domingo, 24 de octubre de 2010

La siempre infructuosa búsqueda de un hombre en casa

Es de suponer que, tras habitar un espacio durante una serie de años, uno termina por habituarse a conocer los rincones que lo forman y la rutina lo lleva, casi a ciegas, a localizar los objetos de uso habitual, en general, sin tener que hacer ningún tipo de esfuerzo.
Se establece un determinado sentido del orden al colocar las cosas y cada elemento cumple su función conteniendo en su interior una serie de objetos variopintos, siempre los mismos, estableciendo unas normas no escritas de en qué lugar ha de situarse cada cual, para poder ser localizado de forma inmediata, en el caso en que sea preciso hacerlo.
Pero esta teoría, que no debiera tener fisuras por su simplicidad meridiana, fracasa estrepitosamente, sin que haya una razonable explicación, cuando entra en juego el sexo masculino, en una necesidad de búsqueda urgente, de lo que quiera que necesiten encontrar.
Si se observa, su investigación empieza siempre por quedarse petrificados delante de, pongamos por caso, un mueble y recorrer toda su superficie con los ojos desencajados levantando desesperadamente cuanto se asienta sobre él, mientras mascullan en una especie de idioma ininteligible una sarta de improperios- que en general suelen referirse a la manía por el orden que te atribuyen- para, finalmente, dirigirse a la última ropa que tuvieron puesta y registrar con avidez todos los bolsillos de la prenda, por supuesto sin obtener el resultado apetecido.
Tú ya sabes que el paso siguiente es preguntar, no sin cierto retintín, dónde has puesto lo que desean encontrar, a pesar de conocer de antemano la respuesta, que no es otra, que asegurar que no sabes de qué te habla, pero que a la vez, consigue ponerte en movimiento automáticamente y empezar a ofrecer sugerencias de dónde pudo ser depositado el cuerpo del delito, insinuando que tal vez, por una vez en la vida, se dio la coincidencia de haber seguido la ley natural que lo situara en su sitio.
Es entonces cuando se pronuncia la frase que nunca quisieras oír, pero que es la más recurrente coletilla jamás inventada cuando de pérdidas se trata, y que no es otra que la archiconocida:“Yo lo puse aquí”, y que siempre se acompaña con un dedo señalando un espacio vacío en el que, con toda seguridad nunca hubo nada, porque de haber sido de otro modo, esta aventura no estaría ocurriendo para desesperación de ambos.
De pronto, recuerdas que el día anterior les viste hurgando en un cajón del salón y, aunque no estás segura de qué intenciones les llevaron hasta allí, los remites al sitio en cuestión, en la esperanza de que lo perdido aparezca antes de que acaben de revolver la casa completa y hayáis de pasar una mañana que, se suponía, iba a ser de asueto, reorganizando el desaguisado que se ha montado ante la extraña desaparición del cacharro, que para más INRI, tiene un tamaño de cierta consideración.
Ellos van, y con la misma mirada ausente del principio, miran el contenido del cajón inquisidoramente y, cerrándolo de un golpe, dicen:
“Aquí no está”.
Y de paso, miran también en el de arriba, en el de abajo, y en una vitrina de copas que heredaste de tu madre donde jamás ha habido otra cosa más que cristalería, no vaya a ser que, en tu atribuido afán de limpieza, hayas encontrado al chisme una oportuna ubicación entre la licorera de tu abuela y la fuente de frutos secos que sacas cuando vienen los amigos a tomar una copa.
Tú les sigues y vuelves a abrir el cajón antes mencionado y ¡Oh, milagro!, justamente en el centro, encima de todo lo demás, en primerísima línea de visualización, reposa lo que tanto habéis buscado, como esperando silenciosamente ser rescatado del lugar en el que fue puesto el día anterior y del que, por supuesto, no ha sido movido por ningún maleficio artificioso.
Entonces es cuando les miras preguntándote si toda esa inteligencia que te enamoró se queda reposando en la puerta cada vez que entran en casa, si realmente alguna vez vivieron en ella, si olvidan la memoria en su lugar de trabajo cuando regresan cada tarde, o si se trata de una trama oculta para hacerte enloquecer, como pasaba en aquella película antiquísima “Luz que agoniza”.
Luego piensas que debe ser su natural, porque la cruda verdad de la historia, es que no recuerdas una sola ocasión en que hayan encontrado, por sí mismos, nada de lo anduvieran buscando, que jamás ha sido cierto que hubieran “dejado allí” aquello que hubieran perdido y que al final, eres siempre tú quien termina por esclarecer el enigma, acaso porque la supuesta debilidad de tu sexo no lo es tánto en materia de conocimiento del propio entorno, ya que nunca necesitaste su ayuda para localizar lo que extraviaste.
De que esto es tal cual lo cuento, dan fe cientos de testimonios de amigas que coinciden en idénticas experiencias y es de ley reflejarlo para ver si, reconociéndose en esta pequeña narración, la situación da un giro radical y en próximos episodios análogos, la necesidad de un Watson se hace innecesaria y la memoria se agudiza acabando con el fingido despiste, tan conveniente para no tener que preocuparse de cosas aburridas e innecesarias, que es mucho mejor delegar en la tonta que tánto les quiere.









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