preparan iconos festivos, altares repletos de velas en agradecimiento a la ayuda divina y parece confirmarse que algunos milagros existen, resulta gratificante ser narrador de un hecho tan insólito y poder afirmar que se consiguió gracias a los valores solidarios de personas anónimas que comprometieron la totalidad de su tiempo y su vida en ayudar a sus semejantes sin pedir nada a cambio.
Será una ardua labor poder adaptar a esta pobre gente a sus costumbres semi olvidadas, que sus ojos se acoplen al reflejo del sol tras la eternidad de la noche padecida, que les rocen las manos de sus hijos, que les hablen las voces de sus amigos, que penetre por su nariz algo más que el hedor que debía dominar el recinto en el que se hacinaban sin otra ventilación que la que insuflaba el tubo horadado desde la superficie.
Será lenta la recuperación psicológica de una cordura seguramente herida de gravedad por la terrible incertidumbre de carecer de seguridad en el mañana, apuñalada a traición por el martilleo de la impotencia, probablemente cercana a la plegaria como única tabla de salvación en momentos de una desesperación sin siquiera el consuelo de unos brazos queridos, pero ya ni siquiera importará la lentitud con la que sobrevenga la salud, porque ya habrá sobrevenido la sonrisa.

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